23 abr. 2024

Peligro con bata blanca

Hace unos días el Círculo Paraguayo de Médicos convocó a una conferencia de prensa para expresar, una vez más, su preocupación por el nivel de la formación médica en el país.

La entidad planteó dos reclamos llamativos. Solicitó al Consejo Nacional de Educación Superior (Cones) que no permita que facultades de Medicina no acreditadas por la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior (Aneaes) matriculen nuevos alumnos. Y pidió que el Ministerio de Salud deje de expedir el registro profesional a los médicos egresados de instituciones que carezcan de la referida acreditación.

Estas posiciones pueden parecer extremas, pero no son más que el resultado previsible de no haber hecho nada ante un problema que ya había sido advertido hace más de una década por la Academia de Medicina del Paraguay y por múltiples referentes de la profesión. Hoy en día cuando un ciudadano consulta con alguien que dice ser médico, no tiene ninguna garantía de que el individuo de blanco que tiene enfrente tenga el mínimo conocimiento para tratarlo.

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Eso es así porque hemos permitido que se llegue a una situación absurda: Las facultades de Medicina han proliferado de manera desordenada e incontrolable hasta el punto que nadie tiene idea de su número real. Yo tenía computadas 36, pero el Círculo de Médicos habla de 38. De cualquier modo es una cantidad delirante, pues el Paraguay no tiene ni docentes, ni hospitales-escuela, ni infraestructura académica para tantas supuestas instituciones de enseñanza médica. Me dirá usted que eso también sucede en otras carreras, pero convengamos que tratándose de la salud el tema se vuelve más sensible y peligroso.

Algunas de esas facultades privadas se abrieron bajo tinglados o galpones, sin las mínimas condiciones y con el padrinazgo de políticos locales, grupos económicos o incluso vinculados al mundo narco. Escaparon con facilidad al tímido control de los organismos del Estado –de hecho solo 15 de ellas tienen la acreditación de la Aneaes– y crecieron como pudieron. Son célebres los casos de ex alumnos que, a los pocos años de egresar, se convirtieron en decanos de su facultad y de “médicos” que nunca examinaron personalmente a un paciente, entraron a un quirófano o participaron de una recorrida clínica formal.

Hubo incluso ocho de estas facultades con una realidad tan catastrófica que terminaron clausuradas, pese a la laxitud de los controles. Pero la mayor parte de ellas creció vigorosamente a la sombra de un negocio que se hizo cada vez más rentable en la frontera con el Brasil. Es que allí, cada año cerca de un millón de estudiantes se inscriben para el examen de ingreso de los cursos de Medicina, pero solo hay 35.000 lugares. Y las facultades privadas son carísimas.

El Paraguay ofrece la oportunidad de alcanzar el título con pocas trabas burocráticas, costos significativamente menores y la posibilidad de estudiar aquí viviendo en Brasil, con tan solo cruzar un puente o una calle. Tan rentable resultó el negocio que hoy hay nueve facultades en Pedro Juan Caballero y otras 11 en ciudades del Este del país. En algunas aulas el 96% de los alumnos son brasileños y el portuñol es el idioma común de la casa.

¿Y la calidad de la enseñanza? Hay una respuesta cínica que algunos tienen en la punta de la lengua: ¿Y qué importa, si van a ejercer en su país de origen? Solo que es falsa. Para defenderse de este aluvión de médicos mal formados el Brasil los obliga a someterse a un examen teórico y práctico llamado Revalida. Menos del 20% de los que poseen títulos paraguayos pasan el examen. Imposibilitados de trabajar en su país, solo les queda hacerlo en Paraguay.

Lo que plantea el Círculo Paraguayo de Médicos quizás pueda ser objetable jurídicamente, pero es un intento desesperado de poner freno a un problema que se le ha ido de las manos al Estado paraguayo por indolencia de sus autoridades educativas y sanitarias.

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