Cuando varios jóvenes compartieron en redes sociales sus tareas del cuadernillo de Comunicación para hacer “análisis y comprensión” que incluyen autores de canciones pegajosas pero con letras paupérrimas como “Felices los 4", etiquetada como de estilo reguetón y pop latino, pensamos que el MEC haría una corrección de sus materiales y listo.
El tema es que el ministro de Educación, en vez de revisar y corregir los excesos con criterios educativos integrales, salió a justificar el uso de esas letras de canciones como si de “recursos pedagógicos” que dan “variedad” a los ejercicios se trataran.
Ese asunto del uso del lenguaje para reducir el pensamiento a la nada más instintiva y manipulable desde el poder político no es nuevo; tampoco es nuevo el intento de instrumentalizar la “educación”, que ya no es educación desde el momento en que es usada como herramienta de cretinización masificadora.
En Rebelión en la granja, de George Orwell, los cerdos representan a la élite dirigente soviética bolchevique que traiciona los ideales revolucionarios y emplea, entre otros métodos coercitivos, el Ministerio de Propaganda mediante la manipulación del lenguaje. Squealer, era el pequeño cerdo que se destacaba como orador en la granja para justificar todas las acciones de Napoleón, incluso reescribiendo las reglas para beneficio de los cerdos en detrimento de sus antiguos camaradas.
Hoy se habla de la dictadura del relativismo y nos quejamos de sus consecuencias, a menudo con expresiones como “falta mejorar la educación; los estudiantes, y a veces sus profesores también, no piensan, no comprenden, no se saben expresar, son manipulables…”
La rebelión en este caso es una cuestión de supervivencia en la granja y creo que viene a cuento considerar acá este camino. No nos podemos resignar a vivir como cerdos, sin norte, sin trascendencia, comiendo desperdicios culturales y entregando a nuestros hijos a la barbarie porque allí hay una “dinámica”, lo que sea que eso signifique para estas autoridades.
De hecho, nuestra educación dice apuntar a la integralidad de la persona, pero no se puede llegar a los estamentos superiores de nuestra condición y cultura, si apelamos a la instintividad que supuestamente queremos superar como comunidad educativa.
Incluso en la educación de la emotividad, a la que tanto apelan estos estilos musicales, no podemos limitarnos al sistema límbico, ya que las emociones son también el resultado de acciones intencionadas que involucran nuestras capacidades cognitivas superiores.
Nos tenemos que decidir de una vez los adultos educadores y promotores culturales si queremos poner como protagonista y estimular a la corteza prefrontal de los jóvenes, donde se desarrollan las conductas sociales y la toma de decisiones reflexivas, es decir más inteligentes y civilizadas, o si queremos jóvenes cada vez más descontrolados, impulsivos y con tendencias adictivas, que son las críticas que los estudios neurológicos y psiquiátricos lanzan contra estilos como el reguetón que tienen efectos dopamínicos desinhibidores como las drogas, pero nula estimulación de los procesos cognitivos superiores, ni hablemos de la dimensión moral o el efecto de los estereotipos en los adolescentes, etc. No, no todo educa, no somos cerdos y no queremos una educación deformada y manipuladora. Hay que corregir lo que está mal y ayudar a los jóvenes a encontrarse con lo mejor de nuestra rica cultura universal.