Hoy comienzan las vacaciones de invierno en Paraguay. Creo que es oportuno mencionar la importancia de compartir en estos días un poco más de tiempo con los niños y adolescentes. Es un momento que podemos aprovechar para cultivar la relación con los hijos, esa que tanto nos cuesta en medio del habitual ajetreo diario. Para los adultos hasta puede requerir más esfuerzo, porque tenemos que trabajar para sostener el hogar, pero no dejemos que el cansancio venza la intención de pasar tiempo con ellos, lo necesitan realmente.
Escribiendo con Perplexity, me apunta que no representa “un lujo ni una obligación vacía, sino una oportunidad concreta para fortalecer vínculos, cuidar su salud mental y ayudarles a crecer con más autonomía”. “El descanso escolar debe servir para estar presentes, no solo para ‘ocupar’ el tiempo”, añade el motor de búsqueda conversacional.
Igualmente, de acuerdo con una entrevista que leo en la página de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), las vacaciones no deberían entenderse como una pausa total del vínculo educativo, sino como un cambio de ritmo. La institución señala que este periodo puede aprovecharse para “distribuir el tiempo entre actividades recreativas y responsabilidades”, lo que resulta clave para que los niños y adolescentes no pierdan hábitos ni se desconecten por completo de la vida cotidiana. En efecto, la observación es muy valiosa “porque evita una falsa oposición entre descanso y formación: los chicos necesitan jugar, pero también ordenar su cuarto, poner la mesa o participar en tareas simples del hogar”.
Asimismo, “las actividades de vacaciones favorecen la salud mental cuando implican desconexión, creatividad y convivencia real, no solo pantallas”. Entiendo que debemos hacer hincapié en este aspecto: un poco más de interrupción de las tecnologías y del desplazamiento infinito en las redes sociales. Demos el ejemplo, y dejemos esos aparatos más tiempo. La nota recomienda en los niños los juegos cooperativos, que ayudan a manejar la frustración, aprender a ganar y perder, y practicar la solidaridad. En una época caracterizada por el cansancio emocional y el exceso de estímulos, jugar con tiempo puede ser una forma de cuidado “tan importante como dormir bien o comer mejor”.
Además, la dimensión afectiva también pesa. Unicef nos recuerda que el tiempo de calidad con los hijos deja huellas duraderas, porque no se trata solamente de presencia física, sino de atención, escucha y disponibilidad emocional. “En vacaciones, esa presencia adquiere un valor especial: se puede conversar más, leer juntos, cocinar, caminar o simplemente compartir sin el apremio de los horarios escolares. Cuando un adulto se sienta a mirar un juego, a responder preguntas o a inventar un plan sencillo, el niño recibe un mensaje decisivo: “Importás, te veo, tengo tiempo para vos”. Conviene decirlo con franqueza: no hacen falta grandes gastos para que unas vacaciones sean significativas. A veces basta con sostener rutinas mínimas, evitar que el descanso se convierta en desorden y reservar momentos de encuentro genuino”, responde el motor de búsqueda.
La UNA recomienda no abandonar por completo los horarios de sueño, mantener una alimentación adecuada y limitar el uso excesivo de videojuegos, tabletas o celulares, porque cuanto más pequeños son los niños, menos recomendable resulta la exposición prolongada a pantallas. La indicación no debe tomarse como un rechazo tecnológico, sino una necesidad de desarrollo, porque “los chicos también aprenden cuando se aburren, imaginan, construyen y resuelven conflictos reales”.
Es más, las vacaciones de invierno pueden reforzar la independencia. “Si el adulto aprovecha esos días para enseñar tareas acordes con la edad –vestirse solo, bañarse solo, ayudar en la cocina–, no está quitando descanso: está formando capacidades para la vida. Ese aprendizaje cotidiano suele ser más duradero que cualquier sermón. Y cuando se realiza con paciencia, sin convertir cada tarea en una exigencia, el niño entiende que forma parte de una comunidad familiar donde todos aportan”, escribe Perplexity. Muy cierto, muchas veces pareciera que olvidamos la disciplina, y es fundamental para una sana convivencia en familia: esa sociedad en miniatura.
A propósito, el componente social no debe subestimarse. Los profesionales sugieren integrarse a una colonia de vacaciones, jugar con otros niños, hacer nuevos amigos o participar en actividades deportivas, lo que “ayuda a ampliar el mundo afectivo y a romper el encierro doméstico”. Cuesta, muchas familias enfrentan largas jornadas laborales, pero el descanso escolar debe ser una ocasión para recuperar conversación, juego y presencia. Feliz semana.