Solo tres hombres gobernaron el Paraguay durante casi la mitad de sus 200 años de vida independiente: exactamente 85 años, tres meses y 15 días. Dos de ellos –José Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López– lo hicieron en el siglo XVIII, cuando en el intento de modelar Estados que sustituyeran las antiguas monarquías europeas, otorgando prioridad a los esfuerzos de conservar la independencia, con escasas posibilidades de desarrollar instituciones de Gobierno.
El otro, el Gral. Alfredo Stroessner, surgido al promediar el siglo XX, funcionalmente útil a la Guerra Fría y “la lucha contra el comunismo”, se rodeó de capangas políticos o militares a los que interesó poco y nada la construcción de instituciones democráticas.
En oposición a la extensa permanencia de aquellos tres mandatarios, solo ocho gobernantes ocuparían el poder en dos años: Durante los anárquicos 1912 y 1949. Cuatro por año. El primer cuarteto antecedió a la Guerra Civil iniciada en 1912. Mientras que los cuatro restantes, fueron consecuencia de la Guerra Civil de 1947.Otros 10 presidentes “manejaron” el país entre 1904 y 1912; y siete más entre 1920 y 1924. Una matemática elemental nos revela que estos 25 presidentes no gobernaron, sino un poco más de seis meses, en promedio. Escaso tiempo para organizar equipos, elaborar proyectos, concretar planes; en suma: Gobernar.... dirigir un Estado Nacional. Y todavía más lejos de la posibilidad de hacer pedagogía desde el poder, generar hábitos virtuosos, de construir o consolidar instituciones.
Esos guarismos probablemente nos permitan dimensionar en toda su crudeza, la nefasta secuela verificada tras cada una de las asonadas, cuartelazos, golpes de Estado o guerras civiles que promovieron –o fueron consecuencia– de aquellos forzados cambios. La inacabable serie de violencias que no hizo sino profundizar los enconos acumulados desde prácticamente conquistada la Independencia.
Así como fueron agravando la miseria y la dispersión social debido a que “vencidos o vencedores” de aquellos enfrentamientos (en realidad víctimas y victimarios) no pudieran compartir el mismo suelo tras los sucesos que los enfrentaron, pues los primeros, dueños de la ley y de las armas, la disposición del “orden” y los negocios del Estado, obligaban a los segundos a seguir el camino del exilio o abstenerse casi de respirar si decidieran permanecer en el país para que sus molestias pasaran ocultas o imperceptibles al afilado aparato sensorial del régimen dominante.
Fue la situación característica de aquellos años brutales iniciados en la misma posguerra contra la Triple Alianza (1864/1870); que continuó con el advenimiento del Gobierno liberal iniciado en 1904 y estalló en la revolución de Febrero de 1936 tras la finalización de la guerra con Bolivia (1932/1935).
La bandera de la discordia no terminaría de agitarse, una y otra vez desde ese año, hasta el golpe de Estado del 4 de Mayo de 1954 para el ascenso del Gral. Alfredo Stroessner a la Presidencia del Paraguay. Hecho que terminaría por acabar con todos los sueños, las razonables ambiciones políticas de cualquier sector y alguna posibilidad de redención democrática.
Un colectivo deseo de “paz y estabilidad” con el indisimulado anhelo de que un “hombre fuerte” terminara con tanta discordia, no se percató entonces que se iniciaba otra época infernal para los paraguayos. No tardaría la sociedad en percatarse de que aquel “hombre providencial” era peor que lo mismo. Pues si la inestabilidad fue un impedimento para radicar mecanismos democráticos, la “perpetuidad” de cualquier personaje o partido en el poder, tampoco tenía intenciones de lograrlo.
Ambas características han permitido verificar que muchas veces, la situación del país ha sido más producto del fracaso o defección de sus líderes, que la misma acción de sus malos gobiernos. Debido a que –aunque duela decirlo– las dictaduras terminan legitimándose no solo por su fuerza represiva o militar, sino por el tácito o manifiesto consentimiento del resto de los actores de la sociedad.
La situación actual. Los males que se le atribuyen a la democracia son, en realidad, resabios de la dictadura. Los procesos de deterioro que junto a la mediocridad que todo totalitarismo desencadena, mantiene una inercia que le permite larga supervivencia al sistema con todos sus vicios y efectos perturbadores, aún después de su desalojo.
En el arduo camino de la transición hacia mejores pautas de convivencia y observando especialmente el fenómeno paraguayo, puede afirmarse categóricamente que nuestros mentores democráticos no se percataran de estos inconvenientes. De haberlos previsto mínimamente o dimensionado adecuadamente, los partidos políticos de la oposición –incluida la oposición colorada– hubieran exigido tras la costosa ida del dictador, el desmantelamiento del aparato de la dictadura. Previo a todo acto eleccionario, y aun debiera haberse demandado la proscripción de personas claramente comprometidas en el sistema anterior.
No fue así. Y en medio del desbande, la desorientación y la caza de oportunidades, algunos paladines de la lucha contra la dictadura, si no claudicaron de sus aspiraciones de virtud, incurrieron en los mismos vicios que condenaron antes. Entre ellos, la militancia profesionalizada, “organizada” en sindicatos, barras bravas, patotas, conscientes que “todo es política”, en la actualidad negocian cargos (imponen sería la palabra adecuada), votos y éstos por dinero; además de privilegios de toda clase. Y cuando no obtienen todo lo que quieren ... salen a la calle.
Sueño que alguna vez se entienda que una realidad indispensable es que el Gobierno sea Gobierno. Con planes y proyectos. Conducido por hombres y mujeres honestos decentes y capaces para realizarlos.
Porque cuando solo se vociferan órdenes o se deslizan recomendaciones o se conciben o ejecutan negocios en la penumbra de los altos gabinetes ministeriales, lo que debiera ser Gobierno, es solo parecido a lo mismo de siempre. Con o sin galones.