Yesica Vera Zarza
Cada 13 de junio, Paraguay recuerda a Augusto Roa Bastos, uno de los escritores más universales que ha dado el país, quien hoy cumpliría 109 años y eso nos convoca para celebrarlo. Más allá de los homenajes habituales, existe una mirada especialmente valiosa sobre su obra, la que realizó el uruguayo Mario Benedetti, quien lo consideró una de las voces fundamentales de la literatura latinoamericana.
Aunque pertenecieron a tradiciones literarias con estéticas distintas –la narrativa directa y cotidiana de Benedetti frente al realismo crudo y empapado de la cosmovisión guaraní de Roa Bastos–, ambos tejieron un puente de mutua valoración y gestión cultural a lo largo de varias décadas.
Benedetti fue uno de los críticos literarios más agudos y entusiastas de la obra de Roa Bastos, dedicándole profundos ensayos y reseñas que ayudaron a consolidar el prestigio internacional del autor paraguayo.
EL REALISMO Y LA ALUCINACIÓN
El escritor uruguayo analizó minuciosamente la novela fundacional de Roa Bastos, destacando la capacidad del paraguayo para convertir la dolorosa realidad de su país en una dimensión alucinante y poética como “garantía contra el olvido”.
En su texto Roa Bastos entre el realismo y la alucinación del libro Letras del continente mestizo (1967), Mario Benedetti describió al escritor paraguayo como uno de los pocos nombres exportables de la literatura paraguaya de la época.
Aseguró que aunque antes de 1953 ya había publicado varios libros, fue en ese año cuando asciende a la notoriedad continental con el libro de cuentos El trueno entre las hojas.
El uruguayo dijo que el estilo de Roa Bastos era lo suficientemente conciso, ágil y –en el mejor de los sentidos– efectista, como para que a través de los diecisiete cuentos no decayese el interés del lector.
Agregó que la visible debilidad residía en la técnica despareja, en la repetición de efectos, en ciertos finales inútilmente confusos, pero ninguna de esas endebleces alcanzaba a sofocar la voz del narrador, cuya eficacia directa y fuera temperamental sirvieron para inscribirlo desde entonces en la buena tradición.
Igualmente, sostuvo que en 1960, Roa Bastos construyó su relato en Hijo de Hombre con una hondura, una inventiva y un poder de comunicación, muy superiores a los que mostraba en aquel irregular intento de siete años atrás.
También mencionó que usó a su protagonista Miguel Vera como lúcida e inhibida conciencia del drama de su país, ese Paraguay que (según opinó el propio Roa Bastos en conferencia pronunciada en Montevideo) ‘ha vivido siempre en su año cero’”. Benedetti refirió que Roa Bastos tuvo la rara habilidad de utilizar la frustración como espejo, haciendo que en ella se reflejaran los rasgos más puros, las calidades más incanjeables del hombre paraguayo.
“Junto a la crudeza expresionista de la obra, junto a su naturaleza desbordada, solidaria, hay en Hijo de Hombre un impulso alucinado que hace que el novelista se aleje a veces del contorno innegable y verídico, aunque desde luego, no lo pierda de vista. Pero además, Roa Bastos demuestra poseer una habilidad excepcional para convertir intencionadamente en alucinación todo tramo de realidad que él quiere relevar como pasión irreductiblemente paraguaya. La alucinación es, para este novelista, una suerte de fijador, una legítima garantía contra el olvido”, resaltando la importancia de la literatura como memoria de un pueblo.
Recordó que algún crítico ha señalado que Roa Bastos pierde varias oportunidades de levantar una leyenda que unifique la novela, pero no hay que olvidar que el autor de Hijo de Hombre está novelando (no ordenando) el caos. Cada una de aquellas alucinaciones es en sí misma, con sus antecedentes y sus secuelas, una leyenda activa, parte alícuota del caos y, en pequeña escala, una suerte de esencia nacional, última ratio de lo telúrico.
En cuanto a los defectos, dijo que claro que los hay pero que pasan a un segundo plano. “Creo haber leído algo sobre distracciones de estructura, repetición de recursos, inclinación a lo macabro. A tales minuciosos me remito. En lo que me es personal, Hijo de Hombre me ha significado una lectura entusiasmante. Me alcanza con recordar la descripción de la muerte de Salu’i y de Cristóbal, idilio heroico y condenado, desprovisto de palabras de amor, para saber que allí Roa Bastos ha conseguido crear uno de los instantes más trémulos, más legítimamente poéticos y conmovedores de la narrativa latinoamericana. Claro, frente a esa proeza, los defectos se me caen del recuerdo. Y no quiero agacharme a recogerlos”, enfatizó.
Cuando Roa Bastos publicó su obra maestra en 1974, Benedetti no escatimó en elogios. Declaró públicamente que, desde la aparición de Pedro Páramo de Juan Rulfo, la narrativa hispanoamericana no presenciaba una obra “tan original” e “inexpugnable”. Consideraba que el autor de “Yo el Supremo” alcanzaba una excelencia inigualable en el juego de las palabras y en la creación de un “lenguaje sobrehumano”.
Es importante mencionar que aunque de este lado no se conservan cartas, Mario Benedetti y Augusto Roa Bastos compartieron preocupaciones centrales de la historia latinoamericana: el exilio, la dictadura y la literatura como memoria. En una próxima entrega, conversaremos con Mirta Roa, hija del escritor paraguayo, para seguir explorando los puntos de encuentro entre ambos autores.
RECORDANDO A ROA
Augusto José Antonio Roa Bastos, hijo de Lucio Roa Gómez y Lucía Bastos Filisbert, descendiente de portugueses y franceses, nació en Asunción un 13 de junio de 1917 y pasó su infancia en Iturbe, experiencia que luego transformaría en el universo ficcional de Manorá. Su vida estuvo marcada por el exilio tras la Guerra Civil de 1947, primero en Argentina y luego en Francia y España.
En 1982 fue expulsado del Paraguay tras una breve visita, hecho que lo convirtió en apátrida hasta la recuperación de su nacionalidad en 1990. Ese mismo año recibió el Premio Cervantes, el reconocimiento más importante de la literatura en lengua española.
Regresó definitivamente al Paraguay en la década de 1990, donde continuó escribiendo hasta su muerte en Asunción en 2005.
Con más de 40 títulos y más de 25 traducciones, su obra dejó una marca profunda en la literatura latinoamericana: una narrativa donde la historia, el mito y la memoria se entrelazan para construir una identidad literaria del país.
La obra de Augusto Roa Bastos abarca novelas, cuentos, poesía, ensayos y guiones cinematográficos. Es considerado uno de los grandes narradores de la literatura en español del siglo XX. Sus textos se caracterizan por una profunda reflexión sobre la historia paraguaya, el poder político, la memoria colectiva y la dignidad de los más vulnerables, integrando con naturalidad el español y el guaraní.