30 jul 2026

Temor de jueces

El día en que los jueces tengan miedo, sean pusilánimes o dependan de los gobiernos o las influencias, ningún ciudadano podrá dormir tranquilo.

Esta frase se le atribuye al gran jurista uruguayo Eduardo Juan Couture Etcheverry (Montevideo, 24 de mayo de 1904 /11 de mayo de 1956). Es más, habla de la función y cometido del juez, y los reduce a tres órdenes necesarios: el de independencia, el de autoridad y el de responsabilidad.

Sostiene: “El de independencia, para que sus fallos no sean una consecuencia del hombre o del miedo; el de autoridad, para que sus fallos no sean simples consejos, divagaciones académicas, que el Poder Ejecutivo puede desatender a su antojo; y el de responsabilidad, para que la sentencia no sea un ímpetu de la ambición, del orgullo o de la soberbia, sino de la conciencia vigilante del hombre frente a su propio destino”.

Traigo a colación estas frases del maestro Couture, a raíz de que, días pasados, hablando con un magistrado, me comentó que los jueces civiles tienen miedo y no están dictando sentencias de casos relativos a las indemnizaciones contra el Estado paraguayo por violaciones a los derechos humanos.

Me habló específicamente de tres de ellos que están retrasando su resolución final, teniendo en cuenta que el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados (JEM) abrió una investigación preliminar contra jueces y camaristas que habían fallado en contra del Estado.

Es que los magistrados concedieron indemnización por error judicial en dos casos en los que habían metido presos a inocentes, según la misma Justicia, por lo que hicieron lugar a las demandas.

En uno de ellos, incluso, el fallo fue ratificado por el Tribunal de Apelación en lo Civil y Comercial, por lo cual también los camaristas están en vilo a raíz de la pesquisa del Jurado sobre esta acción indemnizatoria.

Es más, en una sesión del pleno de la Corte Suprema de Justicia, dos ministros opinaron que estos juicios son competencia del fuero Penal y no Civil, lo que generó la respuesta de otros cinco de ellos, que sostuvieron que era una cuestión del fuero Civil.

Al final, la discusión se trasladó al JEM donde decidieron traer los antecedentes del caso y de los jueces para determinar si corresponde o no enjuiciarlos por mal desempeño en sus funciones. Es que uno de los ministros dijo que “jugaban con la plata del pueblo”.

Pero la cosa no solo va por ahí. Capaz que luego no se abra un enjuiciamiento contra los magistrados sea por prescripción o por otro motivo, pero la cuestión ya tuvo un efecto inmediato sobre los jueces del fuero Civil.

La simple mención del Jurado ya atemorizó a los magistrados que pusieron en lista de espera las resoluciones sobre casos similares mientras se definía la situación de sus colegas en esa instancia.

Incluso, en días posteriores, un Tribunal de Apelación Civil revocó una resolución de primera instancia que concedía indemnización a una víctima de la dictadura stronista.

El hecho es que si una mayoría (cinco de nueve) de los ministros de la Corte Suprema entienden que los jueces civiles son competentes para juzgar los casos de pedidos de indemnización, ¿por qué motivo deben ser investigados?

Además, los fallos dictados, en su mayoría, usan jurisprudencia del Máximo Tribunal, con lo que ni siquiera se puede decir que son inéditos.

Pero el Jurado actúa directamente como un medio de presión sobre los jueces, haciendo que lo piensen dos veces antes de dictar una sentencia si es que no quieren ser investigados.

Me dirán que los jueces deben ser valientes, que no deberían dejarse influenciar, pero es difícil serlo si es que de ellos dependen sus familias.

De esta manera, el temor se apoderó de los magistrados y, como dice Couture, es la ciudadanía la que sufre. Es que, al haber temor, ya no existe independencia, algo fundamental en la democracia.

Y lo peor es que provenga desde los mismos ministros de la Corte, quienes deberían ser los primeros en luchar por asegurar la independencia de los jueces.

Lamentablemente, parece que no vamos a poder dormir tranquilos porque nuestros magistrados sienten la presión y les tiembla el pulso a la hora de firmar sus fallos.

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