Desde pequeño creo que tengo una conexión con la música y lo que me sucede en esta vida, en particular con un cancionero específico, el mío, que he ido madurando con el paso de los años. Una estrofa, una parte íntima de estas canciones sentía que tenían algo de mí, que entendía mis sentimientos y me las hacía entender a mí sobre todo.
La primera canción que me viene a la memoria y me conecta con una situación me remonta a la edad de once o doce años, cuando estaba aún en la primaria en Paraguarí, la cantaba Mocedades: “¿Quién te cantará con esta guitarra? ¿Quién la hará sonar cuando no esté yo? ¿Quién dará a tu casa color y a tu lecho calor? ¿Quién te hará el amor?” La melodía me resonaba constantemente y su letra se repetía en mi pecho perturbado de preadolescente en esos tiempos, mareado como andaba yo por una compañera del sexto grado, a quien solo conocía por María y nada más la veía los domingos y desde lejos, cuando asistíamos a misa, como alumnos de turnos sexados de una institución religiosa.
Unos años después, todavía agarrado a la vieja radio National de cuatro pilas, en mi casa de Mbatoví, escuchaba una emisora AM de Caacupé que pasaba canciones románticas, una de esas era de José Luis Perales, muy especial para mí en aquellos días, que cantaba: “Podré olvidar las horas de la siesta en el desván, mi caja de pinturas y mi afán de ser poeta un día. Pero jamás yo podré olvidar aquel amor primero, que fue sincero, que fue verdad”. Tenía entre catorce y quince años y fue significativa esta canción, porque hablaba coincidentemente de mis afanes de ser dibujante y poeta un día, para resaltar aquel amor primero que me dominaba por una muchacha dos años mayor, esbelta y morena, llamada Mabel.
Pero esos años primeros y enamoradizos quedarían atrás (al menos eso creía) luego de salir de casa por primera vez y abrir mis horizontes. Así llegué a Misiones, mi segunda patria chica, y conocí a gente, a mucha gente, con sentimientos y pensamientos distintos a los que hasta ese momento yo conocía y que me vincularon con otras fuerzas más poderosas.
La primera canción que me asombró de este género fue Cambia, todo cambia, un himno de la contracultura de entonces, en la voz de la Negra Sosa, y esto a la par de Patria Querida, tan profunda y nostálgicamente nuestra como olvidada al día de hoy. Hasta hoy siento que se me pone la piel de gallina al escuchar: “Robusto el cuerpo, la frente siempre erguida, alegres, vamos en pos de tu pendón. Y en tu loor, sube, patria tan querida, de nuestro amor la más férvida canción”.
Mi horizonte se amplió y hacia los veinte años tuve noción de las atrocidades que sucedían en el seno de la propagandizada sociedad de “Paz y Progreso”. Así ingresó Sobreviviendo, de Víctor Heredia: “Me preguntaron cómo vivía, me preguntaron. Sobreviviendo, dije, sobreviviendo. Tengo un poema escrito más de mil veces, en él repito siempre que mientras alguien proponga muerte sobre esta tierra y se fabriquen armas para la guerra yo pisaré estos campos sobreviviendo”. Detrás vinieron La maza, de Silvio Rodríguez: “Si no creyera en cada herida, si no creyera en la que ronde, si no creyera en lo que esconde hacerse hermano de la vida”.
Para la libertad, de Joan Manuel Serrat: “Porque donde unas cuencas vacías amanezcan ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada. Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida, porque soy como el árbol talado que retoño, aún tengo la vida”.
Y volviendo al amor, pero más maduro, lejos del romanticismo cursi de la adolescencia, ocupan ahora esos espacios canciones de Pablo Milanés, como Para vivir: “Y ahora ves, lo que pasó al fin nació al pasar de los años el tremendo cansancio que provoco ya en ti, y, aunque es penoso, lo tienes que decir. Por mi parte esperaba que un día el tiempo se hiciera cargo del fin. Si así no hubiera sido, yo habría seguido jugando a hacerte feliz”.
Y en la circunstancia de hoy viene a salvarme una canción de Silvio, Tu fantasma: “Pueden ser casualidades u otras rarezas que pasan, pero donde quiera que ando todo me conduce a ti. Especialmente la casa me resulta insoportable cuando desde sus rincones te abalanzas sobre mí”.