Durante la pandemia se aumentaron las asignaciones presupuestarias en sectores considerados vitales para sostener las urgencias de la crisis. Al reacomodar los presupuestos posteriormente, el presupuesto de salud en particular se mantuvo con la intención de lograr una mejora significativa en la calidad del servicio. Sin embargo, lo que enfrentamos hoy es una crisis sin precedentes que nos indica todo lo contrario: falta de medicamentos, escasez de personal de blanco adecuadamente capacitado, turnos insuficientes disponibles, equipos fuera de funcionamiento. Una absurda suma de ineficiencias que desemboca en una pésima experiencia para quienes buscan atención médica.
La realidad es cruel: madrugones interminables para conseguir un turno, compras de medicamentos que deberían ser provistos por el sistema, peregrinaciones de centro en centro para completar un pedido de estudios, cirugías y tratamientos postergados por falta de funcionamiento de los equipos, hospitales en condiciones deplorables. Todo esto refleja un sistema que no cumple con su misión más básica: cuidar la salud de la gente.
Desde hace años una persona enferma en nuestro país se enfrenta a trabas burocráticas, desorganización, falta de comunicación, ausencia de información, ineptitudes que impiden que el sistema funcione y les dé soluciones. Lo primero que pensamos es que está hecho por incapaces, pero al ver a tantos profesionales capaces y comprometidos, sufriendo con los pacientes por no poder darles lo mínimo necesario, miramos más a fondo y se hace evidente que la gestión, lejos de estar guiada por la eficiencia, está trabada por la política.
Verdaderas gavillas de aprovechados felices con sus ganancias y cuotas de poder manejan la salud pública merced a los nombramientos políticos de ministros, supervisores, jefes y proveedores que solo responden a sus intereses. La salud se convirtió en rehén de votos y favores, mientras los ciudadanos sufren las consecuencias.
La salud es un derecho, pero en nuestro país, evidentemente, hoy es un botín electoral; y mientras esto siga así, vamos a seguir atrapados en este círculo vicioso de promesas incumplidas y pacientes desatendidos.
Maldita la política que se interpone entre la gente y su derecho a la salud.
Maldita la política que convierte los hospitales en escenarios de abandono y desesperanza.
Maldita la política que nos llena de discursos que hablan de bienestar, pero su práctica está marcada por la indiferencia y el oportunismo.
Los pacientes y los profesionales merecen un sistema digno, eficiente y humano. Necesitamos esa buena política que se interesa por hacer que el sistema funcione, que atienda, que cure.
El presupuesto puede multiplicarse, los discursos pueden llenarse de buenas intenciones, pero si las decisiones siguen sujetas a intereses partidarios, nada va a cambiar.
Basta ya de esa maldita mala política, que, en lugar de ser un instrumento para transformar la realidad a favor de la gente, es el obstáculo.