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Las burbujas presidenciales

 

Estela Ruíz Díaz Por Estela Ruíz Díaz
La reciente historia paraguaya evidencia que los presidentes de la República tienen un comportamiento similar ante las crisis políticas. La alusión viene a propósito de la ausencia del escenario del presidente Mario Abdo Benítez, a quien paralizó la crisis sanitaria del coronavirus acuciada por la falta de medicamentos, el colapso de los hospitales, pero especialmente la angustiante falta de vacunas.

“No tengo buenas noticias para contar, ya no quiero hablar de promesas”, dijo resignado y derrotado ante los obispos el pasado miércoles mientras en Palacio de Gobierno se definía una nueva cuarentena total con el consecuente mal humor social. En la CEP le dijeron, “hable con la ciudadanía que ya le perdió la paciencia por la falta de gestión en la pandemia y la corrupción”.

Hasta hoy no ha tomado el coraje de hablarle al país, excepto a través de la red social Twitter, donde refleja su desconexión de la realidad hablando de vacunaciones al sector de salud o nuevas camas de terapia intensiva. Nada más.

LA BURBUJA QUE ENCEGUECE. La palabra burbuja ha cambiado de significado con la pandemia mundial del coronavirus. Antes, la acepción era simplemente un globo de aire. Hoy se instaló su acepción epidemiológica que significa núcleo social o una red lo más pequeña posible para evitar la propagación del virus (burbuja familiar, burbuja laboral, etc.) Pero la frase que alude este comentario es “vivir en una burbuja”, como sinónimo de desconexión o disociación de la realidad. Es lo que le sucede a los últimos presidentes paraguayos. Veamos:

ESCASOS 7 MESES. Raúl Cubas Grau, ANR (1998/1999) fue un presidente por accidente. Era el candidato a vicepresidente de Lino Oviedo, quien quedó fuera de juego tras ser apresado por sedición. Pero apenas asumió la Presidencia, Cubas liberó a su padrino político. Hasta que llegó la crisis de marzo de 1999, con el asesinato del vicepresidente Luis Ma. Argaña y los jóvenes en la plaza, que provocó su renuncia antes de votarse su destitución. En los pocos meses de su mandato, era una sombra en el Palacio de Gobierno. Reinaba, pero Oviedo gobernaba. No escuchó las voces que le decían que debía frenar al impetuoso general que no supo quedarse quieto y avasalló la gestión de su ahijado político. Cubas se aisló, desconoció los consejos que le pedían mayor liderazgo e independencia. Al momento de renunciar, al menos pidió disculpas antes de irse: “Yo asumo la cuota que la historia tenga que adjudicarme, pido disculpas a todos los paraguayos que me votaron, pero este presidente no ordenará que las Fuerzas Armadas se movilicen para atentar contra la Constitución”.

Lo tumbó una sangrienta crisis de una semana. Gobernó apenas 7 meses.

Luego sobrevino la era Luis González Macchi (1999/2003), quien como titular del Congreso asumió la Presidencia ante la doble acefalía y completó el mandato. Fue una etapa de inestabilidad permanente y crisis económica. Su gobierno finalizó con un país en default.

ESTILO OBISPAL HASTA EL FINAL. Fernando Lugo (Alianza Patriótica para el Cambio), el obispo de los pobres, que quebró una hegemonía colorada de seis décadas, cometió los mismos errores de aislamiento y desconexión de la realidad en tiempos de crisis. Al cuarto año de su mandato (2008/2012), fue destituido en un juicio político express en apenas 24 horas, el 22 de junio. Fue el corolario de una semana de crisis, tras la matanza de Curuguaty, el 15 de junio del 2012. En la semana decisiva de su permanencia en el poder, y al frente de un complejo Gobierno integrado por diversos sectores políticos, Lugo no supo encontrar el camino de la negociación y concesión para mantener unida la Alianza. Se aisló, se rodeó de un pequeño grupo y desconoció los desesperados consejos de sus asesores que le pedían que hable y concilie con Blas Llano, el hombre clave que podía detener la conspiración. No lo hizo y el partido que lo llevó al poder, el PLRA, lo sacó sin el mínimo remordimiento político.

ENMIENDA DE SANGRE. Horacio Cartes, ANR, (2013/2018), un empresario acostumbrado a mandar (ordenar), tuvo un mandato bajo absoluto control con la posibilidad alta imponer un sucesor hasta que varió su posición primigenia y decidió pelear la reelección, a pesar de la traba constitucional. La campaña se inició con la recolección de firmas para instaurar la reelección vía enmienda constitucional. Fue la compuerta para la crisis, porque se instaló en el escenario la polarización entre proenmienda y antienmienda. A pesar de la crispación social, el proyecto, con el apoyo del luguismo, fue aprobado en el Senado el 31 de marzo de 2017, en una vergonzosa sesión secreta, lo que convirtió en caos la ciudad y desató la crisis política. El 1 de abril, en medio de las protestas sociales, la Policía Nacional ingresa al local del PLRA y asesina al joven Rodrigo Quintana, mientras ardía el Congreso nacional.

Cartes, embriagado por el poder y aislado en la burbuja de sus cortesanos, tampoco supo leer los amplificados consejos que le alertaban que la reelección impuesta de esa manera no iba a llegar a buen puerto. Y así fue, tras la conmoción política, el 17 de abril de ese año, renunció a su aspiración con una carta entregada al arzobispo de Asunción: “Tengo el honor de dirigirme a vuestra excelencia para poner a su conocimiento que he tomado la decisión de no presentarme, en ningún caso, como candidato a presidente para el periodo constitucional 2018-2023”.

Su obsesión no solamente lo dejó fuera de juego, sino también la derrota de su delfín Santiago Peña en la interna presidencial colorada.

DESAPARECIDO. Mario Abdo Benítez (ANR) está hoy en la misma deriva que sus antecesores. La crisis supera su capacidad. No tiene el coraje de afrontar la crisis sanitaria. Un presidente de la República no puede “borrarse” cuando arrecian los vientos huracanados de una crisis que ya arrastró casi cuatro mil vidas y que vaticina peores escenarios. “Esto apenas comienza”, dijo ayer en Telefuturo el ministro de Salud, Julio Borba.

Un presidente de la República no es un animador de fiestas para hablar solamente de buenas noticias. Un presidente debe aparecer justamente en los momentos más críticos del país.

No basta con que se reúna a puertas cerradas con obispos, quienes le pidieron que de la cara. No basta con que se reúna a puertas cerradas con los gremios de la producción, quienes endulzan sus oídos con reclamos sin demasiada presión.

Alguien debe decírselo: cuanto más se esconde lo único que se acrecienta es su pequeñez.

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