01 mar. 2024

Los cien días de él, el mal día de ella

Los presidentes suelen aprovechar los primeros meses de su administración para mostrar el estilo con el que gobernarán y el objetivo al que apuntan.

Ese empuje inicial se ve beneficiado por un nivel de aceptación popular todavía alto. Lo hizo Horacio Cartes, por ejemplo, quien en sus primeras semanas de gobierno logró imponer en el Congreso la Ley de Defensa Nacional y Seguridad Interna, la Ley de Responsabilidad Fiscal y la Ley de Alianza Público-Privada.

No sucedió lo mismo con Santiago Peña. Sus primeros cien días fueron más bien insípidos, como los edulcorados videítos que celebran sus logros. Y eso que el Gobierno de Peña tiene condiciones ideales para gobernar, pues cuenta con legitimidad de origen, mayoría en las dos Cámaras parlamentarias y una oposición desmoralizada. Pero no puede superar un problema: El Gobierno Peña no parece ser de Peña.

Peña parece ser un hombre muy bueno, pero con un patrón muy malo atrás. No digo nada nuevo, es una opinión internacional, un presidente muy dócil con un jefe muy duro. Con poquísimas excepciones, los nombramientos de ministros fueron evidenciando que no era él quien los elegía. No logró desacoplarse de la figura de Cartes y esto va perfilándose como su principal problema futuro.

Lo que ha sucedido con el nombramiento de la doctora Alicia Pucheta es una demostración del hipercartismo que terminará ahogando a Peña. Tanto el Consejo de la Magistratura como el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados son instituciones claves para tener bajo control el sistema judicial. Con mayoría de votos allí, se asegura impunidad y protección para los negocios ilícitos.

La doctora Pucheta ya había demostrado ser de confianza: Le había firmado a Darío Messer su carta de nacionalidad y votó por habilitar a Cartes para ser senador activo, pese a ser constitucionalmente vitalicio. Por su parte, Cartes la premió, eligiéndola como vicepresidenta de la República, tras la dimisión de Juan Afara. La idea era que ella se transforme por unos meses en la primera mujer presidenta del Paraguay, pero el Senado no aceptó la renuncia de Cartes. En fin, una historia vieja, pero que demuestra la afinidad entre ambos.

El hecho es que, el martes pasado, a las once de la noche, aparece un extraño decreto que la designa como nueva representante del Ejecutivo ante el Consejo de la Magistratura. A la mañana siguiente, mientras la comunidad jurídica se enfrascaba en una discusión sobre la dudosa legalidad de la medida, los senadores cartistas y sus cada vez más abyectos satélites se apresuraron en designarla.

Pero, con tanto apuro, hubo desorganización. Los opositores lograron dejar sin cuórum la sesión, lo cual casi fue catastrófico, pues a la tarde el Consejo de la Magistratura debía elegir numerosas ternas de magistrados y fiscales especializados en crimen organizado y delitos económicos. Eso quizá explique la nocturnidad del decreto. Y por eso, se llamó desesperadamente a una sesión extraordinaria del Senado en horas de la siesta haciendo traer a los ausentes del modo que sea.

A esta altura, la doctora Pucheta, quien había entrado al Congreso hacía horas por la puerta de atrás y esperaba con su vestido arrugado y los nervios de punta, ya estaba convencida de que ese no sería un buen día. Finalmente, ya en el recinto, tras gritos y empellones, pudo mostrar su “templanza” y ser felicitada por el “abogado” Hernán Rivas. Salió de nuevo por la puerta de atrás y pudo llegar a tiempo a la reunión del Consejo de la Magistratura, donde fue recibida por el significativo Jorge Bogarín, quien la trató de “maestra de maestros”. Toda una postal de época.

La doctora Pucheta obedece a Cartes y está allí porque él tiene interés en influir en el nombramiento de las ternas de jueces y fiscales. Que ella haya tenido un mal día es irrelevante. Votará por lo que le dicten. También es una anécdota que los cien días del gobierno Peña hayan sido insípidos. El gobierno no es suyo. El tema de fondo es que nos estamos intoxicando de impunidad.

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