25 oct 2026

Cuestión de archivo

La frase para despreocuparse sobre un archivo es “está en la nube”. Las fotos del bautismo, los papeles de la casa, la tesis, los audios de la abuela: todo está en la nube. La frase suena a resguardo, pero funciona exactamente al revés, es la forma más cómoda de dejar de cuidar algo. Quien dice “está en la nube” cree haber guardado y, en el mismo gesto, le entrega a otro la llave, el lugar y la decisión de qué se conserva y qué no.

La nube es, ante todo, una metáfora que esconde su propio peso. Suena a vapor, a cielo, a algo que no ocupa espacio. Pero la nube es un galpón refrigerado lleno de servidores que piden electricidad y agua sin pausa. Según un informe del Instituto de la Universidad de la ONU para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud difundido en junio, los centros de datos del mundo consumieron el año pasado más electricidad que todos los países salvo diez, y hacia 2030 ese consumo casi se duplicaría. Del consumo de agua muy poco se habla.

En las casas, la nube se disfraza de abundancia. Antes había una caja de zapatos con cuarenta fotos y la fecha escrita atrás; hoy hay veinte mil imágenes en el teléfono que nadie mira, nadie ordena y que dependen de que alguien siga pagando una suscripción o recuerde una contraseña. Cuando la cuenta se cierra, no queda ni la ceniza.

En el Estado pasa lo mismo, aunque con vocabulario de modernización. Digitalizar es la palabra mágica de cada plan de gobierno, y está bien que lo sea, siempre que no signifique desprenderse del original.

Este país sabe lo que vale un papel guardado: en diciembre de 1992 aparecieron en una dependencia policial de Lambaré los documentos que hoy conocemos como el Archivo del Terror, y con ellos la prueba de lo que la dictadura negaba. Eran papeles que alguien no llegó a quemar. ¿Qué habría quedado si hubieran sido carpetas en un servidor ajeno, a un clic de desaparecer?

Mientras tanto, el Gobierno ofrece la energía de Itaipú para atraer gigantescos centros de datos extranjeros: ponemos el agua y la luz para guardar la memoria de otros. ¿Quién pone algo para guardar la nuestra?

Y en los libros el fenómeno alcanza su forma más descarnada. Los expedientes de una demanda colectiva en Estados Unidos revelaron que Anthropic, la empresa que desarrolla el asistente Claude, compró millones de libros impresos, los desarmó para escanear sus páginas y se deshizo de ellos; un memorándum interno describía el proyecto como el esfuerzo por escanear destructivamente todos los libros del mundo. ¿No es acaso una paradoja que la máquina que promete saberlo todo necesite destruir el objeto donde ese saber estaba guardado? ¿Cuántos de esos ejemplares eran de los últimos que quedaban de una obra?

Porque el problema de fondo no es la tecnología (eso sería demasiado sencillo, y, como saben quienes comparten conmigo este espacio dominical, acá nos gusta complicarnos)... Se trata más bien de una cultura entera que confunde acumular con recordar.

El historiador del arte y ensayista francés Georges Didi-Huberman lo pensó en El archivo arde: un archivo no es la totalidad del pasado sino lo que sobrevivió al fuego, un conjunto de restos con agujeros que hay que leer, interrogar e imaginar. El archivo no se guarda solo; se trabaja. Y ese trabajo tiene cuerpo, lugar y nombre: el de la archivista, la bibliotecaria o la tía que anotó la fecha detrás de cada foto, una tarea que pocas veces se reconoce.

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