La propuesta del presidente Santiago Peña de designar a Estefanía Laterza de los Ríos como embajadora ante Estados Unidos parece encaminada a obtener el respaldo necesario en el Senado. Sin embargo, durante el proceso surgieron cuestionamientos de un grupo de seccionales coloradas radicadas en distintas ciudades estadounidenses solicitando frenar el nombramiento por tratarse de una diplomática sin afiliación al partido de gobierno. El reclamo tuvo poco eco legislativo, pero abre una discusión más interesante que la propia candidatura, el repensar cuál es el perfil que necesita hoy la representación paraguaya en Washington.
La respuesta exige comprender qué hace, en rigor, un embajador. No es un cargo protocolar ni un premio político. Un embajador es la persona encargada de sostener, día a día, la relación económica, comercial y política más importante que tiene el Paraguay con un socio externo. Negocia, interpreta señales, anticipa decisiones y construye los canales informales que después permiten resolver una crisis antes de que escale. La legislación paraguaya no exige necesariamente que ese cargo recaiga en un diplomático de carrera ya que, de hecho, el antecedente inmediato lo ocupó el senador Gustavo Leite como designación política y lo ejerció menos de un año. Eso es perfectamente legal, pero conviene distinguir entre lo que la ley permite y lo que el momento exige.
Lo que exige la actualidad más inminente es experiencia. La Administración de Donald Trump viene redefiniendo con dureza su relación con América Latina de la mano de una nueva Doctrina Monroe con presiones arancelarias, condicionamientos migratorios, exigencias más estrictas en materia de seguridad y una lógica de negociación bilateral que deja poco margen para la improvisación. Para un país como Paraguay, que necesita mantener abiertos sus canales comerciales, atraer inversión y equilibrar con juicio el respaldo político de Washington en foros internacionales, el interlocutor en esa embajada no puede limitarse a representar una realidad partidaria, tiene que poder leer los matices de una Casa Blanca que cambia de tono agresivamente con rapidez y hacerlo con las herramientas técnicas necesarias para que los cambios internacionales no tomen a Paraguay por sorpresa.
En ese sentido, el perfil de Laterza, con décadas de trayectoria entre la Cancillería, la banca de desarrollo regional y la gestión de inversiones y exportaciones, responde más a esa necesidad que a un cálculo partidario. Tener rango de embajadora y haber dirigido la formación de nuevos diplomáticos en la Academia Consular no la vuelve automáticamente exitosa en el cargo, pero sí le da un punto de partida distinto al de una designación pensada primero como gesto político.
Esto no implica que la dimensión política de la embajada desaparezca. Todo representante ejecuta la línea del gobierno que lo envía, y en ese sentido deberá alinearse con las prioridades de Peña. No obstante, la necesidad de fondo obliga a posicionar en el cargo a una persona capaz de gestionar una relación bilateral en un momento desafiante para todos los países de la región, con un Gobierno estadounidense que negocia duro y cambia de agenda rápido. La idoneidad no garantiza el éxito, pero sí ofrece las mejores condiciones para enfrentarlo. Considerando la coyuntura internacional actual, el interés nacional exige empezar desde la posición más ventajosa posible y esa debería ser la prioridad más urgente del gobierno.