Me llamo Ursulina Cáceres Benítez, de cariño me dicen Lina y nací en Caazapá el 7 de junio de 1971. Vine a Asunción a los dos años tras la separación de mis progenitores y me crie en casa de la familia Arréllaga Pessolani, a quienes considero mis verdaderos padres, don Zoilo y doña Esther. Dios me bendijo con una familia de la que me siento muy orgullosa y considero mi verdadero trofeo, mi marido Roberto Ochipintti y mis hijas Fiorella (30) y Tatiana (26).
Familia
Tengo cinco hermanas y un hermano, mis progenitores son doña Paulina Benítez y don Rubén Darío Cáceres Santander. También tengo medios hermanos porque ambos rehicieron sus vidas, mamá en Buenos Aires. Me crie en Asunción sobre la calle Eligio Ayala cerca de un conocido sanatorio. Los mejores años, siempre me acuerdo de la época del colegio, el San Miguel de Garicoits, fundado por los padres betharramitas.
Conocí a mi marido por medio de un primo suyo, Jorge Ochipintti, apodado Karaja Alemán, por ser rubio de ojos azules. Yo no quería saber nada al principio, pero la vida hizo lo suyo y nos casamos tres años después en la iglesia San José a cargo de la misma congregación, mi marido fue alumno del Sanjo. Me apoya en todo.
Ritual
Actualmente resido en el barrio Las Mercedes, todas las mañanas me levanto a las 03:00 para iniciar mi rutina, que considero mi ritual. Es un tiempo para mí misma. Preparo mi mate, me tomo una ducha para despertarme, desayuno algo ligero y ya estoy lista para salir a la calle a correr a las 04:00.
Todo comenzó cuando una amiga muy querida, Patricia Napout, me inscribió en una competencia, mi primera carrera. Yo, al principio, no estaba nada segura, pero ella me dijo: “Ya está todo, te paso a buscar y nos vamos” . Y así comenzó todo, fue algo que nunca olvidaré porque salí segunda en mi categoría.
Me casé joven, a los 21 años y fui madre cuatro años después. Así que trabajé bastante dentro y fuera de casa. Primero como secretaria y después como emprendedora en el área de cosmética, hasta ahora tengo mi emprendimiento en casa y ya pasaron los años. Tuve que balancear mi vida de madre, esposa, emprendedora y lo logré gracias a que conocí este hermoso deporte, el atletismo. Estoy convencida de que me ayudó bastante el deporte, en los escollos, en los bajones y, por supuesto, cuando toca subir al podio, en esos instantes de felicidad. Por eso para mí la vida es como una maratón.
Altibajos
Tuve que transitar por caminos nada fáciles en la vida, pero nunca dejé de correr. Recuerdo que cuando a mi hija menor de niña le diagnosticaron el síndrome de Guillain-Barré con parálisis ascendente y quedó postrada, los médicos daban pronóstico reservado. La enfermedad puede provocar un paro cardiaco a quienes la padecen y su índice de morbilidad es considerable.
Me encomendé a la Virgencita en su advocación de Nuestra Señora de la Rosa Mística y, por la gracia de Dios, todo salió bien. Tantas idas y venidas a sanatorios, clínicas, etc. Quise llevarla a tratar a Buenos Aires incluso, pero la aerolínea se negó por lo delicado de su estado. Uno la ve hoy a Tatiana y nunca diría que ella tuvo que pasar por eso. Pero así es la vida, siempre con vueltas, como en una pista de carreras.
Nada me fue fácil, por eso nunca dejo de entrenar, incluso en Navidad y Año Nuevo, con frío o lluvia, ni tengo una rutina definida; es decir, puedo salir un día y por el camino voy armando mi recorrido. Por ejemplo, puedo ir por avenida España hasta el Aeropuerto, desviar a Limpio y volver a casa. Ese circuito es de 30 km y hago ese recorrido cotidianamente, esa distancia.
Marcas
Mi mejor tiempo en competición es de 3 horas 47 minutos y en promedio hago 5 horas con 14 minutos. Claro ahora ya tengo más años encima y dos operaciones de rodilla. Todo está en la mente, eso siempre les digo a mis hijas. Como decía el refrán: “Muchas carreras se pierden antes de iniciarlas”.
La vida –como en toda carrera– siempre tiene sus contratiempos. Pero no es definitivo, todo es posible, podés ganar, aunque lo importante es cruzar la meta. Entreno con el profesor Eladio Fernández, aunque soy amateur.
Actualmente, hay pocos atletas que se dedican profesionalmente a esto, sobre todo mujeres. Pero eso tiene cierto encanto, por algo las olimpiadas no son para profesionales, son para aficionados que entrenan el deporte por el deporte.
Un gran golpe que sufrí fue cuando perdí a mi madre, Esther. Me sumergí en un duelo que me duró tres años. Recuerdo perfectamente cuando salí a correr por la Costanera esa mañana las lágrimas no paraban de correrme por el rostro, pero igual seguí corriendo. A ella le hubiera gustado que lo hiciera, que siguiera adelante. Tuve que recurrir a ayuda profesional, aunque nunca dejé de correr. Por eso digo que el mejor psicólogo es el calzado para correr.
Metas
Tras años de competencias llegué a conquistar varios podios. Recientemente la Maratón Internacional de Asunción (MIA), pero insisto, lo importante no es ganar, sino cruzar la meta. Viajé por todo el Paraguay por competencias de 5 km justamente por eso. No tiene que ser una gran competencia, simplemente el tema está en competir y dar lo mejor de uno, ese es el espíritu deportivo.
Las maratones deben su nombre a un guerrero de nombre Filípides de la antigua Grecia que en la batalla de Maratón le encomendaron la difícil misión de entregar un mensaje cruzando líneas enemigas corriendo. La distancia total fue de 42 km con 195 metros, por eso hasta hoy día esa es la distancia reglamentaria. Maratón entregó su vida misma con ese mensaje que en mi caso, es un mensaje de esperanza. Es lo que para mí significa todo esto, que nada es imposible.
¡Solo seguí adelante!
- “Lo importante no es ganar, sino competir, cruzar la meta. Entreno todos los días, incluso en Navidad y Año Nuevo, generalmente con recorridos de 30 km y no pienso parar”.