11 abr. 2026

Peña en el tren trumpiano

Hace apenas dos años, John Ikenberry publicaba en la International Review de Oxford un artículo en el que sostenía que, en un mundo dividido en bloques –Occidente, Oriente y el Sur Global–, la diferencia esencial entre Occidente y Oriente (China y Rusia) radicaba en que el primero constituía una mancomunidad de ideas, valores y principios. Un conjunto articulado en torno a la defensa de la democracia liberal. Qué ingenuidad la de Ikenberry.

Con Trump, el giro geopolítico no podría haber sido más abrupto. Occidente ya no es un bloque ni existe consenso sobre el orden internacional deseable. Tras las guerras arancelarias, los insultos personales, los llamados a votar por la extrema derecha y hasta la amenaza de invadir Groenlandia, la asociación occidental está desgarrada. Se sostiene precariamente en la OTAN, pero en un clima de desconfianza sustantiva. Ya no priman los ideales, sino los intereses materiales.

Ha entrado en escena un realismo crudo, basado en la unilateralidad. El hegemón está convencido de que aún preserva su estatus de potencia sin igual en un mundo unipolar. Ha decidido quitarse los guantes e imponerse mediante intimidación y presión, exhibiendo sus capacidades militares y económicas. El despliegue de fuerzas en torno a Irán puede ser la nueva demostración, luego de Venezuela.

En América Latina, el mismo fenómeno está en curso. Para la administración Trump, el Hemisferio Occidental es “su hemisferio”, y los países deben alinearse y adaptarse. Hay premios para quienes lo hacen y castigos para quienes no. Un sistema de incentivos que sorprende a la región en uno de sus momentos de mayor debilidad en materia de visión regionalista. Por eso varios países han seguido el razonamiento del internacionalista Kenneth Waltz, quien sostenía que, ante la existencia de un Estado muy superior al resto, los más pequeños –sin mucho poder– optan por subirse a los vagones del tren dominante.

Eso explica, en parte, por qué Santiago Peña terminó subiéndose al ferrocarril trumpiano.

Lo llamativo en el caso de Peña es la forma en que se ha embarcado en este alineamiento. Su entusiasmo. “Gracias, presidente Trump, por haber traído la esperanza en estos últimos 12 meses”, dijo en la Junta de la Paz. En ese mismo periodo, el presidente paraguayo se comprometió a servir como tercer país para procesar solicitudes de asilo que EEUU no quiere o no puede procesar; autorizó un memorando que permite que migrantes no admitidos en EEUU sean reconducidos a sus países “con la ayuda” de Paraguay, declaró de inmediato al Cártel de los Soles como organización terrorista, siguiendo al pie de la letra la postura estadounidense –aunque luego Washington se desdijo–, firmó un SOFA que otorga inmunidad a las fuerzas militares estadounidenses en territorio paraguayo; se alineó con EEUU e Israel en la descalificación del proceso por genocidio planteado contra Israel; se unió a la Junta de la Paz; y firmó decretos que garantizan precios bajos de electricidad para inversionistas interesados en desarrollar centros de datos en Paraguay.

Ante tanto entusiasmo, preocupa el descuido de la relación con Brasil, con quien mantenemos una interdependencia profunda. Si Lula gana las próximas elecciones, la desconfianza ya existente podría prolongarse. Por otro lado, todo el cálculo del gobierno parece asumir que Donald Trump seguirá en el poder por un tiempo largo, cuando en realidad se acercan las elecciones intermedias de noviembre y, en 2028, el actual presidente ya no podrá presentarse. Basta observar la caída en el apoyo popular y la serie de victorias demócratas, incluso en distritos tradicionalmente republicanos.

Tampoco sabemos qué pedirá EEUU como prueba de lealtad: ¿Bases militares permanentes, ingreso de migrantes, explotación de la electricidad barata, uso del agua para refrigerar centros de datos? ¿Qué está ofreciendo exactamente el presidente en la Junta de la Paz? No estaremos “sobreexponiéndonos” en este afán por vender el Paraguay.

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