05 feb. 2026

Una necesaria Epifanía del bien común en Paraguay

Si la política, en general, y la administración de la res pública y el Estado, en particular, se plantearan de nuevo como meta principal el bien común, tendríamos una epifanía como nación, y sería un criterio válido a la hora de evaluar el mejor o peor desempeño de nuestros gobernantes, partiendo del principio esencial del reconocimiento, la promoción y la protección de la dignidad de todas las personas, y teniendo en cuenta la condición humana, con sus potencialidades únicas y limitaciones, iluminando así un contexto cultural cada vez más materialista y pragmático.

A pocos días de celebrar la Fiesta de la Epifanía, que desde su etimología señala la manifestación luminosa que nos indica un camino correcto a seguir, nos deberíamos plantear como nación el tema del bien común, como objetivo esencial que justifica la existencia misma del Estado y que debe encauzar los planes de desarrollo y las acciones políticas.

La preocupación por la corrupción y los abusos de poder, así como las soluciones propuestas deben considerar realistamente la condición humana (temporalidad, mortalidad, capacidad de pensamiento, libertad, dicotomías interiores entre el deseo de bien y las acciones egoístas, posibilidad de error y capacidad de enmienda, la dimensión social y trascendente de sus acciones, etc.) para seguir un itinerario realista, tal como se espera de la política, cuando es seria.

Una de las dificultades es que se suele confundir realismo político con simple pragmatismo o desarrollo con simple evolución económica. El desarrollo, para que sea tal en esencia, y tenga continuidad en el tiempo, debe apuntar a la integralidad de la persona y su comunidad, especialmente considerando todos los factores que ayuden concretamente a proteger la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, así como a promover la vida digna de las personas, sin desvalorizar ni obstaculizar los aportes creativos que ellas mismas puedan hacer para su propio bienestar.

El Estado debe asumir con responsabilidad su rol subsidiario en la consecución de esta meta del bien común. Para ello, es necesario considerar a qué antropología y sistema político alineará sus acciones.

Ni el individualismo extremo, ni las utopías colectivistas son viables para tal fin. No ayuda el paternalismo ni tampoco la sumisión a planes venidos de fuera con rasgos neocolonialistas.

En este sentido, es preocupante que el Estado siga aplicando recetas como las políticas contraceptivas que están disminuyendo fuertemente el índice de natalidad, poniendo en peligro el sostenimiento social y del propio Estado.

Hay mucho trabajo pendiente en el área de la superación de la impunidad que es el caldo de cultivo a los atentados contra el bien común, Tampoco se avizoran políticas coherentes en educación y cultura que rescaten el protagonismo de la comunidad educativa paraguaya, que pongan en valor su identidad cultural y que puedan potenciar los rasgos personalistas y democráticos de nuestra convivencia social.

El Paraguay tiene una identidad cultural de fuerte raigambre comunitaria, con valores que puede y debe rescatar, en la cual cada generación aporta sus ideas y trabajo sacrificado, así como se enfrenta también a sus incoherencias y traiciones.

En este momento cultural y geopolítico mundial, es esencial comprender el rol de la identidad nacional que debe ir unida a la apertura y el uso adecuado de todos los medios tecnológicos, éticos y financieros disponibles, sin caer en la trampa del relativismo moral, el consumismo y la dependencia alienante, sino recuperando el sentido del orden, la madurez y la prudencia en su manejo.

El realismo político requiere no solo eficacia, como lo plantearía Maquiavelo, sino una moralidad democrática que tenga verdaderamente presente la dignidad humana y el bien común, así como la necesidad de ajustar las acciones públicas y legales, respetando las libertades básicas, la propiedad y los bienes culturales de la sociedad, incluyendo los sustentos espirituales de la misma, bajo cuya luz, especialmente la del cristianismo, se ha forjado la grandeza de esta nación.

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