10 sept 2026

Infierno bajo el tinglado: Las 23:00, la hora que cambió para siempre a Ciudad del Este

Era una noche de banderas coloradas, música y discursos; miles de personas habían llegado hasta el tinglado del antiguo Club Atlético 3 de Febrero de Ciudad del Este para el cierre de campaña del movimiento Reconciliación Colorada. Nadie imaginaba que, minutos después, aquel lugar se convertiría en una gigantesca trampa de hierro y hormigón.

Tinglado 3 de Febero / Ciudad del Este- Mitín político del Partido Colorado

Las imágenes de aquel fatídico día siguen vivas en los recuerdos de quienes estuvieron allí.

Foto: Archivo

El jueves 4 de setiembre de 1997, alrededor de las 22:30, el tinglado del antiguo Club Atlético 3 de Febrero de Ciudad del Este estaba colmado.

Las estimaciones de la época hablaban de entre 4.000 y 5.000 personas. Afuera, sin embargo, el cielo comenzaba a anunciar la tormenta que avanzaba sobre la capital del Alto Paraná.

El mitin político tenía como figura central al entonces candidato a senador Juan Carlos Calé Galaverna, quien acompañaba la candidatura de Antonio Pelé Aranda a la Gobernación de Alto Paraná.

Luis María Argaña, líder nacional del movimiento Reconciliación Colorada, no había podido llegar debido a las condiciones climáticas.

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Dentro del tinglado, el calor y la multitud contrastaban con los relámpagos que iluminaban el cielo. La música y los discursos continuaban mientras la tormenta se acercaba.

Poco antes de las 23:00, Galaverna tomó el micrófono. Su discurso buscaba encender aún más a los asistentes. Tras sus primeras palabras, la fiesta terminó: un apagón dejó el recinto completamente a oscuras.

Casi al mismo tiempo, una violenta ráfaga de viento golpeó la estructura metálica. El enorme techo comenzó a ceder.

El estruendo fue ensordecedor

Las columnas y vigas no soportaron la fuerza del temporal y el tinglado se desplomó sobre la multitud. Toneladas de metal, madera y hormigón cayeron sobre cientos de personas que quedaron atrapadas sin posibilidad de reaccionar.

Galaverna y Aranda terminaron debajo de los escombros, pero sobrevivieron al quedar en una zona hundida debajo del escenario. Ambos sufrieron heridas de consideración.

Tragedia del tinglado, Alto PAraná, 1997

Una de las fotografías que se capturó en el club 3 de Febrero, cuando un fuerte viento derribó un tinglado en medio de un mitin del Partido Colorado en 1997.

Foto: Nery Jara (Archivo)

Para quienes estaban en la pista y las graderías, la situación fue mucho peor. En medio de la oscuridad, los asistentes intentaron desesperadamente encontrar una salida. El miedo provocó una estampida y la propia multitud terminó convirtiéndose en otro peligro.

Los gritos se mezclaban con los pedidos de auxilio.

El titánico rescate de personas

Personas atrapadas pedían ayuda desde debajo de las chapas, otras intentaban levantar con sus propias manos las estructuras que habían caído sobre familiares y amigos. La lluvia comenzó a caer con fuerza.

Sin electricidad, los primeros auxilios se realizaron con linternas y con los faros de los vehículos que llegaron hasta el lugar. Bomberos voluntarios, policías, personal sanitario y los propios sobrevivientes comenzaron una carrera contra el tiempo para rescatar a quienes seguían con vida.

La escena era desoladora. Entre el barro y los restos del tinglado aparecían zapatos, objetos personales y cuerpos inmóviles. Los heridos eran trasladados como se podía a los centros asistenciales, mientras los hospitales de la zona comenzaban a quedar desbordados.

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Algunos sobrevivientes permanecieron durante horas atrapados entre los hierros. Sergio Aguilar, uno de ellos, recordaría posteriormente que una columna le destrozó una pierna y que pasó cerca de dos horas esperando ser rescatado.

La cifra de víctimas mortales fue establecida posteriormente en alrededor de 40 personas, mientras que cerca de 200 resultaron heridas, muchas de ellas con lesiones graves y secuelas permanentes.

Los días siguientes fueron de duelo en Ciudad del Este y distintos puntos de Alto Paraná. Los funerales se multiplicaron y la tragedia dejó una profunda herida en una ciudad que, hasta entonces, no había enfrentado un desastre de semejante magnitud.

Las investigaciones apuntaron, entre otros aspectos, a posibles deficiencias estructurales y a la situación de la construcción. Con el paso de los años, sin embargo, muchas de esas interrogantes terminaron diluyéndose sin que las familias de las víctimas encontraran respuestas capaces de cerrar aquella herida.

La leyenda de la blasfemia

Con el paso de los años, una frase quedó inseparablemente ligada a aquella noche. Según algunos sobrevivientes, Calé Galaverna habría lanzado desde el escenario una expresión desafiante relacionada con Dios y con la Virgen de Caacupé, en medio de su encendido discurso político.

Una de las versiones sostiene que el entonces candidato habría dicho que ni siquiera si Dios estaba en contra de los colorados estos perderían, para luego hacer referencia a vestir de rojo a la Virgen.

Otra versión recuerda una frase en guaraní relacionada con el color azul del manto de la Virgen de Caacupé y la intención de cambiarlo por el color partidario.

Para muchos sobrevivientes, la coincidencia fue imposible de olvidar. Las palabras quedaron asociadas al apagón, al viento y al derrumbe, alimentando durante décadas la idea de una supuesta blasfemia seguida de un castigo divino.

Galaverna rechaza esa versión

El dirigente negó haber pronunciado semejantes expresiones y sostuvo que sus adversarios políticos aprovecharon la tragedia para construir una historia en su contra. Según su versión, jamás habría tenido la intención de desafiar a Dios ni de faltar el respeto a la Virgen.

Así, aquella supuesta frase quedó suspendida entre los recuerdos de los sobrevivientes y la negación de su protagonista. Más que una certeza histórica, terminó convirtiéndose en una de las leyendas más persistentes de la tragedia del Club 3 de Febrero.

Como sea, el desastre pasó a formar parte de la historia política y social del Paraguay. Hoy, el antiguo tinglado ya no existe. El lugar cambió y la ciudad también.

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Pero cada septiembre, cuando vuelven las tormentas y los recuerdos de aquella noche, la memoria colectiva regresa al mismo punto: un escenario lleno de banderas, un discurso interrumpido por el rugido del viento y un techo de metal que, en cuestión de segundos, cayó sobre miles de personas.

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