María Gloria Báez
Existen palabras que, a fuerza de repetirse, terminan perdiendo densidad. La palabra “complejidad” es una de ellas. Con frecuencia aparece asociada a la confusión, a la incertidumbre o a aquello que parece resistirse a toda explicación inmediata. Sin embargo, para Edgar Morin (8 de julio de 1921 – 26 de mayo de 2026), la complejidad jamás constituyó una forma de oscuridad intelectual. Representó una invitación a comprender más profundamente la realidad, una disciplina del pensamiento orientada a reconocer los vínculos que unen aquello que suele aparecer disperso y una exigencia destinada a ampliar los horizontes del conocimiento humano.
La desaparición física de Morin ocurrida a los ciento cuatro años de edad, clausura una de las trayectorias intelectuales más extraordinarias de nuestro tiempo. No obstante, resulta difícil hablar de un final, cuando una obra continúa interrogando el presente, con una vitalidad que parece desafiar el paso de los años. Pocas figuras lograron ejercer una influencia tan amplia sobre campos diversos del saber y al mismo tiempo, conservar una mirada capaz de trascender las fronteras académicas.
Filósofo, sociólogo y pensador de alcance universal, Morin dedicó gran parte de su existencia a examinar críticamente las formas, mediante las cuales la civilización occidental organizó la producción del conocimiento. La originalidad de su legado, no descansa únicamente en los conceptos que elaboró, sino en una rara capacidad para revelar las fisuras ocultas de paradigmas que durante siglos, fueron aceptados como evidencias incuestionables. La singularidad de su legado, trasciende el ámbito de las categorías conceptuales que elaboró y encuentra fundamento en una extraordinaria capacidad para iluminar las fisuras invisibles de aquellos paradigmas que, durante siglos, fueron aceptados como verdades incuestionables. Allí radica una de las contribuciones más significativas de su pensamiento e inicia también, una reflexión que conserva plena actualidad frente a las incertidumbres del siglo XXI.
La ciencia moderna protagonizó una de las aventuras intelectuales más admirables de la historia humana. Gracias a ella, fue posible descifrar fenómenos naturales, transformar las condiciones materiales de la existencia, prolongar la esperanza de vida y expandir horizontes que generaciones anteriores apenas habrían imaginado. Sin embargo, el mismo movimiento que hizo posibles tales conquistas, impulsó una creciente fragmentación del saber. Cada disciplina, delimitó cuidadosamente su territorio, desarrolló lenguajes propios y perfeccionó instrumentos cada vez más especializados. El resultado, fue un conocimiento extraordinariamente preciso acerca de las partes y progresivamente más limitado respecto de las relaciones que constituyen el conjunto. Morin observó esta paradoja con una lucidez poco frecuente. Advirtió que el progreso del saber, había estado acompañado por una creciente dificultad para percibir los vínculos que unen aquello que las disciplinas separaban. Es en este punto, que encuentra sentido la noción de complejidad, una de las ideas centrales de toda su obra. La palabra procede del latín “complexus”, término asociado a lo que ha sido entrelazado, abrazado o tejido en común. En aquella raíz etimológica, habita una intuición decisiva. Comprender no equivale únicamente a acumular información acerca de los elementos que componen una realidad. Comprender, exige reconocer las relaciones que los vinculan, percibir las interdependencias que los atraviesan y advertir las tramas invisibles que confieren significado a cada fenómeno.
Durante siglos, una parte considerable del pensamiento científico avanzó en dirección diferente. Analizó, clasificó, dividió y aisló. Gracias a ese método, alcanzó conquistas extraordinarias. Sin embargo, a medida que aumentaba la precisión del conocimiento especializado, se debilitaba la percepción de los nexos que articulan la unidad de lo real. La fragmentación permitió explorar con notable profundidad innumerables aspectos del mundo, aunque volvió más difícil captar las dinámicas que emergen, cuando esos elementos interactúan entre sí. Paradójicamente, fueron las propias ciencias las que comenzaron a revelar los límites de aquella mirada fragmentaria. Por cita, la termodinámica introdujo el desorden en una representación del universo que aspiraba a la perfecta regularidad. La teoría de la evolución mostró que el azar y la contingencia participan activamente en la historia de la vida. La física cuántica, cuestionó las fronteras rígidas entre observador y fenómeno observado. De manera gradual se hizo evidente que la realidad poseía una riqueza, una ambigüedad y una profundidad que excedían los modelos simplificadores heredados de la modernidad. Frente a ese escenario, emergió una de las contribuciones más originales de Morin. La complejidad no propone abandonar la razón ni disminuir las exigencias del rigor intelectual. Convoca a ampliar el horizonte del pensamiento, para hacerlo capaz de habitar una realidad donde convergen fuerzas divergentes, procesos contradictorios y dinámicas imposibles de reducir a explicaciones lineales. Su propuesta, aspira a una inteligencia más amplia, preparada para comprender aquello que permanece oculto, cuando la realidad es fragmentada en compartimentos aislados. Orden y desorden, estabilidad y transformación, autonomía y dependencia, no constituyen necesariamente términos incompatibles. Forman parte de una misma dinámica y participan de los procesos mediante los cuales la vida se organiza, se transforma y se perpetúa.
La realidad no siempre responde a oposiciones excluyentes. Con frecuencia encuentra su equilibrio en la coexistencia de tensiones que, lejos de anularse mutuamente, contribuyen a la riqueza y complejidad del mundo. La biología, ofrece una de las expresiones más elocuentes de la complejidad que Morin procuró comprender. Todo organismo, persiste gracias a un delicado equilibrio entre permanencia y transformación. Millones de células desaparecen cada día para permitir el surgimiento de otras. Aquello que parece destrucción, participa de la continuidad. La vida incorpora procesos de muerte y encuentra en ellos una condición de renovación. Lejos de constituir una contradicción, esta dinámica revela una de las verdades más profundas de la naturaleza. La existencia se sostiene mediante tensiones que no se excluyen, pues forman parte de una misma lógica creadora.
Desde esa comprensión, Morin desarrolló una crítica de gran alcance dirigida a las formas de pensamiento, que modelaron la modernidad. Buena parte de las dificultades contemporáneas, no encuentra origen únicamente en decisiones erróneas o circunstancias particulares. Sus raíces se extienden hacia estructuras intelectuales que operan de manera silenciosa, determinando aquello que una época considera evidente. Los paradigmas delimitan las preguntas posibles, orientan la investigación y establecen los contornos de lo pensable. Cuando permanecen ocultos, también permanecen invisibles las limitaciones que imponen.
Durante siglos, el conocimiento avanzó mediante sucesivas separaciones. La modernidad construyó buena parte de su conocimiento a partir de divisiones cada vez más precisas. Naturaleza y cultura, sujeto y objeto, ciencias humanas y ciencias naturales fueron pensados como esferas diferenciadas. Aquellas distinciones ampliaron considerablemente el horizonte del saber, aunque debilitaron la percepción de las interdependencias que confieren unidad y significado a la realidad. La experiencia del mundo, quedó distribuida en compartimentos conceptuales incapaces de reflejar plenamente la unidad dinámica de lo real. Las consecuencias de esa fragmentación, aparecen con claridad en el ámbito económico. Durante décadas, la economía desarrolló construcciones matemáticas de notable sofisticación. No obstante, algunos de los acontecimientos que alteraron profundamente el orden económico permanecieron fuera del horizonte de sus previsiones. Factores culturales, psicológicos, ambientales y políticos quedaron relegados a posiciones secundarias. La mirada se concentró en una parte del escenario, mientras dimensiones decisivas, permanecían fuera del horizonte analítico. La insuficiencia no procedía de una falta de rigor. Surgía de una visión restringida que aislaba los fenómenos del entramado de relaciones donde adquieren significado. Frente a esa situación, Morin impulsó una vasta empresa intelectual destinada a restablecer vínculos entre territorios del saber, separados por largas tradiciones académicas. Es así que, cada disciplina conserva una función indispensable y aporta conocimientos irremplazables. El desafío consiste entonces en favorecer encuentros, capaces de reconstruir las conexiones que la especialización excesiva debilitó. Comprender, implica situar cada fenómeno dentro de redes más amplias de relaciones. Ninguna realidad existe de manera aislada. Toda existencia emerge de múltiples interdependencias y participa, al mismo tiempo, en la transformación de órdenes más vastos. Esta convicción adquiere una relevancia singular ante los desafíos planetarios del presente. La crisis ambiental, las transformaciones tecnológicas, los conflictos geopolíticos y las desigualdades crecientes desbordan los límites de cualquier disciplina particular. Problemas de semejante magnitud exigen perspectivas capaces de integrar dimensiones ecológicas, económicas, culturales y políticas. Entre las imágenes más significativas de Morin destaca la metamorfosis. La crisálida representa ese umbral donde una forma de existencia se desvanece mientras otra busca afirmarse. Toda transformación atraviesa la incertidumbre. En esa figura reconocía el destino de una civilización situada entre el agotamiento de un orden histórico y la emergencia aún incierta de otro capaz de reemplazarlo. La vigencia de su legado reside en recordar que la lucidez nace de la capacidad de restablecer conexiones y reconocer que la realidad siempre excede cualquier mirada parcial.