La promesa era “vamos a estar mejor”. La fórmula que sigue funcionando es la siguiente: “El que tiene poder, reparte. El que no tiene, agradece la limosna. Y el que protesta, queda fuera”.
Este es el orden natural desde 1870 que no murió con el siglo XIX. Esta es la tesis del politólogo paraguayo Hugo Duarte, ya citado en mi artículo de la semana pasada, que expongo más abajo y complemento con datos actuales. El régimen cambió de piel cuatro veces –con el liberalismo de 1904, con la Guerra del Chaco y el ascenso militar de 1936, con el stronismo de 1954 y con la transición democrática de 1989 que permanece hasta nuestros días– y en las cuatro ocasiones conservó el mismo núcleo: control de la tierra y/o del contrato estatal (ser proveedor del Estado con vicios de corrupción), monopolio de la coerción, un relato de legitimación a la medida del momento, y clientelismo como argamasa social.
Lo que cambia, en cada metamorfosis, es únicamente el vestuario de la legitimidad. Usando la tipología weberiana: la oligarquía de 1870 se viste de liberalismo censitario –el sufragio restringido como filtro natural– y de la dicotomía civilización/barbarie heredada de Sarmiento. La de 1936 descarta ese cosmopolitismo, ahora sospechoso de “extranjerizante”, y lo reemplaza por un nacionalismo heroico que se declara heredero directo de López y de los soldados del Chaco. El stronismo funde ambos relatos en uno solo –orden, paz, progreso– y le añade una tercera capa, la del anticomunismo de Guerra Fría, que le compra respaldo internacional durante más de tres décadas. La democracia de 1989, finalmente, no inventa un relato nuevo. Solo hereda las tres capas anteriores y las reviste de procedimiento electoral. Ese trabajo de legitimación no es cosmético ni secundario. Es la diferencia entre el poder despótico –la capacidad bruta de imponer una decisión sin negociar– y el poder infraestructural, la capacidad de que la sociedad misma reproduzca el orden sin necesidad de coacción permanente. Cada metamorfosis paraguaya perfecciona un poco más esa segunda capacidad. Es también, por eso mismo, la razón por la que ninguna ruptura posterior a 1870 logró sostenerse. Cambiar de Gobierno es relativamente fácil; desmontar un relato que la sociedad ya interiorizó como sentido común es otra escala de problema. La oposición ni huele esta cuestión. Pero eso es lo que hoy lo entiende muy bien el movimiento hegemónico dentro de la ANR y es por eso por lo que el estar mejor es una falacia narrativa bien diseñada que funciona para los que siempre estuvieron bien y hoy están aún mejor, pero sin resultados concretos para la gente. El eslogan actual es “Dios, patria y familia”. Una teología política vacía en los hechos, que está de moda.
Para transformar esta realidad, los presidenciables del 2028 deben ser capaces de entender cuestiones claves. Primero, cuáles son los vicios de nacimiento de las barreras que impiden que la mayoría de los paraguayos viva mejor. Segundo, cuáles son los mecanismos que reproducen esos vicios. Tercero, cuáles son las rupturas que son necesarias para quebrar las barreras. Cuarto, cuáles pueden ser algunos indicadores de éxito que pueden darnos una visión de desempeño y tendencia en términos de performance para saber si el Gobierno desde el 2028 está o no está avanzando. Quinto, en cuántos periodos gubernamentales se pueden romper esos vicios o barreras.
Los vicios son la economía primaria extractiva que se reproduce con la renta de materia prima y energía sin valor agregado; el Estado como botín y Fisco regresivo que se reproduce con gasto discrecional clientelístico sin catastros actualizados y enorme informalidad; la Justicia capturada con impunidad que se reproduce con ingreso clientelista al Estado y carrera judicial dependiente ahora ya fraudulenta inclusive con diplomas falsos; clientelismo como ciudadanía que se reproduce como favor personal en lugar de derecho universal; soberanía tutelada primero de Argentina y Brasil, ahora se suman Estados Unidos, Israel y Taiwán, y con la IA amenazante como monarquía supranacional tecnológica, que se reproduce como dependencia externa permanente potenciada por la mediterraneidad; gobierno sin timón estratégico, prebendario, que se reproduce con personajes cada vez más corruptos y sin raíces morales profundas.
Urge cambiar la matriz productiva, conformar un Fisco eficiente en la recaudación y que busque la equidad social, es imprescindible una justicia sin impunidad fortaleciendo las instituciones, es imperativo reconvertir al cliente político en ciudadano con derechos sin necesidad de agradecer limosnas como bienes públicos, se impone impulsar la soberanía logística-energética-digital, y es urgente que el Gobierno del futuro tenga programas estratégicos y transversales con responsables nominales, objetivos y metas claras y rigurosas, capacitados, que asuman los desafíos y logren los resultados, con exigentes indicadores de desempeño y tendencia públicos y publicados. Todo esto puede necesitar de dos mandatos. Por eso, el que va a ser presidente en el 2028, y que todavía no se lo ve venir, debe tener clara la hoja de ruta y debe saber que él no va a estar en el mando cuando su plan sea exitoso. ¡Saludos cordiales!