Lombroso pasó a la historia como uno de los fundadores de la criminología científica. Desde la publicación de El hombre delincuente, en 1876, y de su particular teoría del delincuente nato, se convirtió en un referente para explicar el delito y sobre quienes lo cometen. Su obra tuvo una enorme difusión en América Latina, particularmente en Argentina y Brasil, e influyó durante décadas en la manera de pensar el delito, la peligrosidad y el castigo.
Lombroso buscaba en los cuerpos las señales de la delincuencia. Creía que determinados rasgos físicos permitían identificar a quienes tenían una predisposición natural al crimen. Su gran error teórico era justamente que creía que existen personas que nacen delincuentes. El metodológico fue que iba a buscar a “sus delincuentes” a cárceles y manicomios; es decir, estudiaba a personas que ya habían sido previamente seleccionadas y encerradas por las instituciones de control social. No obstante, la simplicidad de sus ideas era muy atractiva, ya que prometía encontrar al delincuente mirándolo, midiendo sus facciones.
Por la misma época, en 1895, Émile Durkheim propuso una explicación radicalmente diferente. Decía que el delito era necesario y funcional y que sus causas no debían buscarse en el individuo, sino en la sociedad. Sin embargo, mientras el positivismo criminológico tuvo una rápida recepción y vigencia en Latinoamérica, otras perspectivas tardaron mucho más en incorporarse a nuestra enseñanza. Las dictaduras fueron particularmente receptivas de las ideas lombrosianas.
En Paraguay, Lombroso sigue vivo
En 2009 revisé programas, libros de cátedra y bibliografía utilizados para enseñar criminología en las facultades de Derecho de universidades públicas. El resultado fue aterrador. Las ideas de Lombroso seguían presentándose como vigentes y las teorías estudiadas ni llegaban a las primeras décadas del siglo pasado. En Derecho UNA, donde me recibí, Lombroso era presentado como el gran criminólogo; se nos exigía dominar sus teorías.
No es solamente un problema de bibliografía desfasada, sino que en esos materiales se reproducen afirmaciones que presentan a la mujer como naturalmente más débil, vinculan determinados grupos étnicos y la pobreza con la delincuencia y sostienen que la homosexualidad es una perversión sexual.
Quince años después, volví a mirar. En marzo de 2024, por Res. N° 463, del 6 de marzo, la Facultad de Derecho de la UNA aprobó una actualización de su programa de Criminología. Lombroso sigue allí, con su delincuente nato, sus fundamentos y características. También los denominados “factores antropológicos”, la raza, el sexo y la inteligencia vinculados al estudio de la criminalidad. El problema no es enseñar a Lombroso. Hay que estudiarlo para comprender la historia de nuestra disciplina. El problema es no dejar suficientemente claro que ese paradigma murió hace mucho tiempo y que la criminología lleva más de medio siglo preguntándose también por algo muy diferente: cómo la sociedad y el sistema penal construyen, seleccionan y castigan aquello que llamamos criminalidad. Sin embargo, hay universidades públicas fuera de Asunción, que sí estudian una criminología actual.
Este atraso teórico no es una cuestión exclusivamente académica. Ayuda también a entender cómo miran el delito quienes serán policías, fiscales, jueces y demás operadores del sistema penal. Si durante su formación aprenden que existe un tipo de persona que es delincuente, saldrán a buscarla.
El problema es que, mientras buscan al “hombre delincuente”, quedarán fuera del campo otras formas de criminalidad, como los delincuentes de guante blanco, los poderosos, quienes delinquen con traje y corbata, zapatos y carteras importadas, difícilmente encajan en el estereotipo del criminal que todavía reproducen nuestras instituciones.
No significa que nunca sean investigados o condenados, sino que sobre ellos no funciona con la misma intensidad la sospecha permanente que pesa sobre determinados jóvenes, barrios y sectores sociales.
Creo firmemente que enseñar criminología con teorías de hace más de cien años no es inocente. Mantener vivo a Lombroso es enseñar adónde mirar y, por sobre todo, dónde no mirar, a quiénes ni siquiera hay que tenerlos como sospechosos. Dar vida a Lombroso es seguir preparando operadores para perseguir a los mismos de siempre mientras la impunidad de los delincuentes de guante blanco y de los poderosos encuentra nuevas formas de sobrevivir.
Mientras los profesores de Criminología no se enteren de que Lombroso está muerto, seguiremos formando operadores empeñados en encontrar al delincuente burdo, tosco y fracasado como principal responsable de los males del país. Y quedarán impunes quienes vacían bancos, participan de grandes operaciones criminales transnacionales, producen graves daños ambientales desde actividades económicas poderosas o utilizan el Estado y sus posiciones de poder para enriquecerse.