La discusión sobre las máquinas de votación en Paraguay dejó de ser un debate técnico hace rato. Hoy se parece más a un acto de fe. Desde el Tribunal Superior de Justicia Electoral se insiste en un discurso en el que todo funciona perfectamente porque las máquinas son prácticamente infalibles y donde cualquier cuestionamiento técnico parece convertirse automáticamente en un ataque contra la democracia. Pero la realidad del mundo digital dice exactamente lo contrario: No existen sistemas invulnerables.
La ciencia de la computación y la ciberseguridad llevan décadas demostrando que cualquier infraestructura tecnológica puede ser vulnerada. Ningún sistema conectado a redes, administrado por personas o dependiente de software está exento de riesgos. Y Paraguay ya vivió ejemplos concretos. El año pasado, distintas instituciones del Estado fueron víctimas de ataques informáticos que expusieron debilidades estructurales en la protección de datos y sistemas críticos. Sin embargo, en vez de abrir un debate serio sobre seguridad tecnológica, las autoridades prefieren encerrarse en un relato de perfección absoluta.
Ese es el verdadero problema: Se evita discutir lo esencial. Cada vez que alguien plantea dudas técnicas, la respuesta no es técnica. La respuesta es política y emocional. Se acusa de “atacar la democracia”, de “desinformar” o de “sembrar desconfianza”, pero cuestionar tecnología no es atacar instituciones. Al contrario, es exigir que las instituciones estén preparadas para enfrentar amenazas reales.
Mientras tanto, Paraguay empieza a entrar en otra discusión todavía más profunda y peligrosa. El proyecto del data center entre Paraguay y Taiwán avanza rodeado de silencio, con poca información pública y sin respuestas claras a pedidos de acceso a documentos oficiales. En paralelo, aparecen figuras globales como Peter Thiel, referente de Silicon Valley y cofundador de PayPal, vinculado además a empresas como Palantir Technologies, cuya filosofía gira alrededor del uso masivo de datos para vigilancia, predicción y control social. Y ahí es donde todas las piezas empiezan a conectarse.
En Argentina, el Gobierno de Javier Milei anunció recientemente iniciativas de “Gemelo Digital Social” orientadas a centralizar información estatal y construir sistemas predictivos basados en inteligencia artificial. La promesa es eficiencia. La promesa siempre es eficiencia, pero detrás de ese discurso aparece algo mucho más delicado: La posibilidad de construir perfiles digitales integrales de cada ciudadano, cruzando datos personales, hábitos, historial y comportamiento para anticipar decisiones futuras. Eso cambia por completo la relación entre el Estado y la sociedad.
La tecnología deja de ser una simple herramienta administrativa y se transforma en una estructura de poder. Un Estado que concentra datos masivos, inteligencia artificial y sistemas predictivos adquiere capacidades inéditas de vigilancia e influencia. Y cuando una sociedad no entiende las implicancias políticas, jurídicas e ideológicas de esas tecnologías, termina aceptándolas sin debate, casi como si fueran inevitables.
¿Paraguay todavía está a tiempo de discutir estas cuestiones? Para hacerlo, primero debe abandonar esa peligrosa idea de que “todo está bien” solo porque una autoridad lo afirma. La tecnología no funciona por fe, funciona bajo principios técnicos, auditorías independientes, transparencia y control ciudadano. No basta con una mirada leguleya sobre la tecnología.
Necesitamos un nuevo pacto social sobre tecnología. Uno que defina con claridad qué datos pueden manejar el Estado, cómo deben protegerse, quién controla los sistemas y cuáles son los límites éticos de la inteligencia artificial aplicada a la administración pública. ¿Cuáles serán los modelos de negocios permitidos, entre otros temas? ¿Se deberá nacionalizar toda la infraestructura y algoritmia relacionada a la inteligencia artificial?
Porque el verdadero riesgo no es solamente que hackeen una máquina de votación, sino también el verdadero riesgo es construir, paso a paso, un modelo en el que la ciudadanía termine reducida a un perfil digital administrado por algoritmos, empresas privadas y gobiernos que nadie controla. El riesgo es la implementación de un Estado neoliberal de marcado corte autoritario.
- “Un Estado que concentra datos masivos, IA y sistemas predictivos adquiere capacidades inéditas de vigilancia”.