Opinión

Un menú para todos los gustos

Una queja común en la mayoría de las elecciones presidenciales que me tocaron en suerte cubrir como periodista (creo que van ya como cinco o seis) ha sido la de la pobre oferta electoral.

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

Unos pocos candidatos y todos más o menos con el mismo perfil, salvo que unos eran colorados y otros liberales o del tercer espacio. En puridad esto no es del todo cierto. A lo largo del tiempo se han postulado empresarios, militares, ex periodistas y hasta algún obispo. Pero creo que esta vez, más que nunca, el menú se presenta notablemente variado.

Es verdad que la mayor parte de la oferta se inclina hacia la derecha, pero la izquierda también aparece con una candidata mujer; y, curiosamente, no es la única de su género. Por primera vez en toda nuestra historia tenemos tres excelentes candidatas presidenciales (esta es una valoración mía, por supuesto).

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Por el Frente Guasu, la senadora Esperanza Martínez, ex ministra de Salud, médica y con especialización en Políticas Públicas en España; por el sector independiente, la ex ministra de la Vivienda, Soledad Núñez, con una envidiable formación académica y vasta experiencia en trabajos sociales; y por el Encuentro Nacional, la diputada Kattya González, que llevó sus denuncias y su guerra particular contra la corrupción y sus protagonistas desde el gremio de los abogados al Congreso, generándose la antipatía de sus colegas más tibios y la bronca indigesta de los pillos y peajeros que hacen mayoría en la Cámara.

En el principal partido de oposición parece que nadie puede disputarle el liderazgo a Efraín Alegre, quien pretende hacer un tercer intento luego de haber quedado en la última elección a solo tres puntos del actual mandatario. Su discurso monocorde, pero invariable con respecto a enfrentar a las mafias encarnadas en la figura del ex presidente Horacio Cartes, le permite mantenerse al frente en casi todas las encuestas con respecto a las internas de su partido.

En contrapartida, su detractor acérrimo, el senador Blas Llano, da cada vez menos señales de poder recuperar terreno con sus legisladores votando siempre según los intereses del líder tabacalero. Se suman en las carpas liberales las precandidaturas del gobernador de Cordillera, Hugo Fleitas, y del ex intendente de Asunción Martín Burt. Al menú de la oposición se apuntó recientemente el ex canciller Euclides Acevedo, acaso el político de más larga trayectoria en el país y el último gran orador. Se incluye en el grupo al ex senador Payo Cubas, imposible de calificar, con un cóctel discursivo que incluye elementos anarquistas, liberales, populistas y hasta de corte dictatorial, pero de una innegable popularidad.

El oficialismo colorado presenta una candidatura tradicional con el actual vicepresidente de la República. Hugo Velázquez hizo toda la conscripción republicana, empezando en las seccionales. Fue fiscal, legislador y hasta hace poco tenía a toda la familia en edad laboral apuntada en el Presupuesto público. Es el típico candidato colorado, para bien y para mal.

Por su parte, Cartes impone nuevamente a su preferido, el ex ministro de Hacienda y ex miembro del Directorio del BCP, Santiago Peña. De un currículo académico impecable y con ideas muy claras sobre los bemoles del Estado. Obviamente, su problema principal es que su candidatura no es una construcción colectiva, sino la voluntad personal del propietario de Honor Colorado, acaso la figura más controversial de la última década.

Obviamente, unos tienen más posibilidades que otros, pero no se puede negar que hay un menú mucho más interesante que en elecciones pasadas. Hay figuras jóvenes, muchas mujeres y personas con sólida formación académica. Quiero creer que algo bueno está pasando.

Nos falta conocer a los candidatos para el Congreso. La integración del Legislativo hace quizás al 60% de las posibilidades reales de generar cambios. Y allí podemos elegir cuanto menos a uno. Usemos bien ese voto. Y crucemos los dedos porque los demás también lo hagan. Menú hay, dependerá ya de los comensales animarse a cambiar el plato.

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