Gracias al crecimiento del producto interno bruto (PIB) y su relativa estabilidad macroeconómica, Paraguay proyecta una imagen de prosperidad y estabilidad financiera hacia el exterior. Sin embargo, detrás de estas cifras macroeconómicas se esconde una realidad más compleja y preocupante para la microeconomía: El progresivo endeudamiento de los hogares que refleja la ausencia de medidas para garantizar la estabilidad también en este ámbito del desempeño económico nacional.
El crédito dejó de ser una herramienta de movilidad social o de adquisición de bienes duraderos para convertirse, en muchos casos, en una estrategia de supervivencia diaria. La pérdida del poder adquisitivo que provoca la inflación –particularmente en rubros de primera necesidad como los alimentos y los combustibles–, y la mala calidad de los servicios públicos como la salud hace que cada vez más familias paraguayas recurran a los créditos de consumo y al uso de tarjetas de crédito para financiar sus gastos corrientes.
Una de las contradicciones más importantes de la economía paraguaya es la coexistencia de tasas de crecimiento económico positivas con un déficit en la calidad de vida de amplios sectores de la población. Algunos paradigmas económicos señalan que el incremento del PIB debería traducirse de manera casi automática en mayores niveles de empleo formal, incrementos salariales y, por ende, en un mayor bienestar general. Sin embargo, en el caso paraguayo, los frutos de este crecimiento tienden a concentrarse por la baja absorción de mano de obra directa, o bien se ven neutralizados por la informalidad laboral, la cual desvincula los ingresos de la mayoría de los trabajadores de los beneficios de la expansión económica.
Mientras el sistema bancario reporta resiliencia, alta rentabilidad y un crecimiento sostenido de sus activos, el bolsillo del ciudadano común experimenta una dinámica completamente opuesta.
Los salarios y los ingresos familiares reales se encuentran estancados o crecen a un ritmo inferior al de la economía general. Las familias paraguayas se ven obligadas a mantener un nivel de consumo básico en un entorno donde los ingresos laborales ya no son suficientes para cubrir la canasta básica. En este escenario de vulnerabilidad es donde el sector financiero formal e informal se presenta como el único puente disponible para mantener la subsistencia y no como fuente de recursos para ampliar las inversiones familiares en vivienda o en emprendimientos productivos.
Así, la población es forzada a utilizar mecanismos de financiamiento para cubrir sus gastos. El fenómeno popularmente denominado “tarjeteo” refleja una severa presión en el presupuesto familiar. Cuando una persona utiliza una tarjeta para pagar la compra del supermercado o para cargar combustible en la estación de servicio y, posteriormente, realiza únicamente el pago mínimo mensual de la tarjeta, está licuando su capacidad de pago futura para solventar una necesidad presente.
El rápido crecimiento del crédito de consumo ha llamado la atención de evaluadores internacionales. El FMI en su último informe instando a las autoridades monetarias a monitorear con rigurosidad el otorgamiento de estos préstamos.
El endeudamiento sistemático para financiar la alimentación y la movilidad no es sostenible a largo plazo; es un paliativo temporal que hipoteca el futuro de la clase trabajadora paraguaya.
Para mitigar este riesgo sistémico, es urgente que el Estado paraguayo implemente políticas públicas integrales. Esto no solo implica una supervisión más estricta por parte del Banco Central para evitar prácticas abusivas u ofertas crediticias irresponsables, sino también reformas de fondo en la política fiscal y laboral.
Se requiere avanzar en mejorar la calidad del gasto público y, fundamentalmente, dinamizar la formalización del empleo para asegurar que los salarios reales recuperen el terreno perdido frente a la inflación. Solo mediante una distribución más equitativa y equilibrada de las riquezas generadas por el crecimiento económico se logrará desactivar la bomba de tiempo del sobreendeudamiento, devolviendo la estabilidad financiera a los hogares.