Lo que “debe saber” una maestra, según Celsa Speratti en 1888: “Debe saber Historia que le enseñe á conocer los grandes hombres que ha de presentar como modelos. Historia Natural, para que aprenda y haga comprender la magnificencia y la maravillosa armonía de la creación. Filosofía, que le ayude a conocer su “yo” y sus deberes todos; pues á cada paso en las diversas fases de la vida necesita sus conocimientos para dirigir sus acciones. Debe saber Higiene, que es la ciencia de la vida, necesaria para procesar al infante desde el primer día de la existencia de la salud y el desarrollo”.
O sea: las maestras debían saber vidas de héroes civiles, seguramente, pero más que nada militares; debían saber el origen y la naturaleza divinos de las cosas; debían saber una ética kantiana de los deberes y un higienismo cívico-burgués.
Lo que Speratti creía que las maestras paraguayas de fines del siglo XIX debían saber es una mezcla de mucha educación religiosa y poco laicismo, algo liberal, una donde los primeros dos elementos representan la continuidad del antiguo orden colonial y monárquico (autoridad terrenal y divina aunadas), mientras los dos restantes tienen la influencia de los ideales del liberalismo ilustrado de posguerra (derechos y obligaciones).
Esta mezcla paraguaya entre colonialismo y republicanismo, entre tradición y modernidad, se sintetiza en el citado discurso de Speratti. Allí trazó una línea directa entre la madre y la maestra. Ya lo sabemos, pero digámoslo: una profesión que, para las élites tanto conservadoras como liberales del Río de la Plata a fines del siglo XIX, no rompía con el mandato doméstico “natural”: las mujeres son madres y maestras por naturaleza divina y cívica.
Este imperativo categórico de Speratti es la síntesis a que han arribado las élites sapientes paraguayas entre 1880 y 1992, liberales y republicanas; pero a regañadientes, no sin dar sangrienta oposición, también la casta eclesiástica. El creacionismo dejó de ser el saber dominante entre los deberes de las maestras y los maestros, pero solo aparentemente. Se sabe que la religión no abandonó la educación “reformada”. Este es el pragmatismo cultural y político que tiene rango constitucional desde 1992, como “formador” de la nación: una burocracia feligresa y militante. El Estado paraguayo es católico, últimamente pentecostalista. Es decir, es conservador, pero ahora además extremista de derecha si tenemos en cuenta a la facción pro-israelí y trumpiana que gobierna. El Paraguay no es una teocracia solo por falta de entusiasmo reformador de su dirigencia centro-derechista y neofascista.
Entre aquellos “deberes de ser” de Speratti, domina esta dimensión todavía divina de los saberes como tradición y costumbre. No se ha profundizado en lo más liberal y republicano del decálogo sperattiano en los últimos treinta y cinco años (mucho menos en otras vertientes pedagógicas más liberadoras como las de Paulo Freire o Humberto Maturana). Hace treinta y cinco años fue cuando se dio por primera vez la oportunidad histórica de hacer esto como sociedad. Pero a pesar de los maquillajes modernistas de la educación y la reforma institucional del poststronismo, últimamente atacados por los cínicos defensores de Dios, la familia y la patria, sigue gobernando el Paraguay la reacción que gobernó durante casi trescientos años en nombre del rey español y el Papa de Roma, esa cosa borbónica y anticomunera hegemonizó la política colonial bajo las más diversas máscaras.
A este contubernio de autoridades culturales solo aparentemente en conflicto, más o menos capitalistas según los casos, Karl Marx llama en el “Prólogo a la primera edición” de El capital, “las furias del interés privado”. Por ejemplo, la furia eclesiástica: “La Alta Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, antes perdonará el ataque a treinta y ocho de sus treinta y nueve artículos de fe que a un treintainueveavo de sus ingresos”, escribió con irónico realismo perdurable. Después de la ruptura con el papado, la High Church anglicana “conservó, a diferencia de los calvinistas y otras iglesias protestantes, lo esencial de la estructura jerárquica y de la liturgia de la Iglesia Católica”, informa.
Las furias del interés privado siguen perdurando, evidentemente; como también siguen perdurando quienes perdonan treinta y cinco años de dictadura antes que el ataque a sus privilegios.