Un Mundial de Fútbol no se trata solo de fútbol. Menos aún en estos tiempos. Es sabido que el evento genera dinero a raudales, moviliza multitudes, satura medios de comunicación y redes sociales, crea héroes y desvela juegos de poder. La geopolítica del planeta se expresa en el Mundial. También la desigualdad, tanto entre jugadores individuales como entre conjuntos nacionales.
El talento en la cancha se encuentra limitado por la falta de recursos económicos y de infraestructura fuera de ella. Los equipos no compiten en igualdad de condiciones porque el punto de partida es totalmente distinto para cada país.
Mientras las potencias cuentan con ligas multimillonarias, centros de alto rendimiento y tecnología de punta, muchos países compiten solo con el talento natural de sus futbolistas. Esto ha sido así siempre, pero en el Mundial 2026 la situación ha sido más notoria, quizás porque las brechas económicas entre los países se agrandan, porque internet permite que la información se expanda y porque la injerencia del Gobierno de EEUU (país anfitrión) ha sido cuando menos escandalosa.
Ya en el inicio del torneo, EEUU impidió la entrada al árbitro Omar Artan, procedente de Somalia, y denegó el visado a quince miembros de la delegación de Irán, cuyos jugadores además debían entrar y salir de territorio estadounidense los días que jugaban un partido. El colmo –hasta la fecha– ha sido que el propio primer mandatario de EEUU, Donald Trump, se ha comunicado con Gianni Infantino, presidente de la FIFA (Fédération Internationale de Football Association) para solicitarle que levante la sanción que pesaba sobre el delantero, Folarin Balogun, quien había recibido tarjeta roja durante el partido ante Bosnia-Herzegovina, a fin de que pueda jugar contra Bélgica en los octavos de final. Esta situación evidencia de forma explícita que tampoco las reglas del juego se aplican con igualdad para todos.
Respecto a la participación de Paraguay, el rendimiento de la Selección expone las diferencias que existen en la competencia. Clasificar a la etapa de los octavos de final, superando enormes brechas de presupuesto es un mérito exclusivo del grupo humano. En el país, la insuficiencia de políticas públicas para el deporte obliga a los atletas –no solo de fútbol– a competir con claras desventajas. El fútbol profesional sobrevive gracias al esfuerzo privado o de los propios clubes, mientras el Estado deja de lado su rol de crear centros recreativos y de alto rendimiento accesibles para toda la población. Depender siempre de la “garra guaraní” para tapar las falencias de infraestructura y la falta de inversión en el deporte no es sostenible a largo plazo.
La mentada diferencia en el punto de partida afecta a todos los equipos participantes, de una u otra manera, pero los casos de Paraguay y EEUU evidencian un contraste contundente. Paraguay representa el fútbol cuasidesamparado por su Estado que lucha con bases humanas. EEUU representa el fútbol hiperprotegido por un Estado que interviene directamente en su beneficio.
En resumen, el Mundial no es solo un torneo de fútbol, sino es también el reflejo de la desigualdad global. Es injusto exigir hazañas heroicas a atletas que crecen sin infraestructura ni políticas públicas sostenibles, más aún cuando el poder geopolítico es capaz de torcer la balanza desde cómodas oficinas. Se precisan compromisos estatales reales con inversión en el deporte y un blindaje institucional frente a la injerencia del poder político externo para que realmente prevalezca el mérito en el campo de juego.