03 oct 2026

Restaurar la identidad del Centro Histórico de Asunción

A poco de cumplir 500 años, nuestra capital inicia una etapa cuesta arriba, en la que diversos sectores y agentes urbanos ven la oportunidad de recuperar el valor del Centro Histórico de Asunción (CHA). Se nos presenta una meta simbólica que podría inspirar y hacer converger todos los esfuerzos aislados que hemos presenciado a lo largo de décadas. Cada uno con potencial para el éxito, pero truncados por el paso del tiempo y disociados en el espacio físico e intelectual.

Grandes pensadores del urbanismo a nivel internacional han dejado sus impresiones y propuestas para nuestra capital. En 2014, Jan Gehl aportó su visión de una ciudad para los peatones, la movilidad con medios alternativos y los espacios públicos de calidad. Por otra parte, Salvador Rueda ha dado sus impresiones sobre Asunción en 2016 y nuevamente en julio de este año, desde la perspectiva del urbanismo ecosistémico y una ciudad pensada desde el metabolismo y la ecología. Ambos han contribuido, desde perspectivas diferentes, a pensar posibles caminos para su transformación. Sin embargo, gran parte de estas propuestas han quedado en la exploración y la teoría, debido, en buena medida, a la falta de un hilo conductor que vincule estos aportes y aúne los esfuerzos.

Pero no solo se han presentado pensamientos y análisis, también planes han visto la luz y perecido en el ocaso. Desde el Plan CETA de 1984, patrocinado por la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA), hasta el Plan CHA de 2014, resultado de un concurso público internacional, ninguno pudo generar un impacto real en la ciudad debido a su prácticamente nula aplicación. Planes de gran valor quedaron cajoneados y olvidados, junto con la enorme inversión pública que significaron.

Recientemente, el Manual de Diseño Urbano del Centro Histórico de Asunción, llevado adelante por el MOPC y la Oficina de la Primera Dama de la Nación, presentó una nueva oportunidad para restituir cierto orden a la ciudad y a su espacio público. Esta misma acción abre un nuevo debate sobre la necesidad de una acción holística: no aislada, sino enfocada en el conjunto de los problemas y oportunidades presentes en este centro urbano.

¿Cuáles podrían ser los motivos de tantas fugaces intervenciones? Mirando a través de los problemas políticos, no para omitirlos, sino para tomarlos como síntoma y no como causa, es posible dilucidar que Asunción ha perdido tantas oportunidades porque ha perdido su identidad y el vínculo con sus habitantes.

La Madre de Ciudades, a poco de su quinto centenario, pasó de ser ciudad cabecera de la colonización en América a ser una capital despojada de su carácter y a merced de intereses individuales. Su crecimiento y desarrollo dejaron de responder a los habitantes para convertirse en territorio de la especulación inmobiliaria.

Los polos urbanos son polos de inversión donde la calidad se mide en altura: cuanto más nos elevamos y nos separamos del espacio público —la calle—, mayor es el valor del inmueble. Y, casi como un cono de radiación, cada pináculo ejerce su radio de influencia. El valor de la calle quedó reducido a espacio de circulación; una circulación apresurada, abnegada y disociada de la realidad.

Hoy, el espacio público es un lugar hostil, desprovisto de identidad, deshabitado —porque circular no es habitar— e inseguro. Aquella ciudad del peatón, presente en las visiones de Rueda y Gehl, parece un páramo lejano frente a la realidad de unas calles que requieren de la mecanización de los peatones. Un vehículo pasó de ser un lujo a convertirse en un requerimiento para ser ciudadano.

El espacio público, reducido a plazas enrejadas, pseudoplazoletas que realmente son espacios comerciales privados al aire libre, calles en constante ciclo de abandono, reparación paliativa y abandono, restos de ciudad luego de la toma de posesiones e intentos fugaces de ciudadanos por recuperar la calle —que son premiados con la persecución de la justicia—, son muestras de una ciudadanía que ha perdido el control y de una democracia violentada que ha cedido ante los intereses particulares. El espacio público no es el remanente del espacio privado: es el espacio comunitario que dio origen a la ciudad y es reflejo de la condición de libertad y bienestar de todos sus habitantes.

Hoy, el “derecho a la ciudad”, defendido por David Harvey, está lejos de los habitantes que quedan en Asunción. La oportunidad de intervenir en las decisiones que producen el espacio urbano en la capital representa un bien y no un derecho: se compra y no es universal. Y esta es la principal causa de la pérdida de identidad de la ciudad, porque se ha perdido la participación ciudadana. Al mismo tiempo, esta condición es la razón por la que las inversiones privadas se fundan sobre la arena, lo cual resulta irónico y paradójico. Pugnar por los intereses privados en detrimento del bien común terminará por devaluar todo capital invertido.

Entonces, ¿por qué deberíamos luchar como ciudadanos? Por recuperar Asunción, no solo su infraestructura, sino su valor como espacio democrático. Por recuperar el derecho a la ciudad. Por recuperar la identidad y el carácter de la ciudad. Por recuperar el valor de toda inversión económica y social. Por recuperar la vida en las calles, que otorga seguridad. Por recuperar el verdadero espacio público.

Una vez rehabitemos la ciudad y recuperemos el control, será momento de debatir en libertad sobre la infraestructura, los servicios, el desarrollo inmobiliario, la recuperación del patrimonio y la creación de observatorios urbanos y otras instituciones que velen por la continuidad de los planes urbanos. De otra manera, no estamos produciendo ciudad, sino presenciando una puesta en escena a escala urbana: una performance en la que estamos separados del escenario y delegados a ser espectadores, turistas en nuestra propia tierra.

Es momento de colonizar Asunción, redescubrir el CHA.

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