La alternancia en el poder es parte de la rutina en democracia. En el mundo desarrollado, conservadores y progresistas, socialistas y liberales se suceden en los gobiernos sin mayores aspavientos. Las diferencias entre unos y otros son más bien de matices. En general, todos giran en torno a la boca del poncho, parafraseando a cierto predicador, hoy venido a menos.
Para nosotros, sin embargo, la alternancia es una novedad histórica; un cambio de signo político que se registra después de medio siglo, y que para colmo irrumpe de la mano de un cura.
No hay paraguayo vivo con experiencia suficiente como para lidiar con semejante fenómeno político, no sin cometer errores.
Después de todo, estamos ante un escenario inédito. No debería extrañarnos pues que nos perturbe cierta sensación de que estamos improvisando la mayor parte del tiempo.
Porque sí estamos improvisando.
No estoy haciendo descubrimiento alguno, por supuesto, apenas menciono esta obviedad a modo de introducción para iniciar una modesta reflexión sobre los curiosos cambios del entorno que de seguro usted también estará notando.
Le pasará como a mí que ciertos amigos con los que siempre estuvo de acuerdo, hoy mantienen notables diferencias con usted. Y viceversa.
En mi caso, mis amigos de la izquierda con los que guerreé por años, irritado porque mi opinión favorable a la privatización les valió para endilgarme el mote de neoliberal, hoy están convencidos de que milito con ellos en la causa socialista porque considero paranoica la supuesta invasión chavista que vaticinan mis amigos de la derecha. Y mis amigos de la derecha, con los que compartí siempre las críticas al modelo clientelista y prebendario de Estado que construyó la vieja y corrupta clase política, hoy me ven como un iluso que se niega a reconocer que estamos enfilando al infierno socialista del siglo XXI.
Los más osados aseguran incluso que apenas estoy revelando mis verdaderas convicciones políticas, naturales -según ellos-, a juzgar por mi pasado de lumpen.
Según estos amigos, una década y media atrás, cuando el salario me permitía vivir decentemente solo los primeros 15 días del mes, y mantenía aún ciertas fantasías religiosas, era un neoliberal vendido al oro del capitalismo apátrida y ateo; y ahora, que asumo mi absoluta desconfianza hacia la religión y mis tres trabajos me permiten cierta holgura económica (hoy puedo aspirar a la burguesía) estoy cediendo a la tentación socialista y encima me hago partidario de un cura.
Esta visión maniquea del mundo es lógica si consideramos la obviedad con la que inicié mi reflexión: los cambios en el poder nos desorientan.
No tenemos gimnasia para lidiar con ellos.
Por eso, para facilitarnos la orientación etiquetamos a las personas.
Así, nuestras opiniones necesariamente serán calificadas como de luguistas, colorados reaccionarios, liberales angurrientos o patriaqueridistas pichados.
No importa si carecemos de filiación partidaria, jamás ocupamos un cargo público, nos dedicamos a la venta de buzones por internet y nos hicimos budistas.
Parte de la construcción de una cultura democrática pasa por entender que uno puede considerar que Lugo es un fraude como persona, que no hay elementos objetivos para hacerle un juicio político, que es necesario privatizar algunas empresas públicas, que no es irracional plantear límites para los latifundios, que el impuesto a la renta personal es una necesidad casi moral, que flexibilizar el Código Laboral será lo mejor para los trabajadores, que Hugo Chávez es un dictador impresentable, que puede ser un buen negocio meter a Venezuela en el Mercosur, que la izquierda es absolutamente necesaria en el país y que jamás seríamos izquierdistas, todo a la vez y en perfecta armonía.
Y no seríamos marcianos por ello.
Apenas seres humanos, contradictorios y pasionales.