El incendio de la Catedral San Blas sorprendió a los feligreses por la dimensión en un santiamén y que obliga, ahora, a un proceso de reconstrucción. Esta mole de cemento y piedra no pasa inadvertida para los que visitan la capital del Alto Paraná. Su estructura, única en la región, parece desafiar las formas tradicionales de los templos religiosos. Vista de frente –y aún más desde lo alto–, su silueta evoca la imagen de dos grandes brazos abiertos que se extienden hacia la ciudad, como una muda invitación al recogimiento, la reflexión y al encuentro espiritual.
“En 1963, a raíz de un viaje a la Azotea, residencia del entonces consejero del Gobierno del Uruguay Eduardo Víctor Haedo, conocí al arquitecto boliviano Javier Querejazu”, reza en el libro de las memorias Édgar L. Ynsfrán, fundador y administrador de la ciudad.
Querejazu, que era un conocido arquitecto en esos años, fue interiorizado sobre las particularidades del lugar donde se erigiría el templo. Una zona de tierra roja característica del Alto Paraná, vegetación exuberante, el cielo intensamente azul y las raíces coloniales, jesuíticas y franciscanas. Con esos elementos como base conceptual, comenzó a tomar forma el primer proyecto.
BRAZOS DE PIEDRA. El diseño de Querejazu rompía con los moldes clásicos: dos muros imponentes, verdaderos brazos colosales de piedra, descendían hacia la tierra y se abrían en un gesto simbólico de acogida. Bajo ellos, los fieles ingresarían a un espacio cubierto por un techo de tejas rojas en voladizo, sin apoyo de columnas, una solución arquitectónica audaz para la época.
Cada material fue elegido con extremo cuidado. La madera provenía del aserradero de la comisión que funcionaba en el km 16, mientras que la piedra era extraída de la cantera ubicada sobre el arroyo Acaraymí. Las tejas vitradas fueron adquiridas en una ladrillería de Chaco‘i, una de las pocas que por entonces fabricaba ese tipo de material. El piso, por su parte, sería realizado con tejuelas bien cocidas, donadas por el arquitecto Hellmers.
El arte también encontró un lugar protagónico en la catedral. El diseño del vitral principal, que simboliza a San Blas, estuvo a cargo del reconocido artista Carlos Colombino, quien no solo aportó su creatividad, sino que además supervisó personalmente la confección del vitral en una fábrica especializada de San Pablo. Colombino se encargaría además del tallado de la puerta central, los reclinatorios, los confesionarios y las sillas del templo.
A su vez, el escultor Hermann Guggiari realizó un Cristo de madera enteriza, de grandes proporciones, concebido para proyectarse sobre el altar mediante un ingenioso sistema de suspensión oculto. Ninguno de los artistas, profesionales ni colaboradores recibió remuneración alguna: todos aportaron su trabajo como un acto de fe y compromiso con la comunidad.
GRAN AMPLIACIÓN. La Catedral San Blas, que hace días fue consumida en gran medida por fuego, no es exactamente la misma que fue concebida en los años 60. Con el paso del tiempo y el crecimiento sostenido de la población, el edificio original quedó pequeño.
En 1988, durante la intendencia de Hugo Martínez Cárdenas, se puso en marcha un ambicioso proyecto de ampliación.
El proyecto de ampliación fue diseñado por el arquitecto Colman Poka y ejecutado por el constructor Sergio J. Miranda. Toda la ciudad se movilizó para reunir los fondos necesarios, en una muestra más de cómo la catedral siempre fue una construcción colectiva, tanto en lo material como en lo espiritual.
La reforma duplicó la capacidad del templo, que pasó de albergar 500 a 1.000 feligreses. La obra fue inaugurada el 3 de junio de 1990 e incluyó la creación de un amplio espacio frontal y la incorporación de dos torres laterales que terminaron de definir el perfil actual del edificio. Hoy, tras el siniestro del pasado lunes, la Catedral San Blas será reconstruida y seguirá siendo un ícono arquitectónico, aunque algunos opinan que es momento de devolverle su diseño original (ver recuadro).
Docente de Arquitectura aboga por devolver el diseño original
El docente de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Arte (Fada), arquitecto Carlos Zárate, dijo que el siniestro es una oportunidad para que la capilla San Blas recupere su versión original. “Que la desgracia del incendio sucedido sea una oportunidad para hacer bien las cosas. Recuperar el módulo original y construir una nueva catedral en el mismo predio, pero con una distancia respetuosa, del diseño y de la historia”, postula.
En su opinión, la obra de Querejazu es “una pieza bella y singularísima de arquitectura moderna”. A su parecer, “se tomó una pésima decisión” cuando se procedió a realizar la ampliación del edificio “con una estética que no hacía honor a la calidad de diseño del módulo original”.
“Paraguay y Ciudad del Este tienen la posibilidad de recuperar una valiosa pieza de arquitectura moderna latinoamericana”, sostiene.