El gobierno de Carlos Antonio López, ante la amenaza de las fuerzas de Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza, emprendió un ambicioso plan de fortificación de las fronteras meridionales de la República. Los documentos consultados permiten reconstruir con precisión el proceso de construcción de esta obra. El contexto inmediato de la edificación del fuerte de Itapirú fue la crisis desatada por el rompimiento de Urquiza con el gobierno de Corrientes y la consiguiente amenaza de invasión al Paraguay. Esta percepción de peligro inminente llevó al presidente a ordenar la concentración del ejército nacional en el Campamento del Cerrito y, posteriormente, en el Paso de la Patria, así como el establecimiento de un sistema de fortificaciones a lo largo del río Paraná.
Durante los meses siguientes, López desplegó una intensa actividad organizativa. En julio de 1847 dictó instrucciones al teniente coronel de ingenieros húngaro Francisco Wisner de Morgenstern, comandante en jefe de la escuadra nacional destinada al Paraná, estableciendo las bases para la defensa fluvial de la República. El decreto del 26 de julio de 1847 facultó al coronel mayor Francisco Solano López, general en jefe del ejército nacional, para establecer el campamento general en el Paso de la Patria, reconociendo que “la seguridad de la República exige las providencias que quedan expedidas oportunamente para la pronta remisión de las fuerzas licenciadas del Ejército nacional”. El sistema defensivo contemplaba no solo fuerzas terrestres sino también navales, y preveía la construcción de fortificaciones permanentes en puntos estratégicos.
El combate se desarrolló bajo un clima lluvioso y fresco que perjudicaba a las tropas, y fue una lucha frontal encarnizada, descrita por los sobrevivientes como una de las más reñidas y cruentas de la guerra.
Foto: Litografía. Asociación Guerreros del Paraguay: Album de la Guerra del Paraguay. Buenos Aires, 16.02.1893.
La primera mención documental específica del cerro de Itapirú como sitio de fortificación aparece en una comunicación fechada en la Villa del Pilar el 21 de enero de 1848, dirigida al encargado del ramo de Guerra. En ella, Carlos Antonio López ordenaba continuar “la remision de cal y ladrillos para la fortificacion del Cerro de Ytapiru del Paraná”, aclarando que la obra “no se ha comenzado para no tener que parar luego la obra, no obstante que hay allí bastante cal, y cosa de trece mil ladrillos de los treinta mil dichos que mandé traer a aquel punto”.
El inicio formal de la construcción del fuerte de Itapirú puede fecharse con precisión gracias a una comunicación del 4 de febrero de 1848, dirigida por Carlos Antonio López al teniente coronel de ingenieros Francisco Wisner de Morgenstern. En ella, el presidente informaba que “la fortificacion de Ytapirú queda en obra bajo la direccion del expresado Oficial boliviano que se ha encargado de ejecutar la planta que ha formado U., y espero que se concluirá muy pronto porque no faltarán materiales”. El oficial boliviano mencionado era el teniente primero del ejército de Bolivia don Vicente Peña, quien se encontraba empleado en la enseñanza de la artillería terrestre del ejército paraguayo. La misma comunicación detalla que López había enviado a Peña, por conducto del general, un croquis del brazo del Atajo elaborado por Wisner, con instrucciones de sacar una copia fiel, reconocer los puntos allí marcados —especialmente el destinado para la fortificación— y levantar otro croquis “á fin de que podamos resolver esta obra importante con la seguridad de que no faltarán brazos, y de que será pronto el acopio de cuantos materiales demande el empeño”.
La obra avanzó con celeridad. Una comunicación fechada en la Villa de la Encarnación el 7 de mayo de 1848, también dirigida al encargado del ramo de Guerra, permite constatar que apenas tres meses después de iniciada la construcción, la fortificación estaba prácticamente concluida. López escribía: “No sé cómo seguirán las contratas de ladrillos: con la última remisión que hizo U. de catorce mil ladrillos quedará concluida la fortificación de Ytapirú; y también el último tambor que mandé poner á la fortaleza de las Tres-bocas con tres mil ladrillos que allí se llevaron de Villafranca”. El documento menciona además las instrucciones para continuar con otras obras, como la muralla de la plaza del Pilar, evidenciando que Itapirú formaba parte de un sistema defensivo más amplio que incluía la fortaleza de las Tres-bocas en el Atajo y proyectos adicionales para fortificar el paso de Candelaria y la punta inferior de la isla del Atajo.
El fuerte de Itapirú respondía a una concepción estratégica que buscaba controlar el acceso al río Paraguay desde el Paraná. Su ubicación en el cerro homónimo, en las inmediaciones de la confluencia de ambos ríos, le confería una posición dominante sobre las vías de navegación. Carlos Antonio López comprendía que la defensa de la República dependía en buena medida del control de estos cursos fluviales, únicos accesos practicables al interior del país desde el sur. La correspondencia del presidente con Wisner revela además su interés por establecer el arroyo Verde como límite del Chaco paraguayo, lo que demuestra que las fortificaciones del Paraná se inscribían en una visión geopolítica más amplia que combinaba la defensa militar con la afirmación territorial.
Siete años después de su construcción, el fuerte de Itapirú protagonizó un incidente que puso a prueba la determinación paraguaya de hacer respetar su soberanía fluvial. El 1 de febrero de 1855, el vapor de guerra estadounidense Water Witch, al mando del teniente William Jeffers, fue cañoneado desde la fortaleza en un episodio que constituyó uno de los momentos más tensos en la relación bilateral entre Paraguay y Estados Unidos, y que derivó en que una poderosa escuadra naval estadounidense surcara el río Paraná rumbo a Paraguay, exigiendo reparaciones por agravios diplomáticos y comerciales.
Casi dos décadas después de su construcción, el fuerte de Itapirú enfrentó la prueba definitiva para la que había sido concebido. En abril de 1866, cuando las fuerzas de la Triple Alianza desembarcaron en territorio paraguayo, la fortificación no pudo cumplir su función de primera línea de resistencia: los aliados desembarcaron a espaldas de la posición del fuerte, y el abrumador poderío numérico y material del enemigo —sumado al apoyo de una poderosa escuadra— hicieron imposible su defensa. El Mariscal Francisco Solano López ordenó la evacuación el día 16, logrando llevarse casi toda la artillería, a excepción de dos piezas de muy pesado transporte. Al parecer, para ganar tiempo y poder retirar cuanto fuera posible, el día 17 envió una pequeña fuerza paraguaya —compuesta por algunos batallones de infantería, regimientos de caballería y dos piezas de artillería— apostándola en la estrecha lengua de tierra por donde debía penetrar el enemigo. Las fuentes difieren levemente en el mando exacto sobre el terreno: algunas señalan que el comandante José Eduvigis Díaz se opuso inmediatamente con esta pequeña fuerza, mientras que otras detallan que el contingente estaba a cargo de los capitanes Herrera y Venegas, apoyado por otras tropas. El combate se desarrolló bajo un clima lluvioso y fresco que perjudicaba a las tropas, y fue una lucha frontal encarnizada, descrita por los sobrevivientes como una de las más reñidas y cruentas de la guerra.
A pesar de la tenaz resistencia, las tropas paraguayas se vieron abrumadas por la inmensa superioridad numérica del ejército aliado y no pudieron contener el empuje. Como consecuencia, la infantería y la caballería paraguayas terminaron dispersándose, y las dos piezas de artillería —de 8 pulgadas— fueron enterradas por ser demasiado pesadas para su traslado, aunque más tarde serían descubiertas por el enemigo.
Las bajas fueron severas para ambos bandos. Los relatos paraguayos afirman que los aliados sufrieron grandes estragos, dejando más de quinientos cadáveres en el campo y perdiendo dieciséis prisioneros. Por su parte, los partes militares brasileños contabilizaron sus propias pérdidas en 337 hombres fuera de combate —incluyendo 62 muertos— y afirmaron que muy pocos de los infantes y artilleros paraguayos lograron sobrevivir a las cargas a la bayoneta.
Esta escaramuza de gran envergadura obligó a las fuerzas paraguayas a ceder el terreno y retirarse. Tras este combate, en la noche del 17 de abril, los paraguayos abandonaron definitivamente las posiciones en Itapirú y se replegaron hacia el campamento de Paso de la Patria.
El desembarco aliado y la caída de Itapirú —localizado en la margen derecha del río Paraná, próximo a su confluencia con el río Paraguay, en el actual departamento de Ñeembucú, al este de la isla del Cerrito, en el punto donde desemboca el riacho Paranamí— marcaron el comienzo de la larga ocupación aliada del territorio paraguayo. Dicha ocupación no concluiría hasta el 14 de mayo de 1879, cuando los argentinos desocuparon la actual Villa Hayes.
Hoy, el lugar donde se erigió aquel fuerte sigue vinculado a la defensa nacional. Desde 1971, el sitio es sede de la Base Naval Itapirú de la Armada Paraguaya, institución que perpetúa la vocación militar del lugar. Del antiguo fuerte decimonónico se conservan restos de un murallón en ruinas. Cabe señalar que desde 1983 Itapirú forma parte de una isla, debido a una gran inundación que alteró la geografía del lugar: el riacho Yacaré —un desprendimiento del Paraná— comenzó a desembocar en el río Paraguay, modificando para siempre la topografía que conocieron los artilleros de Carlos Antonio López y los defensores de 1866.