Nací y crecí en un pueblo del Departamento de San Pedro donde la sortijeada formaba parte de la tradición popular. De niños nos embelesábamos viendo cómo diestros jinetes y amazonas, montados a toda velocidad, lograban ensartar con sus palillos las sortijas colgadas del brazo del mástil especialmente adornado para la ocasión. Por cada acierto correspondía un pañuelo.
En Itacurubí del Rosario, la mayor sortijeada se realizaba durante los festejos de la Inmaculada Concepción, en la primera semana de diciembre. Era una fiesta popular que se preparaba durante semanas. Los caballos llegaban bien cuidados, con ovecha pire de lana larga y hasta correajes de plata bien lustrados que propietarios y jinetes reservaban para lucir en la ocasión. Las banditas animaban la jornada. Había competencias, destrezas, alegrías y sentimiento de comunidad.
Ese recuerdo dista bastante de lo que hoy se conoce como jineteada. Hace un tiempo, un antiguo sortijero me explicó que cambió hasta el nombre de la actividad porque desaparecieron las sortijas y las competencias como el gallo jehupi y el kuatia ñemondoro. Lo máximo a lo que se llega ahora, me decía, es al kavaju ñemongatupyry. Ya no existen pruebas que permitan demostrar destreza ecuestre; solo hay cabalgatas y galopes alrededor de una pista. Tampoco se premia al más habilidoso ni se cuentan las sortijas acumuladas. Pareciera que la centralidad de la fiesta se desplazó hacia otras formas de exhibición. Ya no es la habilidad del jinete lo que importa, sino lo que puede exhibir.
Como desde hace años estudio criminológicamente el crimen organizado, la narcopolítica y los mercados ilegales, volví a las jineteadas, pero esta vez con ojos de etnógrafo buscando responder mis preguntas de investigación.
A mediados del mes pasado, una alumna del sexto curso de Derecho, cuyo trabajo de fin de grado dirijo, me contó una experiencia ocurrida en una jineteada de Canindeyú. Estaba divirtiéndose con unas amigas cuando un joven comenzó a cortejarla. Ella no respondió a sus insinuaciones. Él insistió en llevarla a otro lugar. Ante las reiteradas negativas, se acercó y le mostró la pistola que llevaba en la cintura. Ella le respondió que le iba a romper la cara si continuaba molestándola. Conozco a mi alumna. Tiene carácter fuerte, trabaja como funcionaria judicial y pertenece a una familia reconocida en su comunidad. Aun así, terminó retirándose del lugar porque el hombre continuó hostigándola.
Cuando ocurrió el crimen de Eusebio Ayala volví a recordar las sortijeadas de mi infancia y el relato de mi alumna. Revisé mis cuadernos de campo. Había escrito bastante sobre narcocultura, pero nunca me había detenido específicamente en las jineteadas. Releí anotaciones tomadas durante estos años y las palabras que se repetían. En cada jineteada en la que participé apunté: patrones, secretarios, cadenas gruesas de oro, armas visibles en la cintura, alcohol, prepotencia, ostentación, chicas trofeo, narco barbies, masculinidades violentas, diferenciación social y exhibición de poder.
También aparecen banditas, caballos caros, carritos transportadores de caballo con aires acondicionados, y una expresión que escuché más de una vez: kavaju ñemantene hepyve kuñágui. Mantener un caballo cuesta más que mantener una mujer. No es para pobres. Esta no es una frase inocente. Las palabras también producen y reproducen mundos sociales. En ella aparecen juntos el dinero, la posesión, el caballo caro y una representación de la mujer como objeto disponible para el varón que tiene recursos económicos.
En todos mis registros aparecen también las camionetazas, vehículos costosos, muchas veces enormes, que se usan más que nada para poner música a todo volumen y hacerse ver. La jineteada se convierte así en vidriera, es decir, un escenario de exhibición, en donde importa el caballo, pero también quién llegó, en qué camioneta, acompañado de quién, cuánto gastó, qué cadena lleva, quiénes lo rodean y, en algunos casos, qué arma deja ver en la cintura.
Eso no significa que toda jineteada sea narco ni que todo jinete esté vinculado a actividades ilegales. Sería una simplificación absurda y metodológicamente irresponsable. Siguen existiendo jinetes y amazonas trabajadores, familias que aman los caballos y personas que participan porque encuentran allí una forma de sociabilidad, diversión y continuidad de una tradición. Pero sería muy ingenuo negar que muchas jineteadas se han convertido en espacios sociales atravesados por el dinero proveniente de economías ilegales, entre ellas el narcotráfico. Eso es precisamente lo que me interesa como criminólogo y etnógrafo.
El narcotráfico no necesita convertir a todos en traficantes para transformar una sociedad. Le basta con conseguir que sus símbolos de éxito sean deseados; que determinadas formas de masculinidad sean admiradas; que la ostentación del dinero sea confundida con prestigio; que portar un arma otorgue estatus; que una camioneta, una cadena de oro, determinados caballos y ciertas maneras de relacionarse con las mujeres funcionen como signos públicos de poder. Cuando eso ocurre, estamos ya frente a una cultura que produce sentidos, aspiraciones y jerarquías.
Por eso vengo insistiendo desde hace tiempo en que el narcotráfico en Paraguay dejó de ser exclusivamente un problema penal, para convertirse en un problema social y cultural, que ningún Código Penal puede resolver por sí solo. Podemos aumentar penas, crear nuevos tipos penales, militarizar territorios y anunciar grandes operativos; incluso llenar las cárceles de pequeños vendedores, transportistas y cultivadores. Pero mientras el dinero proveniente de mercados ilegales continúe produciendo prestigio social y sus símbolos sean admirados y reproducidos, estaremos atacando solamente algunas consecuencias sin discutir las condiciones culturales que permiten su reproducción.
Quizás por eso convenga volver a mirar aquellas viejas sortijeadas. No para idealizar el pasado. Las fiestas populares nunca fueron espacios libres de desigualdades, machismo o violencia. Pero sí para preguntarnos qué y cuándo cambió y, especialmente, qué relaciones económicas y de poder acompañaron esa transformación. Así las cosas, si queremos enfrentar seriamente la narcocultura, además de fiscales, policías y cárceles necesitamos escuelas, universidades, clubes, organizaciones comunitarias y políticas culturales capaces de disputar sentidos. Hay que dejar de joder solamente con el endurecimiento penal porque el problema ya está mucho más allá del Código Penal.