04 jul. 2026

Victoria del sol: Visita al Collar Studio en Rotterdam

Cuando entré al taller del artista Enrique Collar, una mezcla de atmósfera añeja y contemporánea, europea y sudamericana, me hizo comprender el ilusionismo noble y empático del Paraguay que recorre y vive en su imaginación.

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El artista Enrique Collar y el autor de la nota ante la pieza “Los adoradores de la sombra” en el atelier del artista.

Foto: F.M.

Rompe el amanecer un húmedo y frío domingo de febrero en Rotterdam, el puerto vibrante del norte europeo. El viento no consigue ahogar los aromas que provenían del mercado, el olor acre de los arenques crudos o hering con cebolla, o del pan recién horneado de las madrugadoras panaderías.

Esperando a la bruma abrirse y ser penetrada por el sol tímido del invierno, comienza una extraña alucinación visual que intento capturar en esta memoria. La luz dibuja haces entre canales de agua como espacios de fantasía, las fachadas de las casitas de frentes escalonados se funden, reflejadas como en una pintura de Vermeer.

El tiempo apela sensorialmente a otras postales holandesas; dramáticamente aparecen otras formas, como en la esquina, en la que una mujer con cofia cose una tela policromada con una máquina. Los cristales de las ventanas no tienen visillos ni cortinas (en el cristianismo reformado de Holanda no se debe esconder la privacidad, como gesto de honestidad), por tanto, mi mirada peregrina confunde la escena con una pintura admirada de Velázquez, Las hilanderas.

El sol sale para todos, aún en la larga noche del norte, para errantes, fiesteros y mendigos. El calor matutino me guía a la casa y taller de Enrique Collar, el artista nacido en Itaguasu, un lugar a estas alturas no solo real, sino metafórico, llevado a lo máximo de su imaginación. El artista visual, que además es cineasta y escritor, ha elegido anclar en este puerto una vida dedicada al arte y a su familia.

Imágenes nómadas

Una visita al taller-atelier o Studio Collar es una experiencia completa. Atriles sosteniendo bastidores de gran formato, computadoras emitiendo detalles de imágenes pictóricas me advierten que no estoy junto a un pintor antiguo, sino a uno muy informado, técnicamente curioso y de ideas muy sólidas.

El atelier es muy grande, ocupa todo un segundo piso y desde allí Enrique comanda sus obras simultáneas de pintura, dos o tres encargos que verán la luz varios meses más tarde, junto a otras estacionadas y provenientes de una exposición reciente en Amsterdam.

También un estudio fotográfico profesional y otras estancias donde sentarse y leer poderosos libros y revistas de arte, junto a las exuberantes plantas asomadas al invierno, hacen el contraste espacial aún más paradójico. Todo, todas las cosas están prolijamente ordenadas en el estudio. Enrique escenifica aquí la razón y pasión que dirigen su vida y quizás, las de los alucinados seguidores de su obra.

El pintor paraguayo-argentino-holandés encaja naturalmente en este lugar; los Países Bajos fueron uno de los epicentros de la pintura realista del norte europeo. Volviendo a la visión del espacio en el Studio, tuve un déjà vu de bodegón o naturaleza muerta absoluta (para mi mirada de migrante o nómada), en la cocina pintada de un naranja furioso (color muy holandés, obviamente), con su cuenco de peras y uvas, el vaso de cristal verde viridiano, la botella de vino abierta y el paquete de yerba mate La Rubia.

Pero lo mejor todavía estaba por pasar dentro del Studio Collar. Trato de contener la emoción al ser convocado para ver la pintura en la que viene trabajando hace unos meses; la visión no podía ser más desafiante para este crudo invierno.

Ante nuestros ojos se despliega Los adoradores de la sombra, un gran lienzo de más de dos metros, habitado por un grupo de hombres, adultos y niños, un gran impacto cromático cálido contrastado con la paleta más fría dada por la fronda de un gigantesco mango.

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Alrededor de cinco meses de arduo trabajo demandó al artista la realización de esta pintura.

Imagen de la obra de Enrique Collar.

El sol los vio

Lo que estaba contemplando en el atelier del artista estaba colgado, o mejor dicho, incrustado en mi memoria y se correspondía, ficticia y verosímil, a alguna escena real del Paraguay. Básicamente, la pintura nos traslada a una escena de sosiego: una familia de campesinos está recostada bajo el abrigo de un árbol. Los pies rústicos y curtidos por el trabajo revelan la dureza de la vida en el campo, mientras que las miradas de los personajes, algunas serenas y otras perdidas en el horizonte, sugieren un estado de contemplación y resistencia.

Incluso el perro fiel parece compartir la quietud del momento. El fondo, compuesto por un maizal inmenso de pinceladas expresionistas, ondula con la brisa de la tarde, como si la propia naturaleza conspirara en favor de esta pausa. La temperatura del color es protagonista, los tonos ocres y tierras nos envuelven en la densidad del calor, mientras los verdes y azules vibran con la energía vegetal y celeste, en un hovy único.

El calor se adhiere a la piel de los protagonistas, transformándola en un lienzo de brillos dorados y sombras profundas, reflejo de la luz inclemente y del tiempo detenido en el descanso. La pincelada de Collar, precisa pero vibrante, captura la materialidad de la carne con un realismo que evoca la textura misma del sudor y del polvo.

Recorrer esta pintura gigante fue como viajar por la campiña paraguaya en Holanda. Poder sentir el plan formal y generar narrativas subyacentes en y con Los adoradores de la sombra nos permite navegar por el mundo campesino, pero a la manera de una fábula realista, y cuya escena de descanso de estos cuerpos trabajadores de sol a sol (eufemismo para significar jornadas largas y extenuantes de trabajo bajo temperaturas muy calientes) es evidente.

Biógrafo visual de la idiosincrasia rural y urbana del Paraguay, Enrique es un pintor que identifica la dignidad de mujeres y hombres de matriz cultural guaraní, europea y africana en el centro de Sudamérica, en las antípodas del desarrollismo posindustrial. Sus retratados, recreados de fotos y de sus recuerdos del trópico, asumen orgullosamente el mestizaje intenso de esta tierra.

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Collar nos propone una reflexión sobre la luz, que en el imaginario guaraní es símbolo de lo divino y de lo cíclico, hoy convertido en desafío ante la deforestación y el cambio climático.

Foto: F.M.

Creo que es este país lejano lo que hace a estas telas tan enigmáticas y fascinantes, por su ausencia de coordenadas. Collar es un autor porfiado que capta escenas premodernas, creando series enteras que transcurren en un Paraguay rural, a 13.000 km y 25 años de distancia, optando, privilegiando temas y sujetos periféricos, personas olvidadas y en su conjunto, a una sociedad opuesta a la prisa del capitalismo tardío.

Y desde Asunción, me es fácil imaginar al artista, admirando y capturando los efectos deslumbrantes de la lumière d’or (luz de oro) que los artistas flamencos revelaban en su propia pintura como un regalo para todos, mientras manufactura el Paraguay de su memoria bajo esos cielos nublados.

Escritor, crítico de arte y cine, es curador de exposiciones y programas fílmicos.
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