La Selección Paraguaya dejó el Mundial de Fútbol con la frente en alto, eliminada por probablemente el mejor equipo de la competencia y candidata a ganar la Copa del Mundo, que en palabras del propio capitán de su equipo, Kylian Mbappé, tuvo que “jugar sucio”, y embarrarse en el lodo paraguayo, cargarse con tres tarjetas amarillas de sus estrellas Bradley Barcola, Manu Koné y Michael Olise, mientras que ningún jugador albirrojo fue amonestado.
Francia pasó a cuartos de finales con un polémico penal que el VAR llamó, y no fue la aplanadora que la mayoría decía que sería, considerando sus partidos anteriores en los que convirtió 3 goles en sus dos primeros encuentros contra Senegal e Irak y 4 en el último de fase de grupos ante Noruega.
Paraguay, por su parte, había arrancado con el pie izquierdo perdiendo 4 a 1 ante la anfitriona EEUU lo que dejó una mala imagen que despertó el polvorín de críticos en el país que convirtieron al técnico Gustavo Alfaro de “cazador de utopías” a “el gran vendehúmos”.
La Selección logró recuperarse con el heroico partido contra Turquía con el gol tempranero de quien se convertiría desde ese momento en el héroe y guerrero nacional, Matías Galarza, a quien días antes ciertos periodistas paraguayos lo endilgaron de no estar anímicamente en condiciones para jugar por su situación particular en River Plate.
Galarza jugó con alma y vida todos los partidos que le tocó y fue una de las figuras principales que levantó el nivel del equipo, al igual que el arquero Orlando Gill y otros que estuvieron a la altura y lo dieron todo. Algunos pocos jugadores no alcanzaron a contagiarse de este gran espíritu y Paraguay pagó su falta de banca y las lesiones de varios, y eso ya se podía sentir con el empate a cero que se vivió con Australia y que revivió las críticas a Alfaro
Aun así, la Selección dejó en alto los colores de la camiseta, logrando el batacazo contra Alemania que ya quedará en la historia de los mundiales por toda la eternidad, y aunque cayó contra Francia, rememorando aquella derrota del Mundial del 98, esta vuelta los jugadores no terminaron en el suelo lamentando, sino que siguieron reclamando al árbitro y empujando a los franceses como si el partido no terminara aún.
Posteriormente, los jugadores paraguayos dieron declaraciones orgullosos de cómo se enfrentaron con dignidad a la poderosa Selección Francesa, que mostró su nerviosismo y vulnerabilidad, al punto que tampoco podían sacarse la armadura de batalla y cara de guerra al terminar el partido, y eso se notó con los gritos de Mbappé y el saludo que le negó al heroico portero paraguayo.
La prensa francesa acusó al árbitro de permitir que Paraguay le marque con fuerza a las “intocables estrellas francesas” y de amonestar solamente a los jugadores galos, mientras que la prensa sudamericana habló de lo dudoso del penal y resaltó la entrega del equipo paraguayo.
Ahora toca dar vuelta la página, la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF) deberá tomar una decisión respecto a la continuidad o no del técnico Gustavo Alfaro, que fue objeto de todo tipo de manifestaciones tanto a favor como en contra, y es acá donde entran a jugar “los profetas del día después”, esos que con el diario del día siguiente se ponen a analizar y decir qué se debió hacer y qué no.
Paraguay está lleno de esta clase de sujetos en todos los ámbitos: En lo político, en lo económico, en lo deportivo, etc., etc., y por lo general, suelen actuar con mucha soberbia y menosprecio por el trabajo del que estuvo ahí el día antes.
Alfaro se prestó a “la ilusión” y “la fantasía” de llegar lejos en una competición donde luego de los respectivos “baldazos de fría realidad” terminó subrayando las grandes limitaciones que tiene una Selección que viene de “la tierra colorada”.
Paraguay compitió con lo que tuvo y dejó una buena imagen, cayendo con altura y mostrando su “garra guaraní”, pero todavía queda mucho por construir y por sincerar para no caer en fantasías que terminan en desilusión, y esto es perfectamente comparable con la propia realidad nacional. No somos ningún “gigante dormido” y no es motivo de orgullo que nuestros jugadores deban vender su uniforme para costear gastos médicos de sus hijos. Ver la realidad de frente y encararla debe ayudarnos a crecer en todos los sentidos.