18 ago 2026

Clase media: Modalidad del búnker y de la prisión

Siempre que ando por los “nuevos barrios” de las ciudades de Central (que no son más que viejos barrios sometidos a la presión inmobiliaria), me fijo en lo que desde hace tiempo es uno de mis plagueos principales respecto del paisaje urbano posasunceno: La arquitectura de las “nuevas” casas de la clase media paraguaya. Esta clase media, mayoritariamente joven, parece ciertamente en expansión, aunque resulta difícil dar cuenta de la variedad de sus rasgos y diferentes realidades: rasgos de cuentapropistas y comerciantes (legales e ilegales), de profesionales liberales, de ejecutivos tanto del Estado como del sector privado, a veces, conectados con las corporaciones de lo ilícito, hay diferentes gustos entre ellos, pero suele preponderar uno que podríamos llamar neofascista, como neofascista llamaba el arquitecto, escritor y xilografista Carlos Colombino al templo de los mormones de la avenida España.

Esta clase insiste en habitar eso que el filósofo y biógrafo alemán Rudiger Safranski denominaba, con respecto a la arquitectura de la Alemania Federal de los años 50, “modalidad del búnker y de la prisión”; es decir, “máquinas de habitar” que no tenían otras intenciones más que funcionalistas. En Paraguay son esos “hogares” rodeados de altísimas murallas de concreto, las propias casas hechas como cajas a base de líneas rectas y vagas terminaciones neoclásicas, toda esa parafernalia posmoderna de la seguridad mezclada con púas carcelarias más del viejo estilo, su buena ración de columnas esmirriadas y leones vigilantes en los pórticos, de arbitrarias palmeras de Miami en las veredas, etc.

No estamos hablando de casas enormes ni fastuosas, sino de pequeñas y medianas propiedades edificadas desde el concepto de la seguridad interna, pero con una marca de “estatus” y “tranquilidad” en su narrativa esencialmente atomizada y egoísta respecto a su entorno social. “Celdas atomizadas”, llamó Safranski a aquellas casas de la reconstrucción alemana, donde el tono general era el “de la objetividad en el trabajo, de un sentimentalismo en pequeñas porciones y de precios bajos en el tiempo libre y en el consumo”.

Resulta interesante ver cómo eran aquellos alemanes de 1950 que vivían en reminiscencias “amables” de la vida hipercontrolada del nazismo, según Safranski: “Los hombres estaban hartos de la vida peligrosa. Y eran contrarios también a los excesos espirituales. Se sentían orgullosos de una ideología consistente en presumir de que se carece de ideología, en medio de lo cual los restos ideológicos de la época nazi se diluyeron cómodamente en el anticomunismo”. A esta predisposición para el trabajo y el ocio altamente controlados por la culpa se le llamó “milagro alemán”.

Interesa que la definición de Safranski sobre la arquitectura alemana de posguerra la encontré en el capítulo final de su libro Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2012). El autor revela cuántos efluvios románticos (que, en su versión política, inspiraron el nazismo) todavía perduraban en el paisaje de las ideas alemanas bajo el gobierno demócratacristiano y anticomunista de Konrad Adenauer. Esas carcelarias cajas donde vivía la “nivelada clase media” alemana eran expresiones antirrománticas: toda exaltación era considerada nazi, y el nazismo era todo lo que había que esconder.

En el Paraguay de la segunda década de este siglo, como desde hace ocho décadas, toda exaltación estética sigue siendo esencialmente colorada y stronista, tanto en lo público como en lo privado; y, por el contrario de aquella Alemania culposa y sin tiempo para el duelo, “romanticona” en grado supremo. Esto se ve en la cursilería que predomina en la estética de las casas de esta “nueva clase media” a la que le habla la conservadora “sofisticación” colorada llamada cartismo. Parafraseando a Safranski: sentimentalismo de a puchitos, de familias con vacaciones cíclicas en Brasil (a veces en Aruba) y acostumbradas compras en línea en China. Para esta clase consumista opera, por ejemplo, el dirigente paraguayo de la ultraderecha internacional, Gustavo Leite. Su última operación (infructuosa) fue ofrecer el subsidio del Estado paraguayo a cualquier compañía aérea que cumpla su sueño trumpiano de conectar directamente Asunción y Miami. Después de todo, esta nueva clase reaccionaria suele ser ultraliberal de boca para fuera, pero no puede vivir sin fondearse mediante el Estado.

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