23 ene. 2026

Conceptos universales y falacias macroeconómicas

De los errores más engranados en la historia del pensamiento filosófico, el concepto de los universales es el que más ha persistido. La creencia errónea de que existen entidades colectivas con atributos que trascienden las propiedades individuales de sus componentes ha confundido la comprensión de aspectos económicos relacionados al Estado, la nación, la sociedad, etc. La solución que dieron los nominalistas en favor de los conceptos particulares no parece habernos curado de la enfermedad.

Seguimos cometiendo los mismos errores y esto nos impide la comprensión de fenómenos fundamentales del mercado. Un ejemplo vale más que mil palabras. Si queremos nombrar a los habitantes de nuestro país, sería muy tedioso tener que hacer una lista individual de cada uno de los seis millones de individuos que habitan en él. Nos contentamos con generalizar y decir: “el pueblo paraguayo”. Lo mismo ocurriría si tuviésemos que hacer una lista de todos los vehículos que ingresan al país. Diríamos del mismo modo “el parque automotriz”. Utilizaríamos las mismas generalizaciones para referirnos a grupos de empresarios, trabajadores, médicos, abogados, etc., etc. Las generalizaciones, en este caso cumplen la función de simplificarnos una odisea terminológica.

El problema surge cuando a esas creaciones artificiales quisiésemos darle vida propia. Si nos referimos, por ejemplo, al “pueblo paraguayo”, y pretendiésemos que esta generalización pudiese pensar, actuar, tomar decisiones, o actuar colectivamente de alguna forma, estaríamos cometiendo el error de hipostasiar un concepto, es decir, darle vida o existencia real a un término abstracto. Juan, ciudadano paraguayo, se levanta todas las mañanas a trabajar. En ese menester, intercambia bienes y servicios con sus compatriotas, hace evaluaciones y toma decisiones. Podemos decir que Juan actúa en el mercado, al igual que Juana, María, Tomás, Pedro y todos los demás paraguayos. Lo que NO podemos decir es que el “pueblo paraguayo” actúa de tal o cual forma o que tiene tal y cual intereses, o le conviene tal y cual cosa. Solo podemos predicar atributos y conferir potencialidades al individuo y no al colectivo. El colectivo no existe. El colectivo no piensa. El colectivo no actúa ni evalúa ni toma decisiones. El colectivo no tiene intereses por encima de los de cada una de sus partes. Solo Juan y María son agentes en el mercado. El “pueblo” es una abstracción. Este error de darle existencia real a una generalización recibe en el campo económico, el nombre de “macroeconomía”. Predicar la existencia de lo “macroeconómico” es cometer el error de hipostasiar un concepto. Entendido esto, vayamos a la falacia “macroeconómica”.

Un macroeconomista típico esgrimiría el siguiente “argumento”: “...el equilibrio monetario estatal impide el desarrollo del país. Todo lo que el Estado gasta es ingreso para el sector privado. Si el Estado gasta menos, las empresas privadas recibirán menos dinero, y por tanto invertirán menos. Por consiguiente, cuanto menor es la inversión pública, menor será la inversión privada, y por tanto menor el ingreso de la gente y el crecimiento económico…”.

No se debe ser muy perspicaz para captar la falaz naturaleza de este pueril modo de pensar. Va a la esencia misma del error que describíamos más arriba. Presume alegremente que la producción es algún tipo de misterioso proceso que ocurre en forma colectiva, independientemente de la acción de cada uno de los individuos. Una vez operado este arcano proceso, entra en escena el Estado a realizar sus actividades e “inversiones”, y a partir de estas “inversiones”, las empresas privadas podrán hacer las suyas.

Esto es absurdo. El Estado no “produce” absolutamente nada. Obtiene sus “ingresos” de contribuciones compulsivas extraídas de los individuos. Esto necesariamente implica que existe una producción previa a la actuación del Estado. No existe ninguna misteriosa “producción colectiva” que preceda a la producción privada que luego será confiscada por el Estado. Las magnitudes que los macroeconomistas “miden” tan alegremente no son más que la sumatoria de cada una de las acciones individuales en el mercado. Soslayan lamentablemente el concepto fundamental del costo de oportunidad, es decir, todas aquellas oportunidades de inversión que al individuo se le está privando al confiscarle su propiedad por medio de los impuestos. El Estado solo puede hacer transferencias de un lugar donde la productividad es mayor (la inversión privada), a otro donde la productividad es menor (la actuación del Estado). Solo el individuo puede invertir. La “inversión pública” es inexistente. Es un concepto general al cual quiere dársele existencia real.

Si la postura “macroeconómica” fuese consistente, tendría que abstenerse de hacer referencia a los precios. El precio es el resultado de juego de la oferta y la demanda, es decir, de la actuación de miles y millones de individuos en el mercado. Si se niega esa realidad, no podría hablarse de precios en el mercado.

La posición macroeconómica resulta infantil. Solo ve el interés del Estado (es decir de la casta gobernante) y es incapaz de ver el punto de vista opuesto, en este caso, el del individuo. Nos recuerda uno de los célebres experimentos del gran psicólogo suizo Piaget. Preguntó a un niño si tenía hermanitos. El niño le dijo: sí tengo. Se llama Pedrito. Al preguntarle si Pedrito tenía hermanos, el niño contestó que no. El niño fue incapaz de salirse de su propio yo y ponerse en la posición del interlocutor. Una típica conducta infantil.

La macroeconomía sufre de ensimismamiento. Solo se ve a sí misma y no ve que puedan existir intereses que trasciendan o sean superiores a los suyos. Dos grandes falacias emergen del método “macroeconómico”. La “renta nacional” y la “balanza de pagos”, las estudiaremos en nuestra próxima entrega.

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