14 jul 2026

Martinessi: “Cuando leo y releo a Roa Bastos, la cabeza se me llena de imágenes”

El cineasta Marcelo Martinessi presentó recientemente el cortometraje El baldío, que se exhibe en diversos espacios, con buena receptividad del público.

Tapa Correo

Imagen: Gentileza

César González Páez

Periodista

cpaez@uhora.com.py

El corto, que tiene una duración de 10 minutos, está basado en uno de los cuentos más conocidos de Augusto Roa Bastos, cuyo enigmático lenguaje refleja una realidad muy fuerte.

En esta entrevista el director del filme nos cuenta cómo fue el proceso de creación.

--¿Cómo surgió la idea de contar el cuento en forma visual?

--Cuando leo y releo a Roa Bastos, la cabeza siempre se me llena de imágenes. Roa tiene una escritura muy visual, quizás por la influencia de su “otro oficio” de guionista.

Aunque ya se trabajó este mismo cuento en audiovisual y en teatro, quise hacer “El baldío” porque es un cuento que con sutilezas y sencillez construye un enfrentamiento muy fuerte entre la muerte y la vida. Eso lo hace universal.

Pero, por otro lado, hay muchas particularidades de la historia de Paraguay en este cuento. Hablamos de un personaje que arrastra y se deshace de un muerto. De repente, halla una esperanza. Abraza la esperanza, pero nuevamente se pierde en la oscuridad. ¿Acaso esa no es una gran alegoría de todo lo que nos pasa?

Cuento cinematográfico

--¿Cómo fue el proceso de creación del relato para la pantalla?

--Leés “No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los dos cuerpos reabsorbidos en sus sombras...”, y enseguida sentís que estás ante un cuento muy cinematográfico. No tiene diálogos. Tampoco necesita música. La historia trae consigo la sonoridad propia de los pasos sobre la tierra y la basura, de los cuerpos, el uno que se deja arrastrar, y el otro cansado, jadeante, que ya apenas puede moverse. Cuando se parte de un relato tan visual y tan sonoro, se abren nuevos universos de sentido y la tarea de trasposición se vuelve más profunda. No usamos un “guión fílmico” o “técnico”, pero si en el set de rodaje necesitábamos tomar una decisión difícil, releíamos el cuento. Y eso era suficiente para entender lo que estábamos haciendo.

--¿Hubo algunas dificultades?

--Me siento un privilegiado al poder filmar en Paraguay de la manera en que lo hacemos: con un buen equipo técnico y humano, con buena posproducción. Y hasta hoy el formato corto ha sido para mí el único posible, justamente por una cuestión de querer trabajar con profesionalismo. Siempre lo que más nos cuesta es conseguir empresas, instituciones o fondos que crean en un proyecto. Lo que viene después ya no es tan difícil.

Soy muy consciente de que no hago un cine comercial, que los patrocinantes no me están buscando por la calle para financiar lo que voy a filmar. Cuesta convencerles de que estamos construyendo un imaginario, de que es importante hacerlo, de que a veces vamos a equivocarnos, pero que de todos modos hay una apuesta a reflejar el país en la pantalla. Y eso es lo importante.

El boom audiovisual de Paraguay nos sorprende sin un Instituto de Cine, sin una Ley de Cine, sin un Fondo de Cine, sin ser parte de las Asociaciones Regionales de Cine. Aun así, es un boom innegable.

--¿Cuál fue el plan visual?

--Dentro de la misma idea de mantener abiertas los interrogantes del cuento, buscamos una locación acorde con lo misterioso, con lo oscuro que hay en el relato. Con Karen Fraenkel (la productora) encontramos este ‘baldío’ en Patiño, a unos metros de la ruta. Está al costado de un lugar por donde pasaba el tren. Y al ver allí una especie de laguna

--que no está en el cuento de Roa--, sentimos que la inclusión de esa agua estancada podía enriquecer la propuesta visual, y que además era muy coherente con el espíritu de la propuesta narrativa. Entonces decidimos darle protagonismo.

--Luego de las primeras proyecciones que hicieron, ¿cómo reacciona el público que ve el cortometraje?

--Eso es difícil de saber con precisión. En la escuela donde estrenamos, una maestra lloró. Tras ver el corto, alguna gente se me acercó de verdad muy conmocionada. Pero hay de todo. La mayoría del público siempre te abraza y te dice: "¡Qué lindo!”. Sobre todo el día del estreno. Yo valoro eso. Pero es poca la gente que se anima a esbozar una mirada crítica sobre un trabajo en cine.

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