Las migraciones humanas contribuyeron siempre a rediseñar el tablero demográfico de regiones y países.
Las oleadas de europeos que llegaron a Sudamérica a finales del siglo XIX en busca de mejores horizontes encontraron en países como Argentina el terreno fértil para sus aspiraciones.
Italianos, españoles y judíos se asentaron en la pampa húmeda y trazaron un destino mixto con los naturales para diseñar cierta identidad que perdura hasta el presente. Nuevas incursiones masivas se dieron en los años treinta y cuarenta por el conflicto mundial que obligó a emigrar de una Europa devastada, y luego la persecución de rusos blancos por parte del régimen estalinista en la URSS.
Los migrantes buscaban bienestar, tenían ciertos conocimientos en varias disciplinas y llegaban a los nuevos asentamientos con mediana formación y visión de progreso, incluso lideraban emprendimientos que contribuyeran al desarrollo de los países acogedores.
Los traslados acompañaban de alguna manera al crecimiento poblacional de espacios aún no explorados, oportunidades casi únicas para transformar el entorno y aportar para la conformación de una sociedad diversa.
El tenor de los desplazamientos humanos fue variando a fines de la centuria pasada y la presente. La moneda se dio vuelta y ya fueron oriundos de países antes receptores los que buscaban mejores condiciones de vida en una Europa que alcanzó el desarrollo. Se agregaron a aquellos los expulsados de sus propias naciones, situadas mayormente en el norte africano o el Medio Oriente.
Miles de familias habían perdido casi todo en guerras intestinas, masacres masivas e inestabilidad política en países generalmente gobernados por regímenes musulmanes. Modelaron triste e inocentemente la mayor pantalla atroz de la degradación humana posmoderna, al ser testigo el mundo de oleadas de migrantes en embarcaciones precarias que cruzaban el Mediterráneo para llegar a Europa. Muchos de ellos perecieron (y aún lo hacen) en el intento.
Quienes alcanzaron las nuevas tierras no recibieron cálida bienvenida desde de los que fomentan la radicalización, el racismo y la xenofobia. Se les responsabiliza de ser el signo principal del deterioro en un continente transformado y polarizado.
El extranjero llega generalmente con una mano atrás y otra adelante, pero es el culpable de casi todos los males, al decir del europeo que discrimina.
El espejo de tal circunstancia es observado en EEUU, con políticas antiinmigración que expulsan a los latinos indocumentados y aspiran a una limpieza étnica indiscriminada: mano dura para quienes no son arios, para los marginados del sistema.
Un botón de muestra –y con ribetes de geopolítica pura– se dio hace casi un mes en territorio español de Ceuta (Norte de África), cuando más de 50.000 marroquíes llegaron en pocos días a pie o a nado hasta sus costas, interpretado por muchos como una campaña del mismo gobierno marroquí, que reclama históricamente ese territorio. El impacto de esa oleada intensa de gente fue significativo a nivel mediático.
En Paraguay se viene dando con más énfasis la llegada de europeos y de nuestra misma región cansados de la presión fiscal y el contexto en que viven, gracias a la imagen for export que proyecta el país (estabilidad macro, ventajas fiscales, energía barata, bono demográfico). Inversores y gente común anhelan radicarse y sumaron en 2025 más de 47.000 solicitudes ingresadas, lo que representa un incremento de más del 63 %. Brasil encabeza el ranking, con 23.526 residentes, seguidos por Argentina, Alemania, Bolivia y España.
El impacto de la migración depende de qué política aplica el país receptor y cómo se inserta el foráneo a la sociedad. La llegada de extranjeros siempre recibió calidez en Paraguay y se perfila un interés sostenido de radicarse en tierras guaraníes. Será fundamental aprovechar la coyuntura para acoger foraneidades y destacar inversiones que ayuden a transformar el espacio en que se habita.