El bueno de Gabo diría que era inevitable que el olor de la carne a las brasas mezclado con los efluvios embriagadores de un buen escocés acabara mutando en ese tufo a castañas amargas que le recordaba a los amores contrariados, a las infidelidades de quincho, al destino inexorable de las lealtades republicanas. La incondicionalidad que había durado tres lustros se esfumó en unas horas como el alcanfor.
Solo quedó aquella fotografía desaforada del líder rodeado por unos pocos leales, como López en la víspera de su inmolación ¿Será realmente el fin?
Con Horacio es difícil hacer predicciones; sí, podemos decir que –por ahora– quien emerge como el sorpresivo ganador de esta pulseada aún menos esperada es el pupilo, ese subestimado aprendiz de las artes de la manipulación.
El hombre que llegó al poder por la voluntad personalísima de Cartes y que padeció de una absoluta dependencia política desde su primer día de gestión terminó provocando el motín republicano. Y es que el economista Santiago Peña, el tecnócrata sin vocación de caudillo, parece haber entendido mejor que nadie cómo funciona la maquinaria colorada y madrugó a su padrino y a todos los fieles del culto con el proyecto Hambre Cero.
Con un reparto de más de 680 millones de dólares en tres años y la promesa de otros 500 millones para el 2027, Peña compró la adhesión de los 15 gobernadores colorados y la mayoría de los diputados del partido. Dos pájaros de un solo tiro presupuestario.
Una propuesta atractiva, el almuerzo escolar para todas las escuelas del Estado y la descentralización real del gasto, delegando en las gobernaciones la ejecución del plan… Y las suculentas contrataciones públicas. Nunca el reparto fue tan equitativo ni convincente.
Jamás sabremos si Peña lo planificó así desde el principio o si es algo que fue surgiendo con el tiempo. Sí podemos suponer que previó lo que sucedería después; esa alineación instintiva de los republicanos ante la nueva realidad del poder. Hacia donde sopla el viento.
El propio Cartes les dio la excusa perfecta para justificar la traición abrazándose momentáneamente con su archienemigo eterno, el ex presidente Mario Abdo Benítez. La foto que les tomaron no pudo ser más oportuna. Era César quien los traicionaba y no al revés.
La incondicionalidad que nunca fue tal desapareció como por encanto y ni siquiera tuvieron que dar la cara.
El único que lo enfrentó directamente fue el vicepresidente Pedro Alliana, ungido por el propio Cartes como precandidato presidencial. Cuando el viejo líder empezó a sospechar que se orquestaba una sublevación quiso imponer también al compañero de chapa, como prueba de que seguía teniendo las riendas.
Y esa fue la justificación necesaria para la revuelta. Gobernadores, diputados y el propio Peña ya no aceptaban otro mandato, ellos tenían sus propios candidatos. Y fue Alliana quien debió comunicarlo.
Su rostro no dejaba lugar a dudas. La ruptura fue dura y se habrá consumado bajo la advertencia de terribles consecuencias.
Cartes anunció el fin de la exitosa franquicia partidaria que creó y mantuvo con su propio peculio. A partir de entonces hay todo tipo de especulaciones.
Una versión dice que el hombre no piensa marcharse sin antes vengar la traición derribando el conglomerado financiero que montaron Peña y sus amigos; otra asegura que el tabacalero está convencido de que el partido irá a la llanura y que tendrá la oportunidad de volver a rescatarlo purgándolo de paso de los infieles; una tercera habla de su retiro político definitivo.
Imposible saberlo.
Y acaso el más intrigado sea el propio Peña quien arranca su último tramo de Gobierno con más poder político, pero con dos desafíos tremendos: Romper la tradición republicana según la cual el oficialismo pierde las internas partidarias y encontrar una salida a sus socios banqueros que siguen sin poder calzar los préstamos vinculados, algo que solo se puede hacer poniendo mucha plata, no pagando campañas en las redes. Y es que el aprendiz puede haberse convertido en un gran ilusionista, pero sabe que en economía no hay magia.