29 abr. 2026

Árbitro vendido

El domingo pasado entrevisté en televisión al ex presidente Nicanor Duarte Frutos. Fue un ejercicio estimulante, él es uno de los pocos integrantes de la jauría republicana con quien se puede debatir cuestiones de fondo, aunque nunca nos pongamos de acuerdo sobre el tema.

Nicanor arrastra todos los vicios, pero también las virtudes del animal político. Es capaz de leer lo que piensan y sienten sus compatriotas, y supo enriquecer ese instinto con el estudio y la lectura. Habla además desde la experiencia, la buena y la mala.

En este nuevo debate –vengo polemizando con él desde que era nuestro profesor en la Facultad–, Nicanor volvió a poner sobre la mesa un tema recurrente, una muletilla que utiliza la mayoría de los políticos cuando se les recuerda el lastre insoportable que supone para el país la corrupción, aquello de que “nuestra corrupción es como el tango, se baila de a dos”.

Lo primero que hay que decir es que es una obviedad. La mayor parte de la corrupción pública está vinculada con el dinero público, con cómo se gasta ese dinero. Y ahí se incluye desde la contratación de personas para cargos para los que no tienen la preparación requerida y la creación de cargos irrelevantes solo para garantizar un salario a parientes, amigos u operadores políticos hasta las grandes licitaciones del Estado, las obras públicas, la adquisición de insumos médicos, la importación de combustibles.

Otra parte menor, pero no menos relevante tiene que ver con las regulaciones determinadas por el Estado: Las reglas del mercado que pueden terminar beneficiando a uno o a un grupo de jugadores en detrimento de la competencia y, en definitiva, de una mejor oferta para los consumidores.

Por supuesto, como dicen Nicanor y sus colegas políticos, en todos estos casos casi siempre hay una contrapartida privada. Es el individuo que acepta un cargo para el que sabe que no está preparado –o lo hace directamente en calidad de planillero– hasta el empresario que paga una coima para ser adjudicado en una licitación, que soborna para vender al Estado a precios sobrefacturados o entregar mercadería innecesaria o fallida. Conviene agregar que también está la corrupción que se baila en solitario.

El funcionario que roba para la corona y para sí sin ningún acompañamiento. Es un saqueo solitario que puede perfectamente tener algún ropaje legal como cuando hacen pagar al contribuyente salarios de alrededor de 20 millones de guaraníes a un chofer o a una hija estudiante por llenar planillas de pago.

Casi siempre habrá dos actores en el hecho de corrupción, el público y el privado. El punto es cuál de ellos es la clave para evitarlo. Y ese es mi debate con Nicanor. Para mí, esto es muy simple.

No se hacen leyes esperando que los seres humanos se comporten como ciudadanos ejemplares, se hacen para evitar que conduzcan ebrios, que roben, que estafen, que maten.

En un partido de fútbol se espera que los jugadores practiquen el juego limpio, pero se establecen reglas y se incluyen árbitros y líneas para evitar la mala práctica, la trampa y la violencia. Y hay sanciones.

Lo ideal es que los jugadores jueguen correctamente, pero sabemos que su ambición es ganar y que para que el partido sea justo la clave está en la imparcialidad de los jueces ¿Qué pasa si los árbitros se corrompen?

Puede haber uno, dos o diez jugadores vendidos, pero la corrupción hace realmente inviable el partido cuando quien se corrompió es el árbitro.

Eso mismo pasa con el Estado. Aspirar a una sociedad con contratistas impolutos es desconocer cómo funciona el capitalismo.

Un empresario noruego pensaría mil veces antes de proponer un soborno en su país, pero sí participa de cualquier licitación en Latinoamérica, probablemente, no tendrá problemas en pagar una coima para tener oportunidades de ganar.

La diferencia está en cómo funciona el Estado noruego y cómo operan Estados como el nuestro. La responsabilidad no es 50/50. Nunca.

En lo que sí tiene razón mi ex profesor Nicarnor Duarte Frutos es que a esos árbitros los eligieron los mismos hinchas que hoy piden sus cabezas.

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