19 feb. 2026

Don José y la Pascua dolorosa

El pueblo de Santa Rosa de Lima es hermoso. Y no lo digo porque sea mi segundo valle; en verdad, lo adopté cuando viví durante dos años en esta ciudad de Misiones en mi adolescencia, donde fui alumno del colegio parroquial en los dos últimos cursos. En ese tiempo conocí a personas verdaderamente hermosas y valiosas, por las que he guardado siempre una gran estima.

Su pasado como reducción de indios y su condición de pueblo jesuítico le dan a Santa Rosa de Lima un encanto especial que hasta hoy se puede descubrir en el torreón de piedra, la galería conocida como casa de indios, la capilla de la Virgen de Loreto, que mantiene sus frescos de tres siglos. Pero con eso estoy hablando solo de todo lo bello que puedo encontrar, estoy seguro, en Santa Rosa.

Porque también conoció del horror, que forma parte de su historia reciente; por ejemplo, la llamada Pascua dolorosa.

Dice Margarita Durán Estragó: “En abril de 1976, coincidente con la Semana Santa, las fuerzas gubernamentales aniquilaron prácticamente a las Ligas Agrarias, siendo los campesinos organizados en ella quienes más sufrieron la feroz represión. Más de 400 presos, unos 200 torturados, nueve desaparecidos y otros muertos en tortura, sin contar las angustias, vejaciones y discriminaciones que sufrieron familiares y amigos de las víctimas, hicieron que aquel crimen de lesa humanidad sea conocido como ‘Pascua dolorosa’”. En abril de este año se conmemoran los 50 años de esta tragedia.

La descripción cuantitativa apenas dibuja lo que verdaderamente fue el horror. Los testimonios de los sobrevivientes son más nítidos, claros, como la que cuenta una víctima que vio, en una de las celdas en las que se cargaban a los presos y torturados, a una mujer embarazada, colgada del cabello con una soga atada al techo, completamente desnuda. También tomaron preso a Silvano Ortellado, educador popular y líder de las Ligas Agrarias Cristianas (LAC); lo sacaron de su casa a rastras y le cortaron el cuello frente a su hijos y esposa.

Este crimen cometido por el régimen del dictador Alfredo Stroessner fue incluido como un hito del Bicentenario, de cuya presentación tomé la cita a Durán Estragó.

Todos estos detalles se pueden llegar a conocer si uno visita la ciudad de Santa Rosa de Lima; tanto la belleza que expresa la ciudad como el horror que guarda. En especial le recomiendo a José Duarte Penayo, presidente del Aneaes, que realice esta visita. Le hace falta.

Le haría bien también –ya abusando de las sugerencias– si se tomara el tiempo y conversara con ciertas personas, como el venerable don Constantino Coronel, de Santa Rosa de Lima; con don Gregorio Pirulo Gómez Centurión, dirigente del asentamiento Jejuí; con Guillermina Kanonnikoff, viuda de Mario Schaerer Prono, quien fue muerto bajo torturas; con Rogelio Goiburú, hijo del perseguido y desaparecido médico Agustín Goiburú, cuyos restos Rogelio sigue buscando casi cincuenta años después; con el emérito monseñor Mario Melanio Medina.

En fin. Relativizar estos crímenes de lesa humanidad como queriendo hacerlos pasar como una cuestión de juicio, como un daño colateral necesario para asegurar el “gobierno constitucional” la vigencia de aquella proclama: “Paz y Progreso” –que en un cartel, con letras blancas sobre un fondo rojo, enorme para mi edad de infante, recibía a los visitantes de la ciudad de Paraguarí–, no desdibuja –como pretende Duarte Penayo– los hechos; más bien lo pinta a él más claramente en qué vereda se encuentra.

Lo que deben entender José Duarte Penayo y los demás stronistas es que tal debate sobre las “luces y sombras” del régimen de Stroessner no existe; es falaz, perverso, grosero e insultante plantear semejante desatino. La dictadura stronista existió y duró 35 años; quienes pretenden relativizar sus atrocidades y su condición de terrorismo desde el Estado solo consiguen definir más claramente en qué punto de un Estado autoritario se ubica.

Más contenido de esta sección
Esta semana no se trató de una “juntada therian” –personas que se identifican con un animal–, sino de algo mucho más revelador: una radiografía emocional de nuestra sociedad.