El “abogado” Hernán Rivas ha dejado de ser senador. Se acabó la solidaridad de Honor Colorado. Erico Galeano está cada vez más solo y le ocurrirá lo mismo. Es que en la política paraguaya la lealtad no es un valor moral, sino una transacción comercial.
Cuando el oficialismo decide soltar la mano a uno de los suyos, no lo hace por un súbito despertar de la conciencia ética, sino por una estricta aritmética de daños.
Ambos conocían la mecánica a la que estaban sometidos; por ello, no habrá rencores. No se trata de afectos personales sino de la histórica capacidad colorada de supervivencia estructural, sostenida en tres pilares: a) Mayoría parlamentaria: perder a un legislador debilita la aplanadora que permite al Ejecutivo aprobar leyes sin negociar con la oposición;
b) Efecto dominó: el temor a que el defenestrado ejerza venganza contando todo lo que sabe y;
c) Control de territorio: los cuestionados suelen ser caudillos regionales con gran capacidad de movilización de votos y financiamiento.
Lo que les pasa a estos senadores es que sus respectivos escándalos pasaron la delgada línea roja de lo tolerable. No es poco decir, dado que el cartismo se ha especializado en ejercer un blindaje político a sus miembros, priorizando la cohesión interna y el control de votos en el Congreso por encima de los cuestionamientos éticos o legales.
Hacen un uso magistral de la premisa de que la apatía ciudadana es un cheque en blanco; un anestésico que permite proteger a cualquiera sin pagar facturas.
Sin embargo, con la repercusión internacional del caso de Erico Galeano como telón de fondo y los ecos del ridículo de Hernán Rivas aún frescos, el movimiento parece haber descubierto que la vara de paciencia no es infinita, especialmente cuando el calendario electoral empieza a marcar las horas.
Esa abulia es, en realidad, el combustible silencioso que permite que la maquinaria del blindaje funcione sin recalentarse. En Paraguay, el poder no le teme a la indignación del teclado; le teme a la calle. Pero la calle hace tiempo que parece haber aceptado la corrupción como una condición climática: molesta, pero inevitable. Ya nada sorprende, y lo que no sorprende, no moviliza.
Los escraches —y la prensa— hicieron su efecto en casos como los de González Daher y Zacarías Irún. A veces, solo a veces, es la Justicia la que expone a los intocables en una situación insostenible.
Es lo que les ha sucedido a Hernán y Erico. Sus expedientes judiciales se volvieron radiactivos y ponen en riesgo la estabilidad colectiva. Sus casos no deben ser comparados a los de Yami Nal y Chaqueñito, tránsfugas ocasionales cuya utilidad era puramente numérica. Estamos hablando de dos “purasangre” del Quincho.
En cualquier caso, el arte de la poda siempre es doloroso: se cortan las ramas más podridas para que el tronco siga intacto. Hoy, el mismo movimiento que sostuvo hasta el absurdo el título inexistente de un senador o los privilegios de un senador imputado por narcotráfico, ensaya una coreografía de transparencia desprendiéndose de sus piezas más tóxicas.
Es la vieja y eficaz psicología del poder pragmático, ancestralmente colorada.
La vara del aguante es un gráfico donde la fidelidad interna choca contra el riesgo de pérdida de control electoral. Ese termómetro también tiene tres pilares: a) Votos en el Parlamento: el “blindado” será protegido mientras sea un voto clave; b) Presión de la Embajada: es el único factor externo que acelera los tiempos y, c) Proximidad electoral: el amparo termina cuando las encuestas demuestran que su presencia ahuyenta votos.
Sí, la rectitud cartista es estacional. Se acercan las elecciones y el movimiento necesita limpiar la casa para vender una imagen de orden. No es un cambio de valores, es un cambio de estrategia: sacrifican a los peones para salvar al rey. Hoy le toca a Hernán y Erico. Mañana pueden ser los Esgaib o el Consejo de Administración de IPS. La lógica es eficiente. Hay que decidir a quién sacrificar para que el sistema siga intacto.
Aunque duela, de vez en cuando hay que podar.