La recordación se realizó en la Plaza del Soldado Paraguayo de la ciudad de Pilar, Ñeembucú para conmemorar una de las gestas más gloriosas de la historia nacional.
La ceremonia contó con la presencia del ministro de Defensa Nacional, Óscar González, el general de Ejército Manuel Rodríguez, el gobernador de Ñeembucú, Víctor Hugo Fornerón, el intendente de Pilar, Fernando Ramírez, y la comunidad educativa.
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Según el general de División, Roberto Carlos Olmedo, la Batalla de Curupayty es, sin lugar a dudas, la mayor en la historia militar de Paraguay y se desarrolló durante la Guerra contra la Triple Alianza, cuando Paraguay se enfrentó a las fuerzas de Argentina, Brasil y Uruguay.
El enfrentamiento tuvo lugar el 22 de setiembre de 1866 y es considerado no solo la victoria más destacada de Paraguay en la guerra, sino también en toda la historia militar.
Recuerda la historia en los días previos a la batalla en la que el Ejército Paraguayo, liderado por el general José Eduvigis Díaz, se dedicó intensamente a fortificar las trincheras y a preparar el terreno con zanjas y estacas para dificultar el avance del enemigo. Las lluvias caídas durante esos días ayudaron a ocultar estas preparaciones, lo que resultó en una desventaja para las fuerzas aliadas
Relata el general Olmedo que la batalla comenzó con el bombardeo de la flota brasileña a las fortificaciones paraguayas seguido del avance terrestre del ejército aliado. El general Bartolomé Mitre, al recibir la noticia de que la flota imperial había cesado el cañoneo, asumió que las posiciones paraguayas debían estar destruidas y ordenó el avance.
Las fuerzas argentinas y uruguayas estaban bajo el mando de los generales Wenceslao Paunero y Emilio Mitre, y las fuerzas brasileñas, comandadas por Manuel Marques de Souza III, barón de Porto Alegre, iniciaron el ataque divididas en 28 cuerpos. Posteriormente, se unieron a la batalla 15 batallones argentinos y nueve cuerpos brasileños que estaban en reserva.
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Fue solo cuando las tropas aliadas estuvieron al alcance de las armas paraguayas que el general Díaz ordenó abrir fuego con toda la potencia de los cañones y fusiles. Los aliados no pudieron acercarse a las trincheras paraguayas debido a las trampas ocultas por las aguas de las lluvias caídas, y los pocos soldados que lograron hacerlo fueron literalmente fusilados.
A medida que intentaban retroceder, la llegada de refuerzos los obligaba a cargar nuevamente, siendo rechazados en todos sus ataques. La situación no cambió durante el transcurso de la batalla y los paraguayos continuaron causando numerosas bajas a los aliados.
Al final de la batalla, las bajas de los aliados ascendieron a 10.000 soldados, en su mayoría muertos y heridos. En contraste, las bajas paraguayas fueron insignificantes, ya que no superaron el centenar.