El Partido Paraguay Pyahurã (PPP) presentó hace unos días frente al Panteón de los Héroes, en Asunción, una alegoría denominada “La Navidad de los corruptos” y “La Navidad del pueblo”, dos árboles de Navidad: Uno con todas las necesidades y penurias que padece el pueblo, y otro con fotos de autoridades calificadas de corruptas. Se debe admitir que en el Paraguay autoridades y funcionarios parecen vivir en una realidad paralela a aquella en la que vive la gente; por eso desconocen sus demandas de bienestar y calidad de vida.
En la alegoría denominada “La Navidad de los corruptos” y “La Navidad del pueblo”, una representaba a las autoridades calificadas de corruptas, y decían los activistas del Partido Paraguay Pyahurã que las autoridades “viven en una burbuja”. “Ellos hacen lo que quieren. Si los propios ministros van a una reunión clandestina, ¿nosotros qué podemos esperar? Tenemos dos mundos diferentes en un Paraguay. El pueblo no tiene que perdonarles a ellos”, destacaba el secretario general del PPP, Ermo Rodríguez.
La representación subrayaba la presencia de los ministros de la Corte en una reunión secreta con el presidente de la República, y el presidente del Partido Colorado, Horacio Cartes. En este árbol se leían carteles que describían realidades como corrupción, contrabando y sicariato. En el árbol que representaba “La Navidad del pueblo” había carteles sobre: salario que no alcanza, sobrevivir día a día, enfermedades, sin techo, migración, añoranza.
De esta iniciativa es importante destacar que logra describir la realidad que vivimos en el Paraguay, en cuanto a que autoridades, funcionarios y la clase política viven desconectados de las realidades y las necesidades de la población.
La sociedad padece a diario de la inseguridad; no pasa un día sin que se reporten hechos de violencia, robos, atracos o asaltos, y mientras los casos se acumulan, las víctimas y sus historias son olvidadas. Hace dos años, datos del Ministerio Público señalaban que había 219 denuncias diarias por hechos de robo y hurto, que representaban 9 denuncias por hora, o que cada 6,5 minutos había una nueva víctima de la inseguridad.
Un dato que del Atlas de la Violencia e Inseguridad decía que más de la mitad de la población ha sido víctima de la delincuencia criminal, pero que solo cuatro de cada diez afectados denuncian, porque la gente no confía en las instituciones, no se confía en la Policía ni en la Fiscalía ni en el Poder Judicial, pues se considera que están afectados por la corrupción. Las carencias de la salud pública son asimismo parte del calvario que padece la gente. Recordemos cuando, apenas había asumido el cargo de presidente, Santiago Peña y su esposa compartieron el video de una visita al Hospital Nacional de Itauguá en el que mostraban sorpresa y preocupación ante la situación del nosocomio. En el mensaje deslizaban la promesa de construir un nuevo hospital, el más grande de la República.
Desde entonces, se siguen reportando reclamos desde el Hospital Nacional; casi a diario hay denuncias de falta de stock de fármacos, por insalubridad, falta de aire acondicionado, inseguridad, falta de camas para internaciones, largas esperas para las consultas. Estos reclamos son muy similares a los que formulan los asegurados del Instituto de Previsión Social (IPS).
En estos días, cuando se habla de esperanza, es oportuno hacer referencia a la juventud paraguaya, a la que se acostumbra llamar la esperanza y futuro del país, pero a la cual se le niegan todas las oportunidades. Es importante mencionar una vez más, la tibieza con la que reaccionaba la clase política frente a la vergonzosa justificación del descarado nepotismo en el Congreso ante el reparto de cargos y privilegios para los hijos de algunos diputados e incluso la hija del vicepresidente de la República. Todo esto transcurre a la par de la realidad de jóvenes que apenas pueden acceder a una educación, y que no encuentran alternativas de un empleo digno y son víctimas frecuentes de explotación, y que hoy tristemente son el blanco preferido del narcotráfico y el crimen organizado.
Un buen deseo navideño sería, sin duda, pedir que nuestras autoridades dejen de vivir en una burbuja y conozcan las necesidades de la población.