07 abr. 2026

Utopías

Para mí, una de las mejores épocas que viví fueron los principios de la década de los noventa, que inicié con 21 años. Eran años en que la ciudadanía comenzaba a experimentar y, sobre todo, disfrutar de las libertades que les habían sido negadas por la dictadura stronista. En Asunción, aún no se tenía el agobio de tanta inseguridad, podíamos salir de noche y amanecer bebiendo mientras la pasábamos bien entre amigos escuchando a bandas rockeras, por ejemplo, en el bar Casa del Sur, de Alberto Rodas, que siempre estaba con los brazos abiertos, o en El Tirol, a donde iba para escuchar a Los Búfalos tocando Escalera al cielo. Esta efervescencia democrática me tomó en esa edad en que la rebeldía la llevamos a flor de piel; recuerdo que tenía un pirograbado en cuero del rostro de Salvador Allende, con una famosa frase de él: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Arropados en esta y otras sentencias que creíamos verdades, los jóvenes tejíamos sueños y lo que en esos tiempos descubrí: utopías. Incluso llegamos a crear un grupo en campaña que llamamos Utopía Contagiosa, frase que –si no estoy equivocado– le debemos al compañero Alberto Castro.

Es lo que me queda de aquellos años, la utopía. Pareciera que este término preferentemente está asociado a la juventud y que el paso del tiempo lo deja en desuso, irremediablemente. Porque, la utopía, por su naturaleza, es inalcanzable y la realidad dura y bruta es su rival. Eduardo Galeano la describe como la línea de horizonte, que no existe en realidad; sin embargo, está ahí. Porque uno avanza en dirección a la línea de horizonte y en la misma medida esa línea se aleja; así, nunca se llega a ella. Entonces para qué sirve la utopía. Sirve para avanzar.

Puedo afirmar que entonces –aunque tal vez no lo sabíamos–, el motor que nos impulsaba para ir hacia adelante eran las utopías. Tal vez, una de las que perseguimos muchos en esos tiempos era ver un día nuestro país mejor. Íntimamente, mi deseo era siempre ser una mejor persona, propósito que lo hice al caminar con el día a día, rutinariamente. Aún tengo la sensación de que no lo he logrado, que me falta, pero si me pongo a mirar lo transitado, digo que avancé y mucho.

Pero la primavera que el país vivió en los noventa no fue el único periodo de utopías. Existieron en otros momentos verdaderamente grandes utopías, porque nacieron en épocas duras y han costado sudor y lágrimas, y, especialmente, sangre y vidas. Estas han sido las Ligas Agrarias Cristianas (LAC), que en los setenta tuvo su auge en el interior del país. Eran comunidades de familias campesinas que se unían y a la luz de la fe cristiana entendían que el paraíso prometido podía ser vivido en la tierra. Sin embargo, la realidad se hizo brutalmente presente y tomando la excusa de contactos con la Organización Para Militar (OPM), la represión recrudeció y cayó con todo contra las organizaciones de campesinos, con secuestros, torturas indecibles y desapariciones que hasta hoy no fueron aclaradas.

Esta semana se cumplen cincuenta años de aquella dolorosa experiencia que en Santa Rosa de las Misiones (cuna de otra de las grandes utopías, las reducciones jesuíticas), quedó marcada como la Pascua Dolorosa.

Cincuenta años de aquella barbarie cometida desde el Estado, pero ni una pizca de pedido de perdón a tantas familias golpeadas y vidas destruidas, marcadas para siempre. Cincuenta años y ni muesca de conmemoración desde, por decir, el Ministerio de Educación y Ciencias, como la “Semana de la Pascua Dolorosa”, con trabajos especiales sobre el Archivo del Terror, visitas de estudiantes al Museo de la Memoria, etcétera. Nada.

Esa es la utopía, la que empuja, la que desangra, la que invita a mirar un futuro que a la fecha puede parecer inalcanzable, pero si comenzamos a caminar en dirección a ella, quién nos dice que algún día no habremos de llegar hasta ellas. Los noventa fueron años pródigos en utopías, muchas ahora hechas realidad.

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