Los paraguayos enfrentan problemas recurrentes en el sistema de salud; falta de medicamentos, de camas en cuidados intensivos, largas filas, dificultad para conseguir citas con especialistas, falta de insumos y un largo etc. Estos problemas generan indignación, pero si persisten bajo diferentes gobiernos y con presupuestos crecientes, ¿podrían ser síntomas de un sistema obsoleto?
En medicina, tratar solo la fiebre no cura la infección. En salud pública, atender solo las consecuencias no resuelve las causas que las producen. Mientras la discusión se centre en la crisis del momento, la escasez o el último escándalo, solo estaremos tratando síntomas.
El ecosistema de salud paraguayo está fragmentado en múltiples proveedores independientes: El Ministerio de Salud Pública, el IPS, el Hospital de Clínicas, hospitales para militares y policías, y clínicas privadas. Funcionan sin integración nacional. En una misma cuadra, es común ver un centro del Ministerio, un hospital del IPS y una clínica privada, cada uno con sus propios recursos y sin colaboración entre sí.
El problema surge cuando cada organización actúa aisladamente, causando duplicaciones, capacidad ociosa y desigualdades de acceso. Una institución puede carecer de especialistas o medicamentos, mientras otra tiene recursos sin usar. Una acumula listas de espera, otra mantiene capacidad, y no están conectadas. La coordinación institucional es clave para enfrentar la adversidad.
Esta fragmentación se ve en la organización del sector. El Ministerio de Salud lidera la política opera la mayor red pública y supervisa a través de Dinavisa. Preguntémonos: ¿Es viable que una sola entidad sea rector, supervisor y operador? Estas funciones, aunque complementarias, generan conflictos si no se separan. Regular implica reglas objetivas, supervisar es verificar su cumplimiento, y operar es la búsqueda de eficiencia y atención al usuario, todos roles difíciles de compatibilizar.
Además, la mayoría de los controles en salud son reactivos. Auditorías y procesos se activan solo ante eventos adversos, quejas o crisis. Faltan mecanismos de monitoreo continuo para detectar y corregir riesgos tempranamente, antes de que afecten a los ciudadanos.
El sistema financiero paraguayo demuestra que el diseño institucional, no la fatalidad, influye en la gestión de bienes sensibles como el dinero. Con reglas claras, el Banco Central regula, la Superintendencia de Bancos supervisa y las entidades financieras operan los servicios, donde la supervisión basada en riesgos permite monitorear y prevenir crisis.
No se trata de copiar el modelo financiero, sino de aplicar principios de buen gobierno: separación de funciones, independencia técnica, gestión preventiva, coordinación institucional y distribución de responsabilidades. Estos elementos mejoran el rendimiento de cualquier sistema.
Antes de discutir la financiación de la salud paraguaya, es crucial preguntarse si el sistema actual la usa eficientemente. La fragmentación financia duplicaciones, estructuras paralelas e ineficiencias.
Se necesita una revisión estructural para debatir: ¿Es suficiente la financiación? ¿Qué servicios puede garantizar Paraguay? ¿Cómo lograr expedientes médicos interoperables? ¿Cómo aprovechar economías de escala en medicamentos y equipos? ¿Tiene sentido duplicar infraestructura o integrar capacidades de alta calidad? ¿Cómo convertir el sistema fragmentado en un sistema nacional de salud?
Los ciudadanos ven el impacto de la fragmentación institucional, falta de medicamentos, largas esperas y falta de camas ocupadas en momentos cruciales. Sin diagnosticar la “enfermedad” institucional, los síntomas seguirán.
Un sistema no mejora si no cambia su arquitectura. Quizás es hora de acordar el sistema de salud que necesitamos, diseñarlo, financiarlo y dejar de resolver crisis transformando al sistema que las genera.