¿Qué ha sucedido?
Hace unos días, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó una nota doctrinal sobre determinados títulos marianos relacionados con la cooperación de María en la obra de la salvación. Muchos nos hemos sentido inquietos, pues al leer comentarios o artículos periodísticos —sin entrar a juzgar las intenciones— se genera cierta confusión.
Parece que la Iglesia estuviera rebajando los honores de la Virgen, pero en realidad, una lectura atenta del texto revela lo contrario: Es una profunda catequesis sobre el papel de María en la historia de la salvación y, sobre todo, sobre el centro de nuestra fe: Cristo.
La Iglesia nos invita a contemplar a María desde una perspectiva cristocéntrica. Igual que en el rezo del Rosario, nos conduce al misterio de Jesús. Todo lo que decimos de María lo decimos por lo que Dios ha obrado en ella: El Padre la eligió, el Hijo nació de su seno y el Espíritu Santo la llenó de gracia. Por tanto, comprender sus títulos en relación con Cristo no le resta dignidad; al contrario, la muestra en toda su verdad: Criatura redimida y cooperadora fiel en el plan divino. Una visión Trinitaria y cristocéntrica es lo que nos propone la Iglesia en esta nota.
Un ejemplo esclarecedor
Para animarnos a leer personalmente el documento —lo cual considero una responsabilidad personal, y no limitarse a lo que otros opinen—, propongo un ejemplo.
“Mediadora de la gracia”: El documento recuerda que la gracia proviene de Dios, y que María la recibe en plenitud para ser instrumento de su amor. Lejos de restarle importancia, esto confirma su papel en comunión con el único Mediador, Jesucristo. Reconocer esto supone tener claro que el Padre es la fuente única de la Gracia, la cual María acoge con humildad ejemplar. De ella aprendemos esta sencillez.
Esto lo comprendemos fácilmente en nuestra experiencia, por ejemplo, con los hijos. Decimos “son míos” porque aceptamos el don recibido; pero es eso, los hijos —como la Gracia— son un don, no algo autogenerado, sino un regalo —y lo recordamos, ¡los hijos son un regalo!— que asumimos con responsabilidad y cariño, pero nos damos cuenta, al mismo tiempo, que no son nuestros. Lo mismo ocurre con la Gracia: María posee un don que la hace “llena de Gracia”, un regalo que también a ella le fue dado. María siempre nos remite a Dios como fuente de toda gracia. Sin embargo, ella acepta y hace suyo ese don, sin apropiárselo, permitiendo que se entregue al mundo. Solo así da fruto. Sin Jesús, nada de lo mariano puede entenderse.
Así comprendemos que el único donador es el Padre.
Otros títulos dados a la Virgen —como recuerda la nota— han de entenderse siempre a la luz de la iniciativa original de Dios. Así, este texto al que referimos se convierte en un instrumento para clarificar nuestra fe. Es un texto absolutamente pedagógico que protege y salvaguarda lo que ya hemos hecho nuestro.
Por otra parte, este texto nos protege de malentendidos en cuanto a los “títulos” que damos a María que competen al plano Divino. Sin María no hay nada de lo divino que podamos comprender. Esto marca la diferencia entre ella y Dios. Ella, su grandeza, es de su ser creatura, por eso es gigante. Dios sigue siendo otra cosa. Es una unidad misteriosa que celebramos el primer día del año: “María, Madre de Dios”. Este misterio lo revela Jesús.
Una visión cristocéntrica de nuestra fe
La revelación del Hijo de Dios nos muestra la mirada única de Dios sobre el mundo, la persona y toda la creación. Cristo es el verdadero protagonista de la historia, y gracias al “sí” de María ha llegado a nuestra vida.
El “sí” de María nos lleva siempre a Cristo, que es el centro de nuestra fe. Esto se entiende perfectamente al rezar el Santo Rosario, la oración mariana por excelencia, pensada para meditar los misterios de la vida de Jesús. María nos conduce y nos presenta al Hijo como brújula para nuestra existencia.
Cuando leamos la “nota”, descubriremos que —la nota— nos ayuda a mirar como mira la Virgen.
¿La fe del pueblo o la de los teólogos?
Otro temor que he percibido sobre esta nota es la tentación de aferrarnos a lo que creemos, sin abrirnos a una reflexión más profunda —y que quizá ha llegado el momento de abordar—. Así surge la aparente tensión entre lo que enseña la Iglesia y lo que hemos recibido en la sencillez de la vida cotidiana.
Sobre esto, el texto afirma: «La piedad del Pueblo fiel de Dios, que encuentra en María refugio, fortaleza, ternura y esperanza, no se contempla para corregirla, sino para valorarla, admirarla y alentarla».
La fe popular, con sus procesiones, peregrinaciones y gestos sencillos, sigue siendo un tesoro inmenso para la Iglesia. El documento no se opone a estas expresiones; al contrario, las valora, las purifica y las integra en una misma fe.
La teología está al servicio de la fe y nos ayuda a acercarnos a la verdad del Misterio de la Encarnación. Así pues, la Iglesia —tan formal en la imagen que muchos tenemos— no está lejana de nuestra experiencia personal, aunque, como toda vivencia, necesita ser contrastada con la verdad y no quedarse solo en lo recibido arriesgando que quede en la superficialidad. Necesitamos profundizar en nuestra fe.
En este sentido, estudiar y leer esta “nota” será de gran provecho. Así, la llamada “fe popular” también necesita ser educada para no reducirse a simple sentimentalismo. Una fe basada solo en el sentimiento dura lo que dura el propio estado de ánimo, que es por definición cambiante.
Mirar a María con fe renovada
En tiempos de confusión, la mejor respuesta es volver a las fuentes: Leer los documentos de la Iglesia, rezar con serenidad y dejarnos conducir por María hacia su Hijo. La Virgen no busca gloria ni títulos, esto nos consuela. Ella no vive para sí, sino para Cristo. Por eso, quien se acerca a Ella con amor sincero nunca se pierde: Siempre llega al corazón de Jesús.