07 jul. 2026

El bufón imprescindible

Javier Vera está dejando el Senado. A fuerza de escándalos, se volvió indefendible. Los colorados pudieron perdonar el audio en el que se jactaba de que su voto valía USD 20.000, pero lo de ahora fue un exceso. Imposible alardear de ser la bancada de “Dios, patria y familia” y, al mismo tiempo, ignorar un presunto caso de tentativa de hecho punible contra la integridad de un menor.

Chaqueñito nunca tuvo límites éticos ni legales, porque jamás se imaginó que llegaría un día a ser senador de la Nación. Sencillamente, nunca debió ocupar ese cargo; aunque hay que recordarlo: cuando se incorporó a la bancada de Honor Colorado fue recibido con honores en un acto oficial. La bienvenida fue encabezada por el senador Bachi Núñez, quien expresó: “Estamos de fiesta”, ante los aplausos de otros referentes del movimiento, como Derlis Maidana, Lizarella Valiente y Natalicio Chase.

En aquel momento, hace dos años, todos sabían los quilates morales del nuevo compañero, y su prontuario no los molestó en absoluto. Por eso, la indignación actual tiene un tufillo de oportunismo. Hasta hace unos días, lo que menos querían es que se vaya. Hasta aguantaron el escarnio de que se haya hecho público el departamento con el que lo iban a premiar. Se habrá sentido importante Chaqueñito: todo el equipo de medios y paraperiodistas del cartismo recibió órdenes de sostener la “legalidad” de la maniobra.

Es que Chaqueñito les era funcional. No solo porque era un voto low cost –probablemente uno de los más económicos del mercado legislativo–, sino porque ofrecía otras ventajas. Su utilidad principal era el ruido. Mientras se cocinaban blindajes para procesados, silenciosas maniobras presupuestarias o el reparto de bonificaciones espurias, él siempre tenía la amabilidad de publicar un exabrupto, protagonizar una rabieta o alguna impudicia que distraía a todos. Mientras el país se desgastaba haciendo memes sobre su última torpeza, los pesos pesados respiraban aliviados en la penumbra. Él era el maestro de ceremonias de este circo esperpéntico, el ruido necesario para que el saqueo ocurriera en silencio.

Además, era un fusible perfecto: atraía hacia sí toda la descarga eléctrica del malestar ciudadano. Servía de escudo para los impunes de verdad y si –como ocurre ahora– fuera necesario desprenderse de él, no pasaría nada, pues la mayoría parlamentaria seguiría siendo holgada y siempre se podría recurrir al argumento de que no fue la ANR la que lo trajo a la política. Vino con el fenómeno de Payo Cubas, esa marea que prometía quemar todo y terminó alimentando la hoguera de la estructura que juró combatir. La narrativa de que él es un “producto de la oposición” –vía Cruzada Nacional– es una coartada perfecta para el oficialismo.

Su ausencia me sume en una sensación contradictoria. Chaqueñito no debería irse, él es esencial al sistema. No es un accidente biológico de la política; es un engranaje fundamental. Les cuento dos motivos.

El primero: él es, hoy por hoy, el estándar de la mediocridad. Con él, la vara de calidad cayó tan bajo que generó una falsa sensación de alivio institucional y terminó haciendo un favor inmenso a sus colegas. Al lado de su estridencia y falta de luces, cualquier legislador mediocre que logre articular dos sujetos con sus respectivos predicados ya parece un estadista. Es una unidad de medida. Su presencia en el Senado obraba el milagro de la santificación por contraste: era el “cero absoluto” del Parlamento; a partir de él, todo era ganancia.

Y, segundo, nos sirve de recordatorio: es el espejo en el que nos miramos después de una borrachera antipolítica. Vemos el rostro cansado de un sistema que premia el “me gusta” efímero por encima de la formación mínima. Su presencia no fue un accidente, sino un reflejo que desnuda la precariedad de nuestra representación parlamentaria.

Cuando su escaño quede vacío, será incómodamente inevitable pensar que, en democracia, el Congreso siempre termina pareciéndose a la sociedad que lo eligió.

Más contenido de esta sección