21 feb. 2024

Los ingenuos de aquella noche

Anoche fue lanzada una nueva edición del libro ¿Qué hacías aquella noche? en el que se recogen testimonios personales de los acontecimientos del 2 de febrero de 1989. Es una fecha bisagra de nuestra historia reciente, pues puso fin a un gobierno autoritario de 35 años y abrió paso a una incierta democracia que hoy cumple la misma cantidad de años.

En esos relatos escritos tanto tiempo después de ocurridos aquellos sucesos llama la atención la precisión y el detalle con los que los autores rememoran sus circunstancias personales. Con independencia de su posición política, todos presumían que algo cambiaría para siempre en sus vidas. Eso explica la evocación perfecta de sus movimientos y pensamientos de aquella noche. La memoria se volvió indeleble porque esa noche ellos sentían el estremecimiento de estar viviendo un momento augural. Lo impensable estaba sucediendo. Se derrumbaba la dictadura más antigua del continente.

Lo segundo es que esa madrugada los que pudieron dormir se fueron a la cama con la cabeza dando vueltas a las incógnitas que se develarían a la mañana siguiente. ¿Se cumpliría la enorme expectativa de alcanzar la democracia? Tanto los opositores como los stronistas dudaban de la sinceridad de propósitos de Andrés Rodríguez. Al fin y al cabo, era el consuegro del presidente derrocado.

Los opositores prefirieron creerle y lo pusieron a prueba con marchas callejeras, apertura de medios de prensa clausurados, vuelta de exiliados y denuncias de sus derechos violados por el régimen. Los stronistas dieron la primera muestra de la histriónica plasticidad colorada. Con una capacidad de adaptación sorprendente, simplemente desaparecieron. En la mañana del 3 de febrero se evaporaron los megacarteles que estaban sembrados a lo largo de las rutas del país con la leyenda “Paz y progreso con Stroessner”. Nunca más se vieron los pequeños bustos de Stroessner que adornaban los escritorios de los burócratas públicos. Las calcomanías con la cara del general pegadas a las ventanas del domicilio o al parabrisas del auto fueron eliminadas mediante el furioso raspaje del cuchillo Tramontina de la cocina. Ahora todos éramos demócratas.

Pasaron los días y se fue haciendo evidente que, de verdad, empezaba la transición democrática. Fue emocionante ver cómo sucedían cosas que, pensábamos, nunca ocurrirían aquí. Es que ningún poblador de esta comarca había conocido un Paraguay con libertades públicas irrestrictas.

Eso fue un problema para los opositores que imaginaban un post-stronismo más fácil. En sus discursos, cuando se abrieran las compuertas de la libertad, la voluntad del pueblo arrollaría a los opresores. Pronto descubrirían que la democracia, por sí sola, no lo arregla todo. Y también fue un problema para los stronistas, quienes pronto se percataron que el Ancien Régime ya no volvería y que había que disimular ciertas costumbres gorilas.

Al releer aquellos entrañables relatos contenidos en el libro uno descubre que quienes soñaban con cambios inmensos, pecaban de ingenuidad. En realidad, se sobrestimaba el peso de la sociedad civil. Pensábamos que era mucho más importante de lo que lo era en realidad. No podía ser de otro modo pues, básicamente, el Paraguay nunca había tenido una democracia plena. Además, no calibrábamos la astucia y el oportunismo de la ANR.

Una mayoría sustancial de los colorados guardaba una admiración secreta a Stroessner. Sus viejos métodos fueron gradualmente adaptados a las nuevas reglas. Parte de la oposición terminaría copiando esos métodos. La pobre educación de 35 años de mala dictadura fue el ladrillo con el que construimos los 35 años siguientes de mala democracia.

Pese a todo, hay motivos para celebrar. Es preferible gozar de libertades públicas que volver a los tiempos opacos de la dictadura. Pese a todo, hay que seguir intentando fortalecer una sociedad más crítica y menos sumisa. Pese a todo, hay que arriesgarse a ser tildados de ingenuos.

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