02 mar. 2026

Cuando el odio corre más rápido que la verdad

Esta semana no se trató de una “juntada therian” –personas que se identifican con un animal–, sino de algo mucho más revelador: una radiografía emocional de nuestra sociedad.

Todo comenzó con una convocatoria que circuló en redes sociales, atribuida a un supuesto encuentro en Ciudad del Este. El afiche se viralizó, generó indignación pública, rechazo institucional e incluso pronunciamientos oficiales. Sin embargo, como aclaró Marcos Sosa en un video publicado en su cuenta de Instagram (IG @marcos.sosa.1331), el evento nunca existió. Era una convocatoria falsa.

Y, sin embargo, los medios la publicaron. Las autoridades reaccionaron. Las redes estallaron. El odio encontró su escenario perfecto.

En el periodismo, lo que preocupa no es la fake news en sí. La desinformación existe desde que existe la comunicación. Lo que llama la atención es la ausencia del acto más básico del oficio: verificar, confirmar la fuente, llamar, preguntar, corroborar. Ese procedimiento, que debería ser automático, fue reemplazado por la urgencia de publicar y la presión de no quedarse atrás.

En psicología, lo que se observa es aún más inquietante. No fue solo un fenómeno de desinformación; fue un fenómeno de contagio emocional. Cuando una narrativa activa prejuicios, miedos o creencias previas, el sistema racional pierde fuerza. La emoción toma el volante. Y cuando se mezcla con identidad, ideología o moral percibida, el juicio crítico se debilita todavía más. Lo que se vio fue una reacción visceral colectiva.

Personas con estudios, cargos públicos y responsabilidades institucionales reaccionaron sin verificar, no desde la evidencia, sino desde la indignación. Esto evidencia una grieta en la inteligencia emocional. La ceguera emocional produce actuar primero y reflexionar después, o incluso no reflexionar nunca.

Lo más inquietante no es el afiche. Es la facilidad con la que una comunidad entera puede indignarse sin confirmar. Es la rapidez con la que se instala el rechazo ante lo diferente, incluso cuando lo diferente es apenas una imagen digital.

Mientras la indignación se concentra en este fantasma digital, otros archivos reales –que se convirtieron en pruebas irrefutables de fallas sistémicas– palidecen en la conversación pública por su complejidad. Se trata de crisis documentadas que implican abusos de poder y redes de explotación, como el caso de Jeffrey Epstein, ampliamente reportado por The New York Times y BBC, o las tensiones en las políticas migratorias de Estados Unidos, donde informes de ICE y ACLU documentan detenciones y vulneraciones de derechos fundamentales.

El punto no es comparar dolores ni competir por indignaciones. El análisis apunta a cómo se distribuye la atención colectiva. Lo inexistente generó reacción inmediata. Lo complejo y documentado exige más lectura, más paciencia, más análisis… y suele recibir menos energía emocional. Eso también es un dato psicológico.

Más allá de la intención original de quién creó la convocatoria, el episodio funcionó como un experimento social espontáneo. No expuso la existencia de un grupo; expuso la fragilidad del pensamiento crítico y la facilidad con la que las emociones dominan el espacio público cuando los procedimientos fallan.

Quizás el verdadero debate no sea sobre los therians, sino sobre cómo se informa, cómo se reacciona, qué indigna y por qué, qué silencios se eligen y qué ruidos se amplifican.

La libertad de expresión no es el problema. El problema es la irresponsabilidad en su ejercicio. La comunicación tiene poder, y cuando se ejerce sin rigor, no solo desinforma: polariza. La calidad de una democracia no se mide únicamente por lo que permite decir, sino por la madurez emocional con la que procesa lo que circula.

Desde la perspectiva de la comunicación y de la psicología social, este episodio deja una pregunta incómoda: ¿qué tipo de ciudadanía emocional se está construyendo? Porque si se reacciona con furia ante un afiche falso, pero cuesta sostener la atención frente a injusticias verificadas, tal vez algo en la brújula colectiva necesite recalibrarse.

Al final del día, la verdad no solo necesita ser publicada; necesita una mente dispuesta a buscarla antes de apretar “compartir”.

Más contenido de esta sección