Opinión

¿Quién diablos la hizo?

Blas Brítez Por Blas Brítez

Creo que fue en el prólogo de El cangrejo inmortal donde Helio Vera describió, con exacto cinismo, esos momentos postreros de la edición de un periódico, cuando la columna de opinión se escribe a contrarreloj a pesar de ser el tipo de escritura para el que más tiempo suele disponer un periodista. Los temas se vuelven entonces contra uno mismo, al límite. En un trance de este tipo llegó a mi ayer la noticia de la muerte del director y crítico de cine Peter Bogdanovich, a los 82 años.

La información me resultó una de esas coincidencias no muy raras últimamente: En 2021 vi por primera vez La última película (The last picture show) y también leí ¿Quién diablos la hizo?, el libro de entrevistas a dieciséis directores célebres y clásicos de Hollywood, el sitio natural de Bogdanovich desde muy pequeño.

El filme de 1971 y el libro de 1998 resultan hoy dos certeros y nostálgicos homenajes a la imaginación cinematográfica y a un mundo que ya no existe, a un tipo de cine que en realidad, durante el tiempo que medió entre la llegada de la primera a las salas y del segundo a las librerías, fue también desapareciendo a la medida que la industria fue mutando y los directores, a su vez, muriendo. Están todavía vivos y activos algunos como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola o Ridley Scott, denostando contra el imperio de las películas de superhéroes, visiblemente viejos y cascarrabias, es cierto, pero además conscientes de que lo que Bogdanovich narró hace medio siglo (la herida de muerte infligida al cine por otra tecnología) es hoy en general un paisaje dominante donde las historias ya no suelen ser lo que eran.

Ahora, mientras los golpes del teclado en la redacción de Última Hora se van quedando solos, recuerdo la entrevista que Bogdanovich le hizo a Allan Dwan, una gloria inmarcesible del periodo mudo del cine. Cuenta que un día de 1927 estaba él almorzando en el Hotel Ritz de Nueva York, cuando vio sentada a una mesa a una mujer solitaria. La reconoció en el acto: Marie Dressler. Tenía entonces 59 años. Había sido una popularísima actriz en los años 10, pero no había vuelto a filmar una desde 1917, radiada por los teatros y los estudios tras haber impulsado una huelga de coristas y actrices. “Querida señorita Dressler, soy un admirador de su trabajo, director de cine, y me interesa saber si le gustaría interpretar una película mía que comenzará ahora mismo”, escribió Dwan en una nota que un camarero se la entregó justo cuando ella se retiraba. Más tarde vino un botones con un aviso: la señora Dressler quería saber si podía pasar por su habitación antes de que se marchara.

Se encontró con que vivía en un piso destinado a los criados de huéspedes. Allí lo recibió.

—¿Querías decir realmente lo que dice en esta nota?

Dwan asintió.

—Bueno, me salvaste la vida, hijo.

El director no entendió.

—Acababa de comer mi última comida en el piso de abajo, después iba a saltar por esa ventana. Había llegado al final de mis fuerzas. El mundo había terminado conmigo y yo había terminado con el mundo. Pero esto parece una nueva esperanza. Dressler pasaba por una depresión y estaba decidida a ponerle fin a su vida cuando Dwan la encontró. La contrató para un papel secundario en la comedia The Joy Girl, pero en 1931 ganó un Oscar a la mejor actriz por Min y Bill. Ya estaba enferma de muerte cuando hizo reír a todos en Cena las ocho (del gran George Cukor), películas todas ellas que este cronista recomienda, sobre toda esta última donde compartió cartel con los extraordinarios hermanos Barrymore y la blonda Jean Harlow.

La muerte de Bogdanovich, en todo caso, nos recuerda a su manera una época del cine en la que las catástrofes y los superhéroes no lo eran todo. Una en que la tradición todavía pesaba, aun cuando la innovación era el fin. Una en que los espectadores todavía se preguntaban: ¿Quién diablos la hizo?

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