23 mar. 2026

Memoria de una dictadura que sentó las bases de la corrupción

En la primera semana de febrero se conmemora la caída de una dictadura cruel en muchos sentidos que sentó las bases de la corrupción y el clientelismo que hasta
ahora persisten y mantuvo en la pobreza, sin salud, educación, agua potable, protección e infraestructura a gran parte de la población. La sociedad debe hacer memoria para que los avances logrados en las últimas décadas, aunque estos hayan sido lentos y mínimos no retrocedan y para que el autoritarismo y la dictadura no vuelvan nunca más.

Los primeros años de transición a la democracia no solo significaron la expansión de los derechos civiles y políticos, sino también avances en la transparencia y el inicio de un proceso de construcción de estadísticas serias y continuas. Porque también hay que señalar que a la dictadura tampoco le interesó contar con información rigurosa. Cuanta mayor la ignorancia, la desinformación y el desconocimiento, menor el poder ciudadano. La sociedad no puede perder la memoria ni esconder la realidad. Necesitamos conocer, recordar y analizar para enfrentar los desafíos y no caer en los mismos errores. Pretender crear una imagen que no fue, solo exacerba ánimos y sostiene condiciones que no contribuyen al desarrollo.

En 1992, inicio de la transición democrática, dos tercios de los hogares tenían al menos una necesidad básica insatisfecha (NBI), proporción que va reduciéndose paulatinamente hasta llegar al 28,3% en 2022, según el Censo más reciente. La pobreza monetaria también registra una disminución. El primer dato disponible y comparable en el tiempo es de 1997. Ese año la pobreza afectaba al 40% de la población frente al 20% en 2024.

Al caer la dictadura, el 12% de la población no tenía ninguna educación, cifra que baja al 3%. En 1997, el 9,4% de la población era analfabeta, porcentaje que se reduce a la mitad en 2022. El régimen dictatorial nos dejó con coberturas de educación básica bajas y casi nula cobertura de educación media. Una mínima y privilegiada proporción de la población lograba llegar a la universidad. Ni hablar de la existencia de un sistema de salud. En promedio, la esperanza de vida era unos 7 años menos que actualmente.

En infraestructura, hoy somos los que somos porque dejó el país sin caminos, escuelas y establecimientos de salud. Una amplia proporción de la población vivía aislada no solo física, sino también comunicacionalmente, ya que la telefonía estaba concentrada en unas pocas ciudades, siendo que en el área rural vivía más de la mitad de la población. Hoy vivimos en un país que está en los últimos lugares del desarrollo de América Latina y ese no es un resultado solo de nuestra imposibilidad de cambio en los últimos 30 años sino también herencia del Estado en que quedamos en 1989 y de la permanencia de una élite política y económica nacida y fortalecida durante el régimen stronista.

En aquel momento nuestros países vecinos ya eran una potencia económica, pues lograron crear una base industrial para la producción con mayor valor agregado, mientras Paraguay se mantenía en la producción agropecuaria. La conformación de la estructura industrial se basó en un fuerte impulso de la educación que se retroalimentó con la construcción de un Estado de bienestar que persiste hasta este momento. Los niveles de educación, salud y protección social que tienen los países más desarrollados de la región se iniciaron en los mismos años en que nosotros no lográbamos ni siquiera cobertura de educación primaria.

Las obras que se hicieron en los años stronistas estuvieron manchadas de corrupción y se conformaron las grandes riquezas ampliamente conocidas. Los tratados de Itaipú y Yacyretá demuestran la forma en que ese Gobierno dejó de lado la soberanía nacional para firmar documentos que no convenían al país. Solo recientemente se acabaron las deudas que de manera injusta y contra nuestro propio desarrollo fueron aceptadas por nuestras autoridades.

La memoria nos permite analizar el pasado y comprender el presente. Sin ese conocimiento es imposible transitar hacia un futuro mejor para todos e incluso nos puede llevar a aspirar nostálgicamente a épocas peores para la mayoría y con privilegios para unos pocos.

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