27 mar. 2026

La semilla de la guerra

“La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable… Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia”.

Este ha sido el último de los tantos llamados a nivel público realizados por el papa León XIV el pasado 1 de marzo ante la escalada de violencia en Medio Oriente y otras partes del mundo, solicitando a los líderes políticos asumir “la responsabilidad moral” de detener la espiral de violencia antes de que se convierta “en un abismo irreparable”.

Podría tomarse como retórica o reclamo para políticos. Sin embargo, es una urgencia en todos los niveles. Y es que el problema de la guerra y la necesidad de la paz conciernen no solo a las potencias mundiales, sino también a la persona, al individuo; hay una responsabilidad moral en juego.

Aunque sea molesto decirlo, la semilla de la “guerra” ya está sembrada en nuestro interior y su desarrollo en mayor o menor grado dependerá de variables diversas; contexto, eventos, amistades, educación, etc. Hay un trabajo cotidiano y personal que debemos ejecutar para ser realmente constructores de este valor tan preciado para la humanidad. No es automático y no bastan las buenas intenciones.

El primer paso es dejar de pensar con los malos solo son los otros. Está claro, no obstante, que la responsabilidad de los líderes mundiales es mayor. Que las acciones de Trump son determinantes.

Que el botón rojo no está en casa, pero es necesario entender que la lógica que mueve al mundo y al poder político y económico es la misma que se anida en nuestro interior.

El diálogo “razonable, auténtico y responsable” que reclama el Papa no es cosa fácil para nadie.

La paz, así como la justicia y el amor en la experiencia humana, tanto particular como colectiva, exigen renuncias y sacrificios, exige ceder. Y allí la cosa se complica.

Ocurre entre marido y mujer, entre padres e hijos, en el ámbito laboral, entre vecinos.

La diplomacia está en crisis también por este punto. Si las partes en conflicto creen que su objetivo es “irrenunciable” el diálogo se vuelve un ritual vacío. La negociación no es signo de debilidad, sino de apertura. El diálogo plantea un desafío previo y duro que es el de reconocer al otro como sujeto y protagonista, con necesidades, reclamos y derechos.

Y este –al mismo tiempo– es el primer gran valor de cualquier proceso entre personas, gobiernos o naciones; mirar al otro como un semejante a pesar de las diferencias y antecedentes.

La fuerza como herramienta es limitada, dolorosa y despierta odio y deseos de venganza que tarde o temprano se hacen sentir.

El acuerdo –en cambio– será siempre más fructífero porque asumen la condición de la libertad humana y su exigencia de justicia.

Por ello, la guerra no solo destruye vidas, sino el lenguaje compartido, es decir, esa intuición –aunque sea leve– de una humanidad con necesidades, heridas, deseos y errores, idénticos a los nuestros

El primer paso es buscar un “corazón desarmado” ante el semejante que genera crisis. Esto no significa un pacifismo vacío, acrítico y sin sentido. Se trata del intento de una razón aplicada adecuadamente, partiendo del reconocimiento que la propia necesidad no es distinta a la que mueve al adversario.

La paz, basada en el diálogo auténtico, ya no es una opción. Hoy, con tanta tecnología y deshumanización a cuestas es el camino ineludible para dejar de coquetear con una estúpida autodestrucción.

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